Blade Runner 2049. Una digna réplica de los replicantes

Juan Orellana
El agente K (Ryan Gosling) y Rick Deckard, interpretado por Harrison Ford. Foto: Warner Bros

Llega a nuestras pantallas la esperada continuación de Blade Runner, dirigida en 1982 por Ridley Scott. Ahora nos situamos 30 años después, en 2049. La ciudad de Los Ángeles es un ecosistema completamente destruido. Allí, el agente K (Ryan Gosling) es un blade runner, cuya misión es retirar antiguos replicantes fuera de control. Un día, en una operación, descubre algo que puede poner en peligro el modelo de sociedad vigente. A partir de ese momento, tanto la Policía como la Tyrell Corporation –creadora de los replicantes– tendrán a K en el punto de mira. Las pesquisas de K le llevarán hasta Rick Deckard (Harrison Ford), un antiguo blade runner al que se le perdió la pista hace 30 años.

El director canadiense Denis Villeneuve (La Llegada, Incendies…) ha tenido que afrontar un gran desafío al aceptar dirigir una secuela de la obra maestra de Ridley Scott, el cual además asumía el rol de productor ejecutivo. Por un lado, Villeneuve tenía que mantener una cierta continuidad con la obra de 1982, no solo argumentalmente, ya que se trataba de una secuela, sino también estéticamente; pero por otra parte debía hacer una obra nueva, inscrita en las corrientes estilísticas del presente, pensada para el público actual. Y en tercer lugar, el cineasta tenía que desarrollar su propio estilo. Una meta complicada que Villeneuve ha conseguido alcanzar con bastante dignidad, eso sí, sin llegar al nivel de obra maestra de su predecesora.

Estéticamente la película es formidable. Respeta el ambiente urbano distópico de la primera, pero incorporando los ingentes avances tecnológicos de estos 35 años. En ese sentido toda la ambientación de exteriores es un dilatado homenaje al Blade Runner original, a los que se añaden unos paisajes nuevos más distópicos e inquietantes si cabe. En algunos momentos recordamos Wall-e, de Pixar e incluso algunos pasajes de la saga de Star Wars. Los interiores combinan la ciencia ficción más purista con algunos espacios claramente retrofuturistas, como la residencia de Deckard. Sin embargo, la planificación, el ritmo y la puesta en escena son mucho más personales, más de autor. Otros elementos son claramente propios de los tiempos que corren. Por ejemplo, el nivel de violencia es incomparablemente superior al de la de Ridley Scott. En el plano de la interpretación Ryan Gosling está correcto, y aunque su personaje no es que experimente un derroche de sentimientos, el actor trata de darle una cierta hondura dramática.

A nivel de los contenidos antropológicos es donde se pone más en evidencia el cambio que ha experimentado la sociedad en estas décadas. A las preguntas filosófico-religiosas de la cinta de 1982, siguen ahora las paradojas de la propia identidad, las dudas sobre el propio ser, la amenaza del transhumanismo y el amor y el sexo virtuales. K es un hombre sin nombre, que no sabe de dónde viene ni a dónde va, que no sabe realmente cuál es su condición ontológica, y cuya relación amor con Joi (Ana de Armas) no es que sea líquida, es que es gaseosa. En definitiva, un producto muy digno, pero que no es redondo; muy atractivo, pero demasiado largo (más de 160 minutos), temáticamente interesante, pero atravesado de posmodernismo.

Juan Orellana