Antonio: «No me siento solo. A mí Dios me ha ayudado toda la vida»
Duerme en una tienda de campaña en el centro de Madrid, pero su situación no tiene nada que ver con la acampada de estas semanas en la Puerta del Sol. Antonio reza todos los días, porque esa es la fe que recibió de niño.
—Cada noche planta su tienda en esta plaza de Madrid. ¿No tiene miedo?
—Yo pongo la tienda por la noche, procurando no molestar a nadie y teniéndolo todo limpito. No tomo alcohol ni drogas, ni me meto en problemas. Por la mañana la recojo temprano, para no molestar.
—¿Por qué ha acabado viviendo en la calle?
—Estoy aquí por una herencia fallida. Como no estaba de acuerdo con el reparto, lo impugné. Me quedé sin casa, pero este año se celebrará el juicio y espero poder recuperarla.
—¿No ha buscado una habitación?
—Sí, pero las que he encontrado eran sin ventanas, con chinches y sin condiciones de salubridad. Además, había gente en la misma casa y los dueños estaban borrachos o drogados. Tuve una habitación durante diez días, pero los propietarios me cogían la comida de la nevera. Dije: «Esto se acabó». Y me fui. Prefiero dormir aquí.
—¿No está muy solo?
—Hay gente viviendo en la Plaza Mayor, pero ahí hay robos, gente que se mea y se caga cerca. No quiero eso. Yo vengo a este sitio y procuro mantenerlo limpio. La Policía y los vecinos nunca me han dicho nada. Me ven bien, no mancho y procuro no molestar.
—¿De qué vive ahora mismo?
—Estoy cobrando el paro. He trabajado criando cerdos, en una granja. Luego pienso solicitar la ayuda para mayores de 52 años. Gracias a Dios, voy saliendo adelante.
—¿Dónde come?
—En comedores sociales, pero a veces están llenos. También hay voluntarios que te dan comida, pero no siempre.
—¿Se ha quedado algún día sin comer?
—Sí. Este verano ha sido criminal, porque cierran los comedores y los voluntarios se van de vacaciones. Es normal. Tienes que pedir o buscarte la vida.
—¿Qué hace durante el día?
—Voy a las bibliotecas, leo un libro, envío mi currículo y busco trabajo de camarero.

—¿Se relaciona con otras personas que viven en la calle?
—Con los que se drogan, no. Me han robado teléfonos y zapatillas. Una vez me levanté lloviendo a mares y con un frío tremendo y me habían quitado los zapatos. A veces das cobijo a alguien que te pide dormir a tu lado: «Toma, una manta. ¿Has comido?». Y luego, cuando te levantas por la mañana, te han robado todo lo que tienes.
—¿Prefiere mantenerse apartado?
—Sí. Hay gente que fuma base, heroína o cocaína y yo me aíslo. Me alejo porque no tomo drogas ni alcohol. ¿Qué hago yo con ellos? No es mi ambiente ni mi mundo.
—¿Se siente solo alguna vez?
—Nunca, porque estoy con Dios. Soy cristiano.
—¿Cómo alimenta esa relación con Dios? ¿Reza habitualmente?
—Claro. Rezo el padrenuestro, la salve y el credo, que son las oraciones que me enseñaron.
—¿Va a la iglesia?
—No, en una iglesia no me vas a ver, ni con un cura o una monja, pero me siento acompañado por Dios.
—¿A pesar de estar en una mala racha como esta?
—Él me ayuda dándome salud. Yo he tenido dos trombosis en las piernas. Podría haber muerto, pero estoy vivo. Vine a Madrid con muletas y los médicos me dijeron que iba a estar cojo toda la vida, y mira, ahora estoy andando.
—¿Se siente agradecido por poder ir saliendo adelante?
—Hombre, claro. Y también porque, gracias a Dios, me pasan cosas buenas. El otro día, por ejemplo, unos extranjeros pasaron por aquí y tiraron una botella contra la tienda. Podría haber sido peor, pero no me pasó nada. A mí Dios me ha ayudado toda la vida.