Antonio Roura Javier: «El deporte es un areópago contemporáneo»
La carta del Papa ofreció un impulso a la Pastoral del Deporte. Hablamos con un organizador de la primera jornada promovida por la CEE
—El pasado miércoles, 8 de abril, se celebró el primer encuentro de agentes de Pastoral del Deporte organizado por la CEE con el lema La Iglesia y el deporte, un equipo. Esta es la primera vez que se organiza un encuentro de este tipo. ¿Qué necesidad concreta ha detectado la Iglesia en España?
—La celebración de esta jornada no es un hecho aislado, sino el fruto de un proceso eclesial que ha ido madurando en los últimos años. Responde al impulso sostenido de la Comisión Episcopal para la Educación y la Cultura, presidida por Alfonso Carrasco Rouco, que ha promovido una mirada nueva sobre el deporte como ámbito pastoral.
Este proceso se ha concretado en el Plan Pastoral Trienal del Deporte, que busca articular de manera orgánica la presencia de la Iglesia en este ámbito. La necesidad detectada es clara: el deporte es hoy un espacio decisivo donde se configura la persona y la convivencia, y la Iglesia no puede permanecer al margen de un ámbito que influye tan profundamente en la cultura contemporánea.
En este sentido, la carta del Papa León XIV ha sido decisiva, al situar el deporte como una expresión universal de lo humano. Desde ahí, la Iglesia reconoce que el deporte no es solo una actividad, sino un lugar donde se educa la libertad, se ejercitan las virtudes y se abre la vida a su plenitud.
—¿Por qué era importante dar este paso ahora y no antes?
—El momento actual presenta una doble oportunidad: cultural y eclesial. Culturalmente, el deporte ha adquirido una centralidad inédita en la vida social, educativa y mediática. Esto lo convierte en un espacio privilegiado para acompañar a la persona en su desarrollo.
Eclesialmente, la experiencia del Jubileo del Deporte y el magisterio reciente han ayudado a tomar conciencia de que este ámbito no puede ser atendido de manera fragmentaria. Por eso, el paso que se da ahora no es improvisado, sino fruto de un discernimiento que ha llevado a la Iglesia a estructurar una respuesta pastoral coherente, estable y coordinada.
—El lema habla de «un equipo». ¿Qué significa realmente trabajar en equipo?
—Hablar de equipo no es solo utilizar una metáfora deportiva, sino expresar una convicción profundamente eclesial. La Iglesia no se sitúa frente al mundo del deporte como una realidad externa, sino que reconoce que ya está presente en él a través de las personas que lo viven.
Trabajar en equipo significa, por tanto, asumir una misión compartida: acompañar el crecimiento integral de la persona. Esto implica una colaboración real entre entrenadores, educadores, familias y agentes pastorales, entendiendo que el deporte no es solo técnica o rendimiento, sino un proceso formativo que afecta a todas las dimensiones de la persona.
—¿A quién va dirigida esta jornada?
—La jornada está dirigida a todos aquellos que participan en el ecosistema deportivo y educativo: responsables diocesanos, agentes pastorales, entrenadores, profesores, clubes y familias. Sin embargo, su finalidad no es solo convocar a distintos perfiles, sino generar un espacio de encuentro donde estas realidades puedan reconocerse como parte de una misma misión.
En este sentido, uno de los objetivos fundamentales es comenzar a articular una red que ya existe de forma implícita, pero que necesita ser reconocida, conectada y fortalecida para poder desarrollar una acción pastoral coherente.

—¿Cómo explicaría la Pastoral del Deporte?
—La Pastoral del Deporte es la acción de la Iglesia orientada a acompañar el deporte para que sea plenamente humano. Esto significa ayudar a que la experiencia deportiva despliegue toda su riqueza, no solo en términos físicos o técnicos, sino también humanos y espirituales.
En el deporte aparecen cuestiones fundamentales: el esfuerzo, el límite, el éxito, el fracaso, la relación con los demás. La pastoral del deporte no añade algo externo a estas experiencias, sino que las ilumina desde la fe, mostrando que forman parte de un camino de crecimiento integral de la persona.
—¿Cuáles son los principales retos?
—Los retos son tanto estructurales como culturales. Por un lado, es necesario formar agentes capaces de acompañar esta realidad desde una perspectiva teológica, pedagógica y pastoral. Por otro, es imprescindible generar estructuras que den continuidad a las iniciativas y eviten la dispersión.
Sin embargo, el reto más profundo es cambiar la mirada: pasar de entender el deporte únicamente en términos de rendimiento a reconocerlo como un espacio de desarrollo integral de la persona. Este cambio de perspectiva es clave para que la pastoral del deporte tenga un verdadero impacto.

—¿Existe ya una red o estamos empezando?
—Nos encontramos en una fase inicial de articulación, pero no partimos de cero. Existen numerosas experiencias en diócesis, colegios y clubes que ya están trabajando en esta línea.
El desafío actual es conectar esas iniciativas, darles visibilidad y ofrecer un marco común que permita su desarrollo coordinado. El plan pastoral precisamente busca facilitar este paso de lo disperso a lo compartido.
—¿Qué idea del Papa León XIV le parece más revolucionaria?
—Lo más significativo es la mirada de conjunto que propone el Papa, al afirmar que en el deporte se juega la persona entera. Esto supone un cambio de criterio: el centro ya no es el rendimiento, sino la persona.
Esta perspectiva tiene consecuencias prácticas, porque obliga a replantear la forma en que se organiza y se vive el deporte, situando en el centro la dignidad y el crecimiento integral de quienes participan en él.
—¿Cómo se concreta el deporte como herramienta de paz?
—El deporte contribuye a la paz cuando se vive desde una lógica relacional y no exclusivamente competitiva. Esto se concreta en actitudes como el respeto al adversario, la inclusión, la capacidad de aceptar la derrota y la humildad en la victoria.
De este modo, la práctica deportiva se convierte en un espacio donde se aprende a convivir y a construir relaciones sanas, generando una cultura de encuentro que va más allá del resultado.

—¿Dónde pierde el deporte su alma?
—El deporte pierde su alma cuando la persona deja de estar en el centro y es sustituida por la lógica del rendimiento, del beneficio o de la presión mediática. En ese momento, se desvirtúa su sentido original y deja de ser un espacio de crecimiento humano.
Recuperar su alma implica volver a situar en el centro la dignidad de la persona y su desarrollo integral.
—¿Qué forma de persona construye el deporte bien vivido?
—El deporte bien vivido contribuye a formar una persona integrada, capaz de esfuerzo, de relación y de asumir el límite. Ayuda a desarrollar virtudes como la constancia, la humildad y el respeto.
Desde una perspectiva cristiana, este proceso se entiende como un camino hacia la plenitud de la vida, en el que la persona aprende a situarse ante sí misma, ante los demás y ante el sentido último de su existencia.

—¿Puede ser un nuevo areópago?
—El deporte es hoy un espacio privilegiado de encuentro y de diálogo cultural. Por su carácter universal, permite conectar con personas muy diversas y abrir espacios de reflexión sobre el sentido de la vida.
En este sentido, puede considerarse un verdadero areópago contemporáneo, siempre que la presencia de la Iglesia sea respetuosa, encarnada y testimonial.
—¿Qué aporta la Iglesia al deporte?
—La Iglesia aporta una mirada que pone en el centro la dignidad de la persona y su vocación a la plenitud. Esta perspectiva permite comprender el deporte no solo como una actividad, sino como un camino de crecimiento integral.
Además, aporta una comprensión del límite, del esfuerzo y del fracaso que abre a un horizonte de sentido más amplio, evitando que la persona quede reducida a sus resultados.
—¿Qué puede aprender la Iglesia del deporte?
—El mundo del deporte ofrece a la Iglesia una experiencia muy rica en valores como el esfuerzo, la disciplina y el trabajo en equipo. También recuerda la importancia de la experiencia vivida como lugar de aprendizaje.
En este sentido, el deporte ayuda a la Iglesia a reconocer que la transmisión de la fe pasa también por la experiencia concreta y compartida.

—¿Por dónde empezar?
—El punto de partida es reconocer la realidad existente. El deporte ya está presente en parroquias, colegios y entornos sociales. Se trata de conocer esa realidad, acompañarla y ofrecerle un horizonte pastoral. Este primer paso es esencial para construir una acción pastoral que sea realista y eficaz.
—¿Qué iniciativas sencillas recomendaría?
—Algunas iniciativas sencillas pueden tener un gran impacto si se realizan con sentido. Por ejemplo, cuidar la figura del entrenador como educador, generar espacios de encuentro y acompañamiento, o integrar el deporte en el proyecto pastoral y educativo.
Lo importante no es tanto hacer más cosas, sino hacerlas desde una mirada que sitúe en el centro a la persona y su proceso de crecimiento.
En el fondo, lo que está en juego es que el deporte siga siendo un lugar donde la persona pueda crecer en humanidad. Y para la Iglesia, eso significa acompañar ese proceso para que se abra a la plenitud de la vida.