Belleza, sabiduría y valentía - Alfa y Omega

Belleza, sabiduría y valentía

Aclimatados con la reciente festividad de Todos los Santos, y con motivo del próximo santoral de Catalina de Alejandría, el 25 de noviembre, explicamos por qué esta santa es una de las más repetidas en la historia del arte

Ana Robledano
‘Desposorios de santa Catalina’, de Bartolomeo Cavarozzi. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid). Foto cedida por RABASF

Santa Catalina de Alejandría nació en dicha ciudad egipcia a finales del siglo III y murió con tan solo 18 años, el 25 de noviembre del 303. Fue hija de reyes, motivo por el que siempre se la representa con ricas vestiduras propias de una mujer noble, incluso con corona de reina en algunas ocasiones. 

Además de su innegable belleza tenía una mente privilegiada, gran sabiduría y reciedumbre. Su fe era de hierro. El emperador Maximino, cruento perseguidor de los cristianos, intentó convencerla del paganismo invitándola a participar en debates contra los sabios y teólogos de los dioses, pero su capacidad argumentativa y oratoria lapidaba cualquier rebate. Hasta el punto de que muchos de ellos se convirtieron al cristianismo. Al no poder acallar el inquebrantable discurso de la santa, el emperador la flageló y encarceló. Es precioso este momento de la historia en que la emperatriz, deslumbrada por la lucidez y valentía de la joven Catalina, empezó a visitarla en la cárcel para escuchar su predicación. La esposa del emperador acabó bautizándose. Asimismo, el guarda que la acompañaba a la prisión también se convirtió y pidió el Bautismo, convencido en la escucha de aquellas conversaciones. 

‘Santa Catalina de Alejandría’, de Caravaggio. Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. Foto cedida por el Museo nacional Thyssen -Bornemisza

Su cautividad entre rejas no la impidió seguir su apostolado, logrando muchas más conversiones de soldados y sabios que acudían a hablar con ella. Al experimentar esto, la rabia del emperador le llevó a condenarla a una muerte de tortura. El martirio iba a consistir en atarla a una rueda de madera dentada que rasgaría su cuerpo. Pero, cuando santa Catalina tocó la rueda, milagrosamente se hizo pedazos. El emperador, desesperado, ordenó que la decapitasen.

Podemos reconocerla en el arte portando los elementos de su martirio: la rueda de madera rota y la espada, así como la palma, símbolo propio de todos los mártires, ya que es el objeto que testifica su llegada al cielo (la rama del árbol del Paraíso). También se la identifica por sus ropas de princesa, especialmente en el Renacimiento, a la moda de la nobleza italiana. El libro es otro atributo de esta santa, representando la sabiduría o las Sagradas Escrituras.

Merece una mención especial el ejemplo de Caravaggio del Thyssen que, tras la última restauración en 2018, luce espectacular. En esta pintura, la rueda tiene un gran protagonismo, pero también es precioso el detalle de la espada. Empezando por arriba, se observa una elegante empuñadura propia del siglo XVI, que la santa la sostiene delicadamente con la mano izquierda, y con la derecha acaricia sutilmente la fina hoja, teñida de rojo en su extremo, bien simbolizando la sangre de la mártir o simplemente el reflejo del cojín rojo donde se arrodilla. En la parte inferior volvemos a ver la famosa palma. Para terminar con esta obra, invito a que el espectador haga contacto visual con su mirada, que desborda firmeza, decisión y fortaleza. 

Retablo de santa Catalina con escenas de su vida, de Giovanni del Biondo. Museo dell’Opera del Duomo (Florencia). Foto: María Pazos Carretero

Escenas del martirio

Durante la Edad Media hubo un auge en su devoción popular. No veremos tantos retratos, sino escenas narradoras de su martirio. En numerosas ocasiones se han dedicado retablos enteros a esta santa, con escenas de su vida a los lados y ella en el panel central entronizada o de pie, como en el caso del retablo de Giovanni del Biondo, conservado en el Museo dell’Opera del Duomo, en Florencia.

A partir del siglo XIV se difunde la escena de los desposorios místicos de santa Catalina, en el que la mártir, arrodillada, recibe en su dedo un anillo puesto por el Niño Jesús en brazos de la Virgen. En la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando tenemos un ejemplo de Cavarozzi (siglo XVII) en el que se aprecia cómo entre los ángeles y la Virgen ayudan al Niño a ponerle el anillo. Ella, llena de devoción, alarga la mano y espera el momento. En esta pintura Catalina tiene la corona en la cabeza acompañada de perlas, que también son un símbolo iconográfico propio de aquellas mártires que murieron vírgenes. A los pies de María se asoma la empuñadura de la espada que está escondida bajo los regios vestidos de la santa. La Virgen María invita al espectador a contemplar el hecho.

Santa Catalina es, pues, una de las mujeres más valientes de la historia. De altísima cuna, teniéndolo todo en la vida, optó por ser testigo de Cristo, consagrarse a Él y no callarse ante cualquier amenaza que la hiciese tambalear, incluida la de muerte. Bien merecida tiene su abundante representación en el arte.