Así son los 17 nuevos sacerdotes de Madrid
Junto a los ocho presbíteros del Seminario Conciliar de Madrid, el sábado se ordenaron otros siete del Redemptoris Mater, un religioso de los Corazones de Jesús y María y un diocesano haitiano. Todos tienen mucho que decir
Nos esperan vestidos con su clériman negro bajo el sol a los pies de la estatua de san Juan Pablo II en la entrada de la catedral de la Almudena. Cuando hablamos con los 17 aún eran diáconos, pero desde su ordenación el pasado sábado ya son sacerdotes. Fue una celebración presidida por el cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid, en la que agradeció ante ellos mismos, sus familiares y allegados —mil de ellos apostados en sillas fuera del templo por el llenazo absoluto— que «se han dejado encontrar por Cristo». También les advirtió de que, desde su primer día como presbíteros, «habrá gozo y habrá alegría, pero no faltarán la fragilidad, el cansancio y los días sin luz». Por lo que también hizo un encargo para los laicos en la catedral: «Acompañadlos con paciencia, con cercanía, con afecto; dejadles espacio para crecer, para encontrar su propio modo de servir».
Miguel Fragoso es uno de ellos. Nos cuenta que aborda su ordenación «como Moisés, quitándome los zapatos y pisando terreno sagrado porque entramos en un gran misterio». Originario de Portugal, detalla que el gran paso de diácono a sacerdote implica muchos cambios; entre ellos, «poder consagrar el pan y el vino en cuerpo de Cristo», por lo que se siente «un pobre instrumento» al poder hacerlo.
Por su parte, José María Ausín reconoce con naturalidad que «he pasado por una mezcla de días de muchos nervios y otros de gracia». Pero en vísperas de su ordenación «estoy con más tranquilidad, porque veo que va a llegar de verdad». Preguntado por el día de después, reconoce que «me cuesta imaginarlo» porque hay cambios que ya ha comenzado a notar. Por ejemplo, cuando era diácono, el grueso de los vecinos de Madrid «ya me trataban como un sacerdote». Ahora lo es de verdad y, entre sus grandes ilusiones, está el «poder confesar». No obstante, como ya realiza muchas tareas en su parroquia, considera que «gracias a Dios, el día a día va a ser más o menos parecido y eso me va a ayudar a empezar el ministerio con un poco de tranquilidad».
«Dios cumple su promesa»
Jaime Echanove está feliz ya que «me ordeno mañana si Dios quiere; y parece que quiere». Sobre su formación en el seminario, explica que consiste en «ir dejando que el Señor hable a través de lo que vas viviendo allí». Y agradece «el acompañamiento que la Iglesia hace a través de los formadores, el rector y el director espiritual». También de sus amigos fuera del seminario, pues «vengo de Hakuna y me encuentro con los sacerdotes que forman parte de ello casi todas las semanas», al igual que con los de la parroquia donde está destinado, Nuestra Señora de las Delicias,«y los sacerdotes de todas las pastorales por donde he ido pasando».
Guillermo Ara nos confía que «al principio miraba la ordenación como una meta, pero ahora la veo como un medio, como el inicio de una vida nueva, de una vida en Cristo». Por tanto, nos ofrece como titular que, para él, el haberse podido convertir en sacerdote significa que «Dios cumple su promesa». «Él me llamó y va haciendo las cosas, no yo», añade.
Sin que se hayan coordinado, José María González nos dice la misma frase: «Dios cumple su promesa». Tiene motivos para sostenerlo porque, «cuando entré al seminario, le pedí al Señor que la única abuela que me quedaba estuviera presente el día de mi ordenación». Ella falleció a causa de la pandemia de la COVID-19 un 18 de abril, curiosamente, el mismo día del calendario en el que él se ha convertido en sacerdote. Pero «mi abuela va a estar presente en la ordenación desde la primera fila», asegura. «Qué mejor que saber que uno está acompañado por los santos, los canonizados y los que han pasado su vida discreta». «Todos interceden», asegura. Y nos confía un deseo más que tiene en la víspera: «Que mañana muera José María y el que nazca sea José María de Jesús. Que toda mi vida le pertenezca a Él, sabiendo que es un tesoro en vasijas de barro».
Alberto del Olmo opina que «es conmovedor cómo la Iglesia recibe a los sacerdotes», pues «nos sostienen en la fe un montón desde la parroquia y los amigos de toda la vida». Reconoce que «un punto de nervios existe» y afronta su ordenación con «gratitud y vértigo». Para vivirla correctamente, «me estoy preparando, por un lado, con la oración, buscando momentos más tranquilos para rezar». Y, por el otro, «con las relaciones humanas», pues sus amigos le apoyan y «los sacerdotes son como padres para mí».
Jesús Nistal nos explica que «tras ocho años en el seminario, en el fondo siempre sueñas con el día de la ordenación». No obstante, «sorprendentemente ahora mismo estoy tranquilo porque siento que Dios me acompaña en cada momento». Con la tranquilidad del que ha elegido bien, «ahora lo que más estoy disfrutando es el cariño de la gente». Y considera «muy llamativo que todo el pueblo de Dios se emociona y reza», hasta el punto de que llegaría a parecer que «ellos casi ponen la fe que a ti te cuesta reconocer que Dios te ha dado».
Alberto Ramírez también cree que la ordenación sacerdotal «es una cosa que deseas y que ves tan lejos…» que, ahora que finalmente ha llegado, «jamás me había imaginado lo que estoy sintiendo y viviendo». Él vio claro que quería ser sacerdote al notar «un boom que me entró en el corazón al ver un cartel del seminario después de la JMJ de Madrid» en el que unos veinteañeros «cargaban con la cruz de los jóvenes». Con la imagen tatuada en la retina, «me pregunté: “¿Yo puedo ser cura?”. Y ahí empezó un camino precioso». «Ser sacerdote es algo que me encoge mucho y tengo muchas ganas de vivirlo», concluye.
No solo del Seminario Conciliar
Junto a los antiguos diáconos del Seminario Conciliar de Madrid —ahora sacerdotes— también se ordenaron el sábado otros siete del Seminario Redemptoris Mater, un religioso de los Discípulos de los Corazones de Jesús y María y un haitiano de la diócesis de Jérémie. «Yo he visto que Dios siempre me ha llamado a ser sacerdote desde que era pequeño, pero me negaba porque pensaba que, llamándome a esto, me quitaba algo», nos explica con transparencia absoluta Alejandro Cantos, del Camino Neocatecumenal. «Le he estado rechazando desde los 8 años hasta los 24, cuando entré en el seminario y dije: “Esto es lo que quiere para mí el Señor y aquí estoy. Ya me cansé de luchar contra Dios”». Por tanto, siente a las puertas de su ordenación «la paz y el descanso» que no sentía cuando se resistía a su vocación. Le acompañaron el sábado los otros sacerdotes con los que discernió en el Redemptoris: Lorenzo Carelli, Simone Colleluor, Francesc Xavier Esplugues, Marco Antonio González, Andrés José Marín y Christian Oliveira.
Por su parte, Javier Carmena, discípulo de los Corazones de Jesús y María, nos explica que «ser religioso es la plenitud del Bautismo y se puede combinar perfectamente con el sacerdocio». Y Almay Belizaire, de la diócesis de Jérémie en Haití y quien estudia en España gracias a una beca del Seminario Pontificio Comillas, presume de que «ordenarme con los curas de Madrid es un gran honor».