Armenia: evangelización, alfabetización y promoción - Alfa y Omega

Casi con el mismo aprieto en que se vio aquel urgido por Violante, me encuentro ante el reto de escribir en un escueto número de palabras sobre un argumento tan poco conocido como la cultura armenia cristiana, y perdonen por la redundancia, porque decir armenio, desde comienzos del siglo IV, es decir cristiano. En efecto, ahí se sitúa la labor de evangelización de Gregorio el Iluminador, que parece haberse apoyado en varias misiones precedentes y que provocaría lo que se conoce como el nacimiento del primer Estado cristiano de la historia –expresión, por lo demás, bastante resbaladiza–.

Si por cultura entendemos, con el fin de facilitar la tarea, cultura escrita, cabe entonces reseñar un dato: la lengua –de origen indoeuropeo– de este pueblo asentado, según los primeros testimonios, desde el siglo VI a. C. al sur de la cordillera del Cáucaso, entre los mares Negro y Caspio, y que llegó a asomarse en su momento más pujante en el siglo I a. C. hasta el Mediterráneo, era una lengua ágrafa, es decir, sin alfabeto y, podríamos decir, minoritaria, o sea, aparentemente no vinculada ni utilizada por otros pueblos.

En uno de los momentos valle de la inestable y sufrida historia política de los armenios, al comienzo del siglo V d. C., en el que reino oriental de Armenia iba quedando cada vez más a merced de la potencia persa hasta llegar a desaparecer, las fuentes nos indican que tuvo lugar un hecho de enorme trascendencia para la transmisión, desarrollo y conservación de la cultura armenia: la invención de un alfabeto, a cargo del monje Mesrop Mashtots’, a instancias del patriarca Sahak.

Ya desde hacía siglos, los armenios se habían interesado en recibir el bagaje de la cultura griega, sí, pero sin registro escrito propio. Ahora, el ingenio del monje y la inteligente política de distintos patriarcas convirtieron lo que pudo haber sido una etapa para olvidar en el período clásico de la literatura armenia, un periodo de feliz memoria merced a la dotación de un alfabeto al que, inmediatamente, comenzaron a verterse las Sagradas Escrituras (probablemente del siríaco, con recurso también a manuscritos griegos) y distintas obras de los padres de la Iglesia, al tiempo que también se compusieron elaboraciones propias.

Así registramos no solo el inicio de la literatura armenia –inicio ciertamente sorprendente por pasar de un solo golpe, sin mediación de ninguna otra lengua, en poco tiempo y con éxito, de lo oral a lo escrito–, sino también la paulatina consolidación, junto a la literatura, de una identidad propia congénitamente ligada a la fe cristiana y construida asimismo frente al poder político hegemónico de turno: persa, bizantino, árabe, otomano, etcétera.

Al afrontar desde los mismísimos comienzos el desafío de traducir tanto la Biblia como la literatura exegética, dogmática de los padres, así como, un poco más tarde, en el llamado período de la escuela helenizante (del 450 al fin del siglo VII) una gran cantidad de obras paganas, la lengua armenia adquirió una gran capacidad para soportar con facilidad, siglos más tarde, la carga conceptual moderna, sin necesidad de recurrir a neologismos.

Esta identidad armenia pertinaz, probada a lo largo de la historia, ha contribuido a salvar en versiones traducidas a su lengua varias obras originalmente escritas en griego en diversos centros de irradiación, paganos o eclesiásticos (Egipto, Siria, Asia Menor…) y después definitivamente perdidas (de autores de la talla del judío Filón, o de los cristianos Ireneo, Hipólito…, o de ámbito pagano como el neoplatónico David). El adagio «más periférico, más conservador», se cumplió por fortuna en estos casos, permitiéndonos el acceso a tesoros de otro modo perdidos. Además, los armenios han contribuido con sus propias aportaciones: por ceñirnos solo al ámbito teológico recordemos a Eznik de Kolb, paradigma de la lengua, o a san Gregorio de Narek, nombrado doctor de la Iglesia por el Papa Francisco.

Y no hubo espacio para aludir a la arquitectura armenia, ni tiempo para mencionar su música… տեր ողորմեաց ինձ, «Señor, ten piedad de mí».