Uno de nuestros amigos acaba de ser padre por primera vez y, aunque no podrá ver a su hija y su mujer hasta dentro de ocho meses, cuando haya ahorrado el dinero suficiente para el viaje a su país, quería celebrarlo. Yo no había estado nunca en su casa y aunque conozco bien la situación de la vivienda en Lavapiés y su especulación, me impresionó ver un cuarto de bicicletas en el bajo de un bloque ruinoso convertido en su piso de alquiler.

En un espacio minúsculo y sin más ventilación que una rendija que daba al pasillo del portal, había dos literas dobles, una mesa cuadrada, tres sillas y un congelador donde guardan las botellas de agua y las latas que venden en la calle, su fuente de ingresos. Habían preparado una cena especial y adornado con guirnaldas la estancia. Su alegría y hospitalidad contrastaban fuertemente con el agobio e indignidad de aquella infravivienda. Cuando estábamos tomándonos el postre llamaron a la puerta y, de malas maneras, apareció el casero para decirles, en tono amenazante, que en un mes tenían que irse porque su hijo necesitaba la casa. Nuestros amigos, sin perder la calma, le dijeron que tenían un contrato y que todos los meses pagaban sus 600 euros de alquiler. Si ellos cumplían él tenía que hacerlo también, y tenían derecho a quedarse.

Yo me quedé impresionada cuando me enteré del precio de aquel cuchitril y de que el hijo lo necesitara como vivienda. Pensé que era una estrategia para echarlos, hacer un pequeño arreglo y convertirlo en alojamiento para turistas, que es la última moda del barrio. Mis amigos se quedaron preocupados. Al día siguiente quedaron en ir a hablar con la abogada de una asociación.

Esta mañana me he encontrado con unos amigos de la Plataforma de Vivienda de mi barrio recogiendo firmas para la campaña de apoyo a una ley urgente en Madrid, denunciando que el 1 % se destina a vivienda pública mientras que los fondos buitre se han hecho con más de 5.000 casas y las listas de espera de solicitantes en situación social grave se alargan a más de diez años. He firmado y les he pedido un turno en la mesa.

Pepa Torres
Red Interlavapiés