En una sociedad en la que las orejeras se han convertido en utensilio común, la invitación a cambiar nuestra mirada es algo esencial. El cardenal Cobo llamaba a eso en la misa del Miércoles de Ceniza, con el que se inicia el tiempo de Cuaresma, la llamada a la conversión.
Gafas de lejos y de cerca
Es una oportunidad más para hacernos un examen y descubrir hasta donde nos llega la vista. De hecho, el no ver de lejos o de cerca es una enfermedad a la que muchos se ven sometidos. Son necesarias gafas de lejos para poder ver dónde hoy se nos hace Dios presente, en tantas personas y situaciones que no alcanzamos a ver con nitidez, muchas veces por voluntad propia. Pero tal vez necesitemos gafas de cerca para ser conscientes de que la conversión tiene que empezar por uno mismo.
La conversación en el Espíritu, instrumento con el que la sinodalidad se hace realidad y avanza, nos ayuda a cambiar nuestra mirada. Cuando este ejercicio se lleva a cabo de modo fiel a aquello que el Espíritu quiere conseguimos descubrir en las palabras del otro el camino a seguir. Inclusive superamos posturas personales contrarias a aquellas de las que partíamos. Al hilo de lo que decía el arzobispo de Madrid, cambiar no es imposible.
En sus palabras llamaba a superar ideas y actitudes que nos llevan a pensar que «no vale la pena intentar ningún cambio», a «encerrarnos en lo que somos, fortalecer nuestras decisiones, asentarnos en lo que creemos». Una actitud que tiene como consecuencia que «leemos lo que nos ratifica, escuchamos sólo a quienes son como nosotros, nos reafirmamos continuamente en nuestras ideas».
Insensibles a la escucha
El resultado de todo ello es que «eso a menudo nos hace insensibles a la escucha», decía el cardenal Cobo. Así, en vez de escuchar a Dios y a los hermanos, «sólo nos escuchamos a nosotros mismos». Ante eso es necesario cambiar y para ello es obligatorio preguntarnos si estamos dispuestos, si tenemos la valentía de «dejar que Dios nos descoloque, nos ponga en crisis», en palabras del arzobispo de Madrid.
Un cambiar la mirada que nos tiene que llevar a mirar a los ojos del otro, a no apartar nuestro foco de aquellos que necesitan nuestra ayuda. No es un camino fácil, «Dios no trabaja con magia instantánea», subrayaba el cardenal, sino que son procesos, caminos largos, ante los que no debemos tener miedo, pues «Dios tiene paciencia con nosotros. Nos acompaña paso a paso».
Mirar con los ojos del Evangelio
Un camino que «no es para mirarnos a nosotros mismos», sino «para atrevernos a mirar más a Jesús y que sea Él el que nos diga cómo vivimos y cómo debemos vivir», en palabras del arzobispo de Madrid. Lo que nos ayuda en ese proceso es «mirar cada vez más con los ojos del Evangelio. Una mirada que tiene más misericordia, más justicia y más humanidad». A quien le falta la misericordia, la justicia y la humanidad, aunque se ponga como modelo de tal, nunca podrá decir que es cristiano.
Con Jesús se camina cuando le miramos de cerca, cuando le vemos y nos hacemos sensibles, cuando le reconocemos crucificado a nuestro lado. No lo hacemos cuando nos conformamos con «mirar a este mundo cerrado en que cada uno se establece, en espacios cómodos y cálidos», como subrayaba el cardenal Cobo. Se trata de dejarnos «mirar por Dios, no por los otros», de entender que vale la pena «cambiar nuestra mirada».