El 20 de febrero se abre oficialmente el proceso de beatificación del padre Ángel Ayala y Alarcó, una figura clave del catolicismo español del siglo XX. El acto se celebrará en la sede de la ACdP —donde descansan sus restos— a las 20:00 horas y estará presidido por el obispo auxiliar de Madrid Juan Antonio Martínez Camino.
Nacido en Ciudad Real en 1867, el Siervo de Dios destacó por su labor como jesuita, educador y fundador de instituciones que marcaron decisivamente nuestra sociedad. Tras estudiar Derecho y Filosofía y Letras en Valladolid y Deusto, ingresó en la Compañía de Jesús en 1892 y fue ordenado sacerdote profeso en 1903, iniciando entonces una intensa etapa docente y evangelizadora.
Su contribución más influyente llegó en 1908, cuando fundó la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP), concebida para formar líderes cristianos capaces de llevar su fe al ámbito público. Paralelamente, fundó obras educativas como el Instituto Católico de Artes e Industrias (ICAI), el seminario menor de Ciudad Real, el colegio de Areneros y diversas escuelas profesionales. Sin olvidar su colaboración en el impulso fundacional de la Compañía Misionera del Sagrado Corazón.

Durante la Segunda República vivió momentos de gran dificultad, ya que la disolución de la Compañía de Jesús y la persecución religiosa directa le obligaron a refugiarse en distintos domicilios madrileños. Aun así, mantuvo su alegría espiritual y su cercanía pastoral. Tras la Guerra Civil, retomó su trabajo como director espiritual y creador de proyectos educativos, consolidando un legado espiritual e institucional que aún perdura.
El padre Ayala falleció en Madrid el 20 de febrero de 1960, dejando una profunda huella en la vida eclesial y cultural española. Su pensamiento pedagógico —centrado en la responsabilidad activa de los laicos— convirtió a la ACdP y a las instituciones que contribuyó a fundar, como el CEU, en plataformas decisivas para el apostolado y la formación integral.
La apertura de su causa de beatificación busca estudiar sus virtudes heroicas, marcadas por una alegría sobrenatural, así como la dimensión espiritual de una obra que transformó la presencia pública del catolicismo español. Su ejemplo sigue siendo actual: un sacerdote que unió fe y razón, acción y contemplación, educación y compromiso social, y que supo formar generaciones de líderes cristianos desde el afán de llevar la luz de Cristo a todos los rincones de la sociedad para mayor gloria de Dios.