Carmen Montejo y Arancha Perea: «Los jóvenes de hoy confunden control con amor» - Alfa y Omega

Carmen Montejo y Arancha Perea: «Los jóvenes de hoy confunden control con amor»

Fran Otero
Tanto Montejo como Perea son médicos de Atención Primaria en Madrid. Foto: Fandiño.

Carmen Montejo y Arancha Perea comparten profesión —las dos son médicos de familia— y también una labor pastoral en la archidiócesis de Madrid. Forman parte de la Comisión Diocesana para una Vida Libre de Violencia Contra las Mujeres. Se acercan a parroquias y vicarías para dar formación al respecto, de modo que las comunidades cristianas puedan detectar casos y erradicar comportamientos inadecuados. El próximo reto es formar a jóvenes y sacerdotes.

En lo que llevamos de año 21 mujeres han perdido la vida a manos de sus parejas o exparejas. Según el INE, el número de víctimas ha crecido un 8,3 % entre 2021 y 2022. ¿Qué sucede con la violencia contra la mujer?
Arancha Perea (A. P.): Hay más volumen porque hay más denuncias. Mi sensación es que la violencia de género existe a todos los niveles y está muy arraigada en la sociedad. Las muertes o los malos tratos son la punta del iceberg.
Carmen Montejo (C. M.): Observamos, sobre todo, un repunte en los jóvenes. En las mujeres mayores era una realidad oculta; se daba, pero la tenían que asumir. Luego apareció una generación intermedia que ha luchado mucho contra esta lacra y ahora tenemos a jóvenes y adolescentes con un problema muy serio. Los modelos masculinos que se plantean a las chicas tienen que ver con la violencia y el control. Muchas dicen que el que la controla lo hace porque la quiere.
A. P.: Los jóvenes de hoy confunden control con amor.

¿Cómo es posible que una generación más avanzada y con más derechos retroceda de esta manera?
C. M.: Está en cuestión la manera de entender la masculinidad. Las mujeres llevamos tiempo trabajando sobre la propia identidad y este proceso no ha ido acompañado de un abordaje de la masculinidad sana, orientada al cuidado. Con los roles clásicos pierden todos, hombres y mujeres. A los hombres se los encasilla en roles de violencia. Lo hace la propia sociedad de consumo, el sistema que compra y vende sexo, la pornografía…
A. P.: Hay multitud de factores. Ya no educan los padres o el colegio. Existe un bombardeo de información en las series y en las redes sociales.

Entiendo que se debe poner más foco en la formación de las nuevas generaciones.
C. M.: En la comisión hemos ofrecido formación en parroquias y vicarías, pero nos planteamos como reto llegar a los grupos de jóvenes —de confirmación, posconfirmación y novios—. Hay que incidir en estos tramos de edad. También queremos llegar a los sacerdotes. La formación es una prioridad. Si no conoces esta realidad, es muy difícil identificar los factores de riesgo.
A. P.: La violencia es hacia la mujer, pero es un problema de hombres y mujeres. La educación es para ambos. Todos tienen que identificar las conductas que no son aceptables.

¿En qué consisten las formaciones?
C. M.: Comenzamos con un vídeo del Papa Francisco en el que condena la violencia hacia las mujeres. Nos sirve de encuadre. Estamos en la Iglesia y el Papa está posicionado. Luego definimos la violencia de género y hablamos de los estereotipos para que se genere un diálogo.
A. P.: Contamos lo que es y no es violencia de género, que no se puede confundir con el sexo masculino. Ponemos casos prácticos y dejamos que la gente hable. Salen muchos prejuicios.

¿Cuáles?
A. P.: Se culpabiliza a las mujeres, no se comprende por qué no pueden abandonar esa situación o dicen que también hay violencia contra los hombres.
C. M.: Al mismo tiempo, hay mucha gente que se posiciona en contra. Mujeres mayores que han reflexionado sobre el tema, por ejemplo. Que las mujeres puedan hablar libremente de esto dentro de la Iglesia me parece una maravilla, revolucionario.

¿Cuál es el mensaje principal?
C. M.: Que la comunidad salva. Lo que ayuda a acabar con la violencia de género es romper el silencio. Si hay una red de apoyo es el principio del fin. La parroquia, a través de sus distintos grupos, y el párroco deben ser una red de apoyo para las mujeres que sufren violencia. Que podamos escuchar sin prejuicios y acompañar.

¿Se ha avanzado en la Iglesia?
C. M.: Todos tenemos en mente la imagen de un sacerdote diciendo a una mujer que aguante, que no rompa el matrimonio ante un caso de violencia. Ese mensaje no se puede transmitir. Creo que todos ya estamos ahí, también el clero. Otra cuestión es que a nivel estructural sigan existiendo desigualdad y actitudes machistas. Estamos en un proceso y quedan cosas por hacer.