Celebración de las campanas - Alfa y Omega

A mí me gustan mucho las campanas. Me recuerdan qué hora es. Me advierten del paso de tiempo. Me impulsan a apretar el paso para llegar a misa con tiempo. De alguna forma, recuerdan que hay un orden en el mundo más allá del tráfago cotidiano. Hubo un tiempo en que repicaban en las fiestas y tocaban a muerto cuando alguien nos dejaba. Avisaban de los incendios y festejaban las victorias. Almanzor sabía muy bien lo que hacía cuando se llevó las de la catedral de Santiago en el saqueo de la ciudad en el verano de 997. No quedó así la cosa. En 1236, después de la toma de Córdoba, el rey Fernando III El santo las devolvió a su sitio natural por la Vía de la Plata.

Uno sabe que está en Europa, es decir, en la vieja Christianitas, porque suenan las campanas. Desde Ceuta y Melilla hasta Kiev y Moscú las campanas hacen reconocible el espacio de una civilización. Modest Mussorgsky, ese ruso genial que pintaba cuadros con su música, las incluyó en su descripción sonora de la Gran Puerta de Kiev. Ellas resuenan en los monasterios de Carelia y en los de la meseta castellana indicando, de día y de noche, el camino a Cristo como los faros costeros señalan de noche la dirección segura hacia tierra firme.

Me gusta pensar que, en medio del mar del mundo, esas campanas nos convocan y nos guían. Ellas nos recuerdan, cuando nos sentimos perdidos, que hay un camino y Alguien que nos está esperando.