«Ayudamos a no emigrar a los cristianos del Líbano» - Alfa y Omega

«Ayudamos a no emigrar a los cristianos del Líbano»

La explosión de 2020 alcanzó de lleno a la ciudad de Beirut, pero la onda expansiva se extendió por todo el Líbano. Dos años después, el país sigue sin levantar. El desafío es frenar el éxodo masivo de sus jóvenes ofreciéndoles oportunidades en su tierra

Ángeles Conde Mir
Familiares de las víctimas de la explosión del puerto de Beirut protestan, el 25 de agosto, por el derrumbe de varios silos este verano. Foto: Efe / EPA / Wael Hamzeh.

«Yo soy una privilegiada porque cobro mi sueldo en dólares, no en libras libanesas», dice Marcelle desde Beirut. Su privilegio consiste en haberse visto obligada a volver a casa de sus padres con su hija de pocos meses y su marido para «ahorrar en gasolina», porque así están más cerca de su trabajo. Su privilegio consiste en haber gastado casi todo su dinero y parte del de sus padres en instalar paneles solares en casa para tener electricidad, «y un frigorífico que funcione», porque el suministro eléctrico regular en el Líbano es una utopía.

En un perfecto español, ya que Marcelle es una joven muy preparada, como la gran parte de los cristianos, comenta a Alfa y Omega «que el mayor problema es la falta de esperanza»: «Casi todos los que conozco han dejado el país y, los que no, están buscando cómo dejarlo. Por las calles de la ciudad la gente está triste, nerviosa y enfadada».

Líbano
Población:

5,29 millones de habitantes

Pobreza:

80 % de la población

Emigración:

79.000 emigrantes en 2021, un 346 % más que en 2020

Los beirutíes respiran esa atmósfera plomiza que también perciben quienes conocieron el país de los cedros antes del 4 de agosto de 2020. Clémence es francesa, tiene 25 años y comparte la opinión de Marcelle. Conoció el Líbano en 2017 y el que ha visto ahora no es el de entonces. Esta joven es voluntaria de una de las organizaciones que intenta brindar oportunidades para cortar la hemorragia libanesa, L’Oeuvre d’Orient, que desde mediados del siglo XIX vela por los cristianos de la región. Su labor fundacional era la de apoyar las escuelas francófonas en el entonces Imperio otomano. Esta tarea nunca se ha interrumpido, pero, con el paso del tiempo, se han añadido otras. Especialmente, desde que en 2019 el país comenzara a deslizarse por una pendiente que, tras la explosión del puerto de Beirut de 2020, parece infinita. «La gente está muy cansada. La mayoría solo trata de sobrevivir porque les falta un proyecto de futuro», dice Clémence, que ha trabajado en distintas iniciativas durante su voluntariado, todas orientadas a procurar la permanencia de los que quieren marcharse y la supervivencia de los que no pueden. «Lo que intentamos con nuestro trabajo es proporcionar a los libaneses un mañana. El Líbano tiene que sobrevivir y necesita a sus cristianos».

Con una extensión similar a la provincia de Zamora, el país alberga unas 150 escuelas cristianas por cuya existencia se bate a diario esta organización, para que ese futuro se cimente en la formación. Muchas necesitaron una importante reconstrucción tras la explosión del puerto, como el colegio internacional de los padres antonianos en la periferia de la capital. Sin embargo, tras la restauración material, la pregunta que ahora provoca un nudo en la garganta es cómo mantener las puertas abiertas si el dinero no llega. En un contexto en el que las familias ya pasan hambre, pagar la matrícula del colegio está al final de la lista. Hace unos meses sor Gemaine, directora del Collège Saint Michel, lanzaba un grito de socorro en forma de carta a L’Oeuvre d’Orient: «Todas nuestras familias se han convertido en un caso urgente. Ni un solo padre se ha presentado a pagar las cuotas, al contrario, nos piden ayuda […]. Tampoco queremos abocar a la pobreza a nuestros profesores, que dependen de unos salarios que casi no podemos pagar». Confesaba la religiosa que la idea era reducir la dependencia de las ayudas del exterior, pero que en juego estaba el bien de los niños, «cuyo futuro será realmente precario si los dejamos al cuidado de nuestro Estado». Y sentenciaba: «Sí, nuestro pueblo vive humillado».

«Las escuelas hacen un trabajo fundamental en términos de formación y acogida, porque a ellas acuden estudiantes de cualquier origen y religión. Por eso, son importantes para el diálogo interreligioso y la estabilidad del Líbano. Muchas pueden cerrar poniendo en peligro esta estabilidad para el país», explica a Alfa y Omega Vincent Gelot, director en el Líbano de L’Oeuvre d’Orient. La organización también está volcada en que todas las obras de la Iglesia, como hospitales o residencias para ancianos y personas con discapacidad, puedan seguir abiertas, porque «el Estado está ausente». Por ello, proporcionan a estos centros desde equipos hasta instalaciones fotovoltaicas, «ya que tampoco pueden funcionar con generadores porque el combustible es carísimo».

Vincent Gelot en un acto del Hope Center, en Beirut. Foto: L’Oeuvre d’Orient.

Alguno de esos padres sin trabajo o sin perspectiva de futuro han recobrado un poco de esperanza gracias, precisamente, a una iniciativa que lleva por nombre Hope Center. «Está funcionando muy bien. A través de este proyecto, ayudamos a no emigrar, que es otra de las tragedias de los cristianos», explica Gelot. Son microcréditos para la creación de pequeñas empresas. La idea comenzó a aplicarse con éxito en Alepo y L’Oeuvre d’Orient la trasladó al Líbano que, si bien no es un país en guerra como Siria, prácticamente padece una economía de guerra. Porque el Líbano tampoco ha sido inmune al efecto Ucrania. «El 80 % del grano del Líbano se importaba desde Ucrania. La guerra no ha hecho sino volver a subir los precios que no bajan desde 2019», apunta el director.

Sin embargo, en medio de este panorama, Gelot desea notar que si algo «positivo» nació de la explosión del puerto fue la respuesta de la sociedad civil y de las organizaciones humanitarias: «Se creó una red entre entidades locales e internacionales que se mantiene para responder a la crisis económica; la comunidad se movilizó y también la diáspora». Mientras, los libaneses siguen con sus días ya casi acostumbrados al desastre. «No podemos estar todo el tiempo lamentándonos. También somos capaces de reír», concluye Marcelle.