Begoña: «Pasé los primeros siete años de mi vida encerrada en un leñero»
Comenzó a vivir en la calle pasados ya los 60 años. Tiene tres puñaladas en el cuerpo asestadas por su marido y muchas heridas en el alma que se le abrieron tras ser abandonada nada más nacer y por crecer y vivir siendo víctima de maltratos.
—¿Cómo se llama?
—Me llamo Begoña. Soy de Asturias.
—Y está pidiendo en una calle de Madrid.
—Sí, pero yo ya llevo muchos años aquí, es una larga historia.
—Cuéntemela.
—Pues nací en los años 60, de una madre soltera, algo que entonces estaba muy mal visto. Mi madre me abandonó con mis abuelos y emigró a Suiza, y yo pasé los primeros siete años de mi vida en un leñero, encerrada sin ver a nadie.
—¿De verdad?
—Sí. Nadie podía saber que yo existía. Porque daba vergüenza a mi familia. Recuerdo de que me pegaban con la escoba o con las zapatillas si había alguien en casa y hacía algún ruido. Nadie podía saber que yo estaba en el mundo.
—Su vida empezó torcida…
—Sí, sí, toda la vida fue así, torcida. A los 7 años mi madre se casó y yo ya pude salir a la calle, sin ninguna explicación. Me acuerdo de estar con una tía, escondida en un caminito estrecho, hasta que mi madre saliera por la puerta de la iglesia. Cuando lo hizo, ya pude salir yo. No sé cómo explicaron que saliera de repente una niña de 7 años, pero así fue. Hoy sigue siendo para mí un misterio.
—¿Cómo vivió usted tener de repente toda esa libertad?
—La verdad es que no tuve sensación de libertad, porque a partir de entonces mi madre empezó a echarme siempre la culpa de sus males. ¿Qué culpa tuve yo de que ella abriera las piernas?, hablando mal y pronto. Eso lo pagué toda la vida.
—¿Qué pasó después?
—Con 14 años me fui a trabajar a Santander, a casa de una familia que tenía tres hijos, fui a cuidarlos. Cambiaban mucho de casa, y más tarde comprendí que era ingeniero y que trabajaba en la central de Lemóniz. Estaba amenazado por ETA. Allí en Santander conocí a un hombre, por llamarle de alguna manera, con el que me casé. Pero ni estaba enamorada ni nada: me casé huyendo de la soledad. Acabamos muy mal, con malos tratos; yo tengo tres puñaladas en la barriga.
—¿Tuvieron hijos?
—Sí, una hija, y tengo una nieta. No tenemos mucha relación, porque mi hija se avergüenza de mí.
—¿Por qué ha acabado en la calle?
—Después de esa historia de malos tratos me enviaron a un centro de acogida. Tuve problemas con una educadora, me degradó tanto que me fui sin siquiera recoger mis cosas. Me decía que allí mandaba ella y que yo no era nadie. No quise discutir con ella, me fui. Llevo en la calle un año ya.
—¿Cómo fue empezar a vivir en la calle con su edad?
—Creo que me he adaptado mejor que muchos jóvenes, porque ya tengo mi experiencia en la vida y porque no bebo ni me drogo. Solo fumo tabaco, paso mucho tiempo en la calle y tengo que hacer algo. Me lo tomo con esa filosofía. ¿Para qué voy a llorar?
—¿La gente le ayuda?
—Los que me echan monedas lo hacen porque me conocen, pero yo jamás pido nada. Saco de 10 a 15 euros al día, me da para mí y para mi perrita. Y para dormir me apaño donde puedo.
—Antes me hablaba de la soledad que vivió de niña. ¿Se sigue sintiendo sola?
—Sí. La soledad es la peor enfermedad del mundo. A la perra me la encontré en el mes de enero, tres días después de Reyes. Estaba en un cubo de basura y tenía tres días. Fue un revulsivo para mí. Me ayuda mucho que esté en la calle conmigo.
—¿Con qué sueña, Begoña?
—Con un techo, una casa, un trastero, me da igual, lo que sea. Lo que pasa es que es muy difícil. Sería feliz en un pueblo, con una huerta pequeña, para tener mis tomates y mis lechugas.
—¿Usted es creyente?
—Sí, pero a mi manera. No creo en curas ni en monjas, ni en nada que esté alrededor de ellos. Creo en mí y en mi Dios. No me acuesto ningún día sin hacer una oración y cuando me levanto por la mañana, le doy gracias siempre por vivir un día más.