Cambiar de opinión - Alfa y Omega

Nuestros políticos, y con ellos muchos periodistas, cambian a menudo de opinión. Cuando les conviene, truecan su rotundidad en transigencia y su transigencia en rotundidad. Lo que se les antojaba sagrado antes de las elecciones deviene objeto de mercadeo después de ellas. Los compromisos sucumben ante los intereses; las convicciones palidecen ante el cálculo. Descubrimos con pesar que las líneas rojas son apenas una impostura, un soplo de viento, una herramienta electoralista. Las ansias de poder prevalecen, también en esto, sobre la exigencia de la verdad. 

Quizá por este motivo recelemos de todo cambio de opinión. Acostumbrados a las mentiras políticas, a las mendacidades periodísticas, entrevemos en él una intención espuria, acaso inconfesable. El cambio de opinión constituiría siempre, inequívocamente, un síntoma de inmoralidad: ¿no responde nuestra evolución más al interés que a una búsqueda genuina? ¿No responde más al oportunismo que a una transformación del alma? En realidad, no tiene por qué. Antes de convertirse, san Agustín dijo y se desdijo muchas veces. De escéptico pasó a maniqueo, de maniqueo pasó a neoplatónico, de neoplatónico, por fin, pasó a católico. Incluso nuestras vidas, menos santas, siguen un patrón semejante. ¿Quién no reniega ahora, con indisimulable sonrojo, de algo que proclamaba hace años? ¿Acaso no se han disipado algunas de nuestras certezas, acaso no se han esfumado algunas de nuestras dudas? Las opiniones marmóreas pueden ser más sospechosas que las fluctuantes. La fidelidad a los principios esconde, en demasiadas ocasiones, una traición a la realidad. 

Nunca es tan precisa la inocencia como en tiempos suspicaces. No todo cambio de opinión responde a un cálculo de oportunidad. Los hombres tornadizos pueden ser veletas que oscilan al son de las modas, naturalmente, pero también girasoles que se retuercen en busca de luz. ¿No transparenta la contradicción un deseo? La rectificación, cuando desinteresada, revela una humildad, incluso un coraje: la relativización del propio juicio, la primacía innegociable de la realidad. Decía Chesterton que la conversión es el reconocimiento de que la verdad es la verdad al margen de quien la busca. Se necesita virtud para enmendarse la plana a uno mismo. Por el contrario, ¿no hay que tenerse en muy buena estima para sostener lo que hemos sostenido desde hace décadas? Acaso, quién sabe, la permanencia exija una altanería.

Ni el cambio ni la quietud son buenos en sí. Podemos anclarnos a la verdad, como los mártires, o aferrarnos al delirio, como los yihadistas. Podemos desplazarnos al compás de la conveniencia, como el político, o dirigirnos hacia una promesa, como el aventurero. Según el apócrifo, cuando Pedro salía de Roma para huir de la persecución, Cristo se interpuso en su camino. Bastó una pregunta —«quo vadis?»— para que el apóstol volviese sobre sus pasos. ¿Debería haberse aferrado a la decisión inicial en nombre de la coherencia? La contradicción revela en el caso de Pedro una apertura; es menos un signo de flaqueza que uno de vitalidad. ¿Y si cambiamos de opinión simplemente porque estamos vivos? ¿Y si alteramos nuestras teorías porque, pese a todo, nos sigue interpelando lo real? La permanencia es el rasgo de las piedras. 

Incluso el sabio está convocado al movimiento. Por verdaderas que sean sus ideas, nunca estará de más un matiz, tampoco una radicalización. Ni siquiera el esfuerzo común de todas las generaciones de la historia agotaría la densidad de un ser tan aparentemente fútil como un mosquito. No terminamos de poseer la verdad: podemos merodearla, podemos amarla, pero no se nos ha concedido prenderla. El hombre siempre está llamado por eso a cavar más profundo, a mirar más lejos, a regresar al origen. Su quietud insinuaría una autosatisfacción pecaminosa; su permanencia apenas evidenciaría un conformismo. La impugnación de una idea y la reconsideración de una teoría son, contra todo pronóstico, pese a las cábalas de nuestros políticos, síntomas de una relación ordenada con la verdad, que nos seduce y nos evita, que nos corteja y también nos sortea. Solo permanece quien cree haberla poseído.

¿No revela el movimiento una tensión? ¿No revela la búsqueda un deseo? La contradicción es el reverso humillante de la sabiduría. Quien ama la verdad debe estar dispuesto a contradecirse, como los ignorantes, como los indecisos, 70 veces siete.