«Cada vez que llega un grupo de inmigrantes por corredor humanitario es conmovedor»

Daniela Pompei, responsable de los corredores humanitarios que ya han llevado a Italia a unos 3.000 solicitantes de asilo, está orgullosa de que cuatro gobiernos italianos de distinto signo hayan visto en esta iniciativa «una respuesta pragmática y seria que se corresponde a una exigencia real». El miedo a los inmigrantes –reconoce– existe «y hace falta dialogar con él. Se trata de hablar en defensa de todos, de encontrar soluciones que puedan ir bien para todos»

María Martínez López
Daniela Pompei (a la izquierda) acoge a un grupo de solicitantes de asilo recién llegados a Italia en febrero del 2016. Foto: Daniela Pompei

Daniela Pompei, responsable de los corredores humanitarios que ya han llevado a Italia a unos 3.000 solicitantes de asilo, está orgullosa de que cuatro gobiernos italianos de distinto signo hayan visto en esta iniciativa «una respuesta pragmática y seria que se corresponde a una exigencia real». El miedo a los inmigrantes –reconoce– existe «y hace falta dialogar con él. Se trata de hablar en defensa de todos, de encontrar soluciones que puedan ir bien para todos»

Los corredores humanitarios de Sant’Egidio deben su existencia a dos de los encuentros internacionales de oración por la paz que organiza esta realidad de la Iglesia. En el de Amberes (Bélgica) de 2014, miembros de la Mesa Valdense y de esta realidad católica compartieron su inquietud por hacer algo frente a tragedias como la de Lampedusa de 2013. Las semanas siguientes, y también en diálogo con las comunidades evangélicas, el sueño de ofrecer una alternativa legal y segura tomó forma en torno a la figura (contemplada en el artículo 25 del reglamento 810/2009 del Parlamento europeo) de un visado limitado a un único país en casos de emergencia.

Junto a los valdenses y a la Federación Evangélica de Italia presentaron el proyecto a los ministerios de Exteriores e Interior del Gobierno de Matteo Renzi. «Al principio dijeron que era imposible –narra Daniela Pompei, su responsable, que participará en el Encuentro Internacional Paz sin Fronteras, en Madrid–. Pero piano, piano, fuimos hablando» y se constituyó un grupo de trabajo.

Con todo, después de un año de trabajo, estaban bloqueados: «A algunos funcionarios les daba miedo traer a personas que iban a solicitar asilo pero no eran refugiados reconocidos». Así llegó el encuentro de oración de Tirana (Albania), marcado por la reciente muerte en la costa turca del niño Aylan. «En esa ocasión participó el ministro de Exteriores, Paolo Gentiloni, y hablamos con él».

Lograron salir del punto muerto, y en noviembre se encontró una solución utilizando el criterio de vulnerabilidad, como la define tanto la UE como la legislación italiana: mujeres solas, enfermos, familias en dificultad… En diciembre de 2015 se firmó el primer protocolo, para solicitantes sirios, y en 2017 otro para subsaharianos.

«Hay que dialogar con el miedo a la inmigración»

Ambos se han ido renovando. «También con [el exministro] Salvini, con algunos cambios leves». A pesar de ser el rostro de la política antiinmigrante en su país, Pompei asegura que no han tenido problemas en la relación con su gabinete. «Para defender a los pobres es necesario hablar con todos, incluso si tienen ideas muy distintas», como es el caso de los entornos populistas y partidarios de mayores restricciones fronterizas.

La responsable de los corredores humanitarios reconoce que «el miedo a la inmigración existe en los ciudadanos. Y hace falta dialogar con él. Ese miedo se combate encontrándose con ellos, y hablando con seriedad y sobriedad de las personas que llegan a nuestro país, explicando que son refugiados, que vienen con muchos traumas, que el 40 % son niños».

En este sentido, destaca también que no les preocupan solo los inmigrantes, sino «el destino de un país. Los problemas de Italia ahora no son los migrantes, sino el futuro de los jóvenes que se van a trabajar a otros países, unos 150.000. Se trata de hablar en defensa de todos, de encontrar trabajo para jóvenes y adultos y soluciones que puedan ir bien para todos».

El momento de encontrarse cara a cara

Pompei es muy consciente del potencial que tiene el éxito de esta iniciativa para derribar barreras. «Cuando llega algún grupo, siempre invitamos a los políticos, que al fin y al cabo son los responsables. Y ahí siempre se producen momentos conmovedores y divertidos. Escuchan sus historias, se hacen fotos… y se crea una relación, particularmente con los niños».

«Los vuelos suelen llegar de noche, cuando todo está cerrado». Pero a medida que van haciendo trámites y pasando los controles policiales, los niños que en un primer momento podrían estar cansados o somnolientos «se vuelven parlanchines, y empiezan a bailar y cantar», como símbolo de «una vida que vuelve a empezar. Cuando los pequeños llegan por mar, se ve el drama en sus ojos. Cuando llegan en avión, encuentras alegría. Y ahí podemos atisbar un mundo diferente».

Por ello, intentan que estén presentes además los medios de comunicación y de los organismos que colaboran en el proyecto. «Ver a los solicitantes de asilo y hablar con ellos cambia mucho las ideas. También ver que gente que a llegado a Italia con nosotros se está graduando, que encuentran trabajo y son autónomos». A raíz de esta publicidad, «muchísimos grupos han querido hacer algo» y el número de ofrecimientos ha hecho posible la llegada de más grupos. «Hemos ido viendo una Italia distinta» a la del rechazo a los inmigrantes, asegura Pompei.

Un empujón internacional a Italia

También «todos los gobiernos [que se han sucedido en Italia] han visto que [la nuestra] es una respuesta pragmática y seria que se corresponde a una exigencia real. Y garantiza tanto la seguridad de los ciudadanos como de los refugiados, con un itinerario de integración» en el que se implican particulares y comunidades, por ejemplo ofreciendo un apartamento o un edificio.

Por último, Pompei asegura que la existencia de los corredores «ha ayudado a Italia internacionalmente, sobre todo este último año en el que hemos tenido dificultades por la inmigración». Frente a eso, «los corredores son algo en lo que Italia ha abierto una vía» que ya han seguido Francia, Bélgica y Andorra.

Hacia el corredor europeo

Ahora, la Comunidad y el resto de instituciones religiosas implicadas están trabajando para que los corredores den el santo a toda la Unión Europea. «Cada país tiene la responsabilidad de encontrar vías alternativas a los naufragios en el mar y al camino de los traficantes. Pero también es algo que debe hacer la UE en su conjunto», asegura la coordinadora de esta vía migratoria.

Por ello, antes del reciente cambio de Gobierno en Italia Sant’Egidio pidió al primer ministro Giuseppe Conte, que conserva su cargo, que promoviera ante la UE la puesta en marcha de un corredor humanitario para 10.000 personas procedentes de Libia, «que es uno de los países desde los que parten más inmigrantes del África subsahariana. Allí son tratados fatal e instrumentalizados. Respondió que estaba de acuerdo» con el proyecto. De los 10.000, Italia debería hacerse cargo –apunta Pompei– de unos 2.500, y que el resto se fuera dividiendo entre los países dispuestos a participar. «No es necesario contar con el acuerdo de todos. Si se comparte, el fenómeno disminuye».

Con todo, la responsable de los corredores es consciente de que este modelo, que funciona muy bien para pequeños grupos (los llegados en casi cuatro años rondan los 3.000), no puede dar respuesta a todos los inmigrantes. «Es solo una de varias soluciones. Defendemos también que se regularice a los irregulares que trabajan, facilitar la reagrupación familiar, y abrir canales para quienes llegan por motivos económicos». Con todo ello, se reduciría «el campo del que se alimenta el tráfico irregular». Por eso, concluye afirmando que «¡esperamos mucho que los corredores lleguen a España!».

M. M. L.