En el anuncio de Jesucristo y de su Evangelio, la Iglesia no hace política, respeta la laicidad, pero ofrece condiciones a través de las cuales se puede madurar una sana política. En estos momentos prestemos una atención particular a los principios innegociables

En este tiempo de pandemia pienso mucho en los principios y los valores que la Iglesia debe promover en nombre de Jesucristo. Y en cómo en sus intervenciones en el ámbito público pretende la defensa y promoción de la dignidad de la persona. Me he detenido en la fuerza revolucionaria que tienen las bienaventuranzas y, muy en concreto, en la fuerza que tienen para el escenario que va a dejar la pandemia. La imagen del sermón de la montaña es impresionante: ante un gentío inmenso, entre ellos todos los discípulos, Jesús se presenta como maestro divino, es un nuevo Moisés. Pero ¿qué novedad trae? ¿Qué enseña? Él mismo es la gran Bienaventuranza y propone el camino necesario para la verdadera felicidad. En el fondo en las bienaventuranzas nos está describiendo el camino que Él hizo desde su nacimiento en Belén hasta la muerte en la cruz y la Resurrección.

Cuando Jesús proclama las bienaventuranzas en el monte lo que nos está invitando es a seguirlo a Él. Es un camino nuevo, es el camino del amor, es el camino que nos hace vivir desde la solidaridad de la Resurrección. Muchas palabras definen este camino, como señalaba el Papa en su mensaje para JMJ 2014, aunque quizá nos da miedo pronunciarlas: «pobreza, aflicciones, humillaciones, lucha por la justicia, cansancios en la conversión cotidiana, dificultades para vivir en la santidad, persecuciones y otros muchos desafíos». ¿Estás disponible para recorrerlo?, ¿te atreves? Te aseguro que tendrás paz, te llenarás de alegría y de un amor que solamente Dios puede dar. ¿Estás dispuesto a abrir la puerta de tu vida a Jesús para hacer este mismo camino? Para nuestra mentalidad, acostumbrada a buscar el éxito, parece que es escandaloso: a los que Jesús llama bienaventurados, nosotros los llamamos perdedores y débiles.

Seamos felices haciendo felices a los demás en las dimensiones reales que esta felicidad tiene según Jesús. Seamos pobres de espíritu como el Señor nos dice en la primera bienaventuranza y como Él hizo cuando se despojó de su gloria: desde su nacimiento en Belén elige un camino, desde su encarnación se presenta como un necesitado en búsqueda de amor y nos habla del hombre como un mendigo de amor. ¿Cómo podemos hacer que se transforme nuestro estilo de vida en relación con las cosas, las personas, los más pobres? ¿Cómo podemos hacer que la lógica de nuestra vida se transforme y prevalezca el deseo de ser mássobre el deseo de tener más?

En el anuncio de Jesucristo y de su Evangelio, la Iglesia no hace política, respeta la laicidad, pero ofrece condiciones a través de las cuales se puede madurar una sana política. En estos momentos prestemos una atención particular a los principios innegociables que la Iglesia defiende por amor al ser humano, a ese ser humano que está necesitado de amor. Destaco estos: protejamos la vida en todas sus etapas, desde el inicio de la misma hasta la muerte natural; reconozcamos y promovamos la estructura natural de la familia, sosteniendo el carácter particular y su irreemplazable papel social, como comprobamos en este tiempo de la pandemia, y protejamos el derecho de los padres a educar a sus hijos.

Es verdad que estos principios no son verdades de fe, pero ciertamente reciben de la fe una luz absolutamente nueva y una confirmación de que están inscritos en la misma naturaleza humana y son comunes a toda la humanidad. Hemos de caer en la cuenta de que la acción de la Iglesia, cuando promueve los mismos, no realiza una acción de carácter confesional, sino que se dirige a toda persona con independencia de su afiliación religiosa. Hemos de comprender que la Iglesia no es ni quiere ser nunca un agente político, pero tiene un interés grande por el bien de todos los hombres, de los pueblos y de la comunidad política, cuyo objeto y medida intrínseca debería ser la justicia.

Conviene recordar lo que el Papa Benedicto XVI exponía en la encíclica Deus caritas est: que «la política es más que una simple técnica para determinar los ordenamientos públicos» y que «su origen y su meta están precisamente en la justicia, y esta es de naturaleza ética». Y cuando hay«ceguera ética»y predomina la cuestión «del interés y del poder»no se sirve a los demás, sino que nos servimos de los demás. Y en ese caso, ¿qué es lo que hace la Iglesia? Entre otras cosas, aporta lo que la fe cristiana da y con su doctrina social muestra. Ayuda a purificar la razón, a ver lo que debe ser y a realizar lo que es justo. Como nos decía Benedicto XVI, la Iglesia no hace política, respeta la laicidad, ofreciendo unas condiciones en las que puede madurar una sana política que dé solución a los problemas sociales.

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos Cardenal Osoro Sierra
Arzobispo de Madrid