Carta a José Mari Hernáez Montero - Alfa y Omega

Querido José Mari:

Hace unos días que estoy pensando en escribirte y no se me ocurre otra manera de empezar esta carta que diciéndote: ¡La que has liado, amigo!

Y que no te suene a malas, ni mucho menos, todo lo contrario: es tal el testimonio de vida que nos has regalado, que todos los que te conocíamos hemos querido acercarnos más a ti y, algunos que todavía no sabían quién eras hasta la semana pasada, ahora tienen ganas de conocerte.

Algo habrás hecho para que así sea.

Es verdad que algún farolillo rompiste en uno de tus juegos de balón y, a lo mejor, alguna que otra planta no volvió a ser la misma después de celebrar alguno de tus golazos.

Pero también te pusiste serio, pero que muy serio, en los últimos días que estuviste con nosotros. Igual no es serio la palabra acertada. Quizás es mayor. O tal vez el término más acertado sea cierto.

Eso es: te pusiste cierto, muy cierto.

¿Te acuerdas cuando mamá y papá te metían en la bañera para calmarte los dolores y les decías con certeza que lo que estaban haciendo contigo se lo estaban haciendo a Jesús?

Eso no lo dice un niño con la madurez de los 12 años, o quizá sí.

¿Te acuerdas cuando le dijiste a una de tus hermanas dame un beso que ya no me volverás a ver? Ya sabías con certeza lo que iba a ocurrir después.

Esto tampoco lo dice un niño con la madurez de los 12 años, o quizá sí.

¿Y cuando le dijiste ciertamente a un sacerdote: llevo dos años yendo a la escuela de Jesús?

¿Y cuando la mamá de un amigo tuyo fue a verte a casa y te dijo que rezaría mucho por ti, y cuando se estaba yendo le dijiste que te parecía muy bien que rezara por ti pero que también rezara por los que no conoce y no conocen a Jesús?

¿Y el día anterior a tu partida, cuando nos decías que veías ángeles en la habitación?

No, nada de esto lo dice un niño con la madurez de los 12 años, o quizá sí.

Quizá desde hacía ya unos días no eras tú el que nos hablaba sino Dios, que te había elegido para hablarnos a través de ti y ahí… Ahí claro que se tiene la madurez de un niño de 12 años y de muchos más.

Y no solo la madurez, sino la certeza. ¿Qué por qué certeza? Siempre hay paz en la certeza. Y no he visto nunca antes hablar a nadie del dolor, de la vida y de la muerte con tanta paz.

A veces Dios nos pone ángeles en la tierra, un trocito de cielo, y no nos damos cuenta de ello.

Algunos, solo unos días antes de tu partida, tuvimos el privilegio de poder estar contigo, jugando, riendo, charlando. Otros, incluso jugando con la Play Station a las carreras de coches. Y estoy seguro de que, ahora, cuando se monten en su coche de verdad, llevarán a su lado al ángel de la guarda con las alas más grandes que jamás he conocido nunca. Y, amigo, eso….. eso es una ventaja que los demás no la tienen.

Dios tiene infinitas maneras de vestirse para que lo veamos, algunas claras y explícitas, y otras que nos cuesta entender, pero en todas ellas busca mover nuestro corazón, conmovernos, nombrarnos con ese nombre único que tiene para cada uno de nosotros, y a partir de ahí, empiezan a ocurrir cosas extraordinarias: personas que a lo mejor llevaban tiempo sin hablarse, retoman su relación; personas que no se acercaban a una iglesia por rechazo, miedo u olvido empiezan a visitarla; personas que cuando conocen historias como la tuya, les mueve el corazón y empiezan a rezar, aunque no saben bien por qué lo hacen, pero les ha conmovido tanto, que una fuerza interior los lleva a hacerlo, aunque no sepan a quién dirigirse o cómo empezar.

Y así comienzan a ocurrir sucesos maravillosos, uno detrás de otro. Pequeños milagros que jamás habrían sucedido si no hubiera sido por ti, José Mari.

Dios, que sabía de tu corazón profundamente bueno, se ha valido de ti –porque siempre elige a los mejores guerreros para sus batallas más difíciles– para que muevas los corazones de muchos de nosotros con el sufrimiento que has tenido en estos dos años, con tus palabras y con tu ejemplo. Y, ¿sabes?, quizá nos cambie la vida a partir de ahora.

José Mari, no te decimos adiós, sino un hasta luego, un buenas tardes, un hasta mañana, porque simplemente te has mudado a una casa mejor y podemos seguir contando contigo en nuestro día a día.

Y tengo la certeza de que, cuando te pidamos ayuda, nos la enviarás con la misma fuerza con la que le das las patadas al balón (que ya me he enterado de lo del ala del angelito…).

Nos vemos en el cielo.

Juan García Malo de Molina

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