El núcleo del discurso del Papa ante el Consejo Mundial de las Iglesias ha sido la misión, «convencido de que, si aumenta la fuerza misionera, crecerá también la unidad entre nosotros». Previamente había advertido sobre el riesgo de vaciar el mandato misionero de sustancia, aclarando que este va más allá del servicio y la promoción del desarrollo. «Anunciar el Evangelio hasta el último confín es connatural a nuestro ser cristianos –dijo Francisco–, se trata de nuestra identidad».

La propuesta central del Papa a las diversas Iglesias y comunidades cristianas ha consistido en la necesidad de un nuevo impulso evangelizador, lo cual es un dato de primer orden que no debería pasar inadvertido. Además ha recordado, con una afirmación de Benedicto XVI con la que muestra especial sintonía, que la Iglesia de Cristo no puede pretender imponerse mediante lógicas mundanas, sino que crece por atracción. Y esa atracción no consiste en nuestras estrategias o programas, sino «en el conocimiento de Cristo y en la fuerza que nace de su resurrección y de la comunión con sus padecimientos». En un momento en que el viento secularizador sopla con fuerza, se trata de una poderosa invitación del Obispo de Roma a buscar la unidad, no mediante atajos o acuerdos políticos, sino llegando al manantial profundo de la fe común que profesamos en el credo. También en esto encontramos una evidente continuidad entre los discursos de Benedicto XVI en Erfurt y de Francisco en Ginebra.

Cualquier otra cosa que ofreciéramos al mundo para responder a su necesidad sería demasiado poco: no seríamos fieles a la misión que se nos ha confiado si redujéramos el tesoro de la fe a un humanismo puramente inmanente, adaptable a las modas del momento. Por otro lado, seríamos malos custodios de ese tesoro si lo enterráramos por miedo a los desafíos del mundo. Francisco rechazaba así tanto la tentación de disolver la fe en la cultura mundana como la de atrincherarnos para defender un territorio al amparo de las mareas de la historia. Nuestro camino, ha dicho a los jefes de todas las confesiones, debe consistir en «ir al mundo con convicción para llevar allí al Señor». Centrarnos apasionadamente en Cristo y salir a las múltiples periferias existenciales, para llevar juntos la gracia del Evangelio a la humanidad que sufre: esas son las claves para mantener vivo el camino hacia la unidad. Un discurso nada complaciente que supone una saludable sacudida para todos. También esa es misión del Sucesor de Pedro.

José Luis Restán