En este 7 de octubre en el que celebramos la Jornada Mundial del Trabajo Decente, marcado por el horizonte de la pandemia de la COVID-19, tenemos presente las palabras del Papa Francisco: «No hay peor pobreza material que la que no permite ganarse el pan y priva de la dignidad del trabajo».

La última Encuesta de Población Activa (EPA), el coronavirus ha avivado que se destruyan más de un millón de empleos en el segundo trimestre y que la tasa de desempleo se dispare al 15,3 %. Con la previsión de finalizar el año con cuatro millones de personas desempleadas, tras los ERTE se producirán más despidos y más jóvenes convertidas en desempleados de larga duración.

Este escenario, en el que vivimos el impacto de una crisis sanitaria, económica, ecológica y laboral ha dejado en evidencia las carencias de un sistema público que ha sido golpeado por los continuos recortes de diferentes Gobiernos y la debilidad de los mecanismos de protección social. Desgraciadamente esta realidad afectará en mayor medida a las personas que ya estaban cerca o por debajo del umbral de la pobreza, provocando así una mayor desigualdad, incertidumbre y precariedad. Además, propicia un sistema laboral y social que desplaza y descarta a millones de personas del acceso a un trabajo digno en el que se debería de tener en cuenta a los grupos de población más vulnerables:

  • Las personas con problemas de salud subyacentes o de edad avanzada.
  • La juventud, que deben afrontar un elevado índice de desempleo y subempleo.
  • Las mujeres, a raíz de la amplia labor que desarrollan en los sectores más afectados (en particular el de los servicios), o por realizar un trabajo de primera línea para hacer frente a la pandemia.
  • Los trabajadores y trabajadoras sin protección social, en particular los que trabajan por cuenta propia, los ocasionales y los que llevan a cabo una labor esporádica.
  • Los trabajadores y trabajadoras migrantes, particularmente vulnerables a los efectos de la crisis de la COVID-19 que restringirá su capacidad para desplazarse a su lugar de trabajo en sus países de acogida y para regresar con sus familias.

Es momento de crear sinergias y resaltar la importancia del sindicalismo, de la afiliación a los sindicatos desde nuestra perspectiva más humana y fraterna, reivindicando políticas orientadas al desarrollo que apoyen las actividades productivas, la creación de puestos de trabajo decentes, el emprendimiento, la creatividad y la innovación, y fomentar la formalización y el crecimiento de las microempresas y las pequeñas y medianas empresas, incluso mediante el acceso a servicios financieros. Sensibles a esta realidad y mirando el mundo desde las periferias en las que estamos presentes, en esta Jornada Mundial del Trabajo Decente reivindicamos:

  • Un sistema económico que ponga en el centro a las personas y al cuidado de la casa común. Que se garanticen los derechos laborales y se asegure un entorno de trabajo seguro, sin riesgo para todas las personas trabajadoras.
  • Que se cuente con enfoque de género en la implementación del trabajo y teletrabajo para ayudar a frenar la brecha de género que se ha visto ampliada durante la pandemia.
  • La necesidad de visibilizar el impacto que esta situación está teniendo sobre la juventud y de abordar medidas específicas dándoles más centralidad e incorporando la mirada joven.
  • Que las personas con diversidad funcional tengan las mismas oportunidades habilitando los medios necesarios para su incorporación al mercado laboral actual.
  • Garantizar la conciliación familiar para todas las personas trabajadoras, que han visto como su jornada laboral ha aumentado con el teletrabajo.
  • Que se refuercen servicios públicos de empleo y orientación profesional para aquellas personas que se encuentran en búsqueda de empleo.
  • Políticas inclusivas que aseguren que no existan barreras a los servicios de salud, malas condiciones de vida, trabajo y explotación para las personas migrantes.

Este es el mensaje que manifestaba el Papa Francisco el pasado 1 de mayo, Día del trabajador: «Es cierto que todos están viviendo una crisis, pero siempre se debe respetar la dignidad de las personas. Así que agradezco el llamamiento de estos trabajadores y de todos los trabajadores explotados, e invito a hacer de la crisis una ocasión para volver a poner en el centro la dignidad de la persona y del trabajo».

En este escenario nos sentimos llamados a movilizarnos a favor de los intereses de la clase trabajadora, a hacer oír nuestras voces y defender los intereses comunes. Desde la iniciativa de Iglesia por el Trabajo Decente (ITD) del que forman parte Cáritas, la Conferencia Española de Religiosos (CONFER), la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC), Justicia y Paz (JyP), la Juventud Estudiantil Católica (JEC) y la Juventud Obrera Cristiana (JOC), se propone el acto público Kilómetros por el trabajo decente, que consiste en salir a correr o andar con un dorsal que hemos hecho, poner en el los kilómetros que hayamos recorrido y compartir el resultado en nuestras redes. Desde ITD se sumarán todos los kilómetros de las personas que participen y se compartirá el número total de kilómetros que se han hecho para caminar hacia trabajo decente.