Nos pilló de sorpresa. Reunión de profes y anuncio por megafonía del director: «El Gobierno ha suspendido las clases hasta nuevo aviso». La parroquia se mantuvo activa una semana más. Después, para evitar contagios masivos, el obispo pidió a todos los fieles permanecer en constante oración desde sus casas, meditando la Palabra de Dios y rezando el rosario y la novena a san José Vaz, patrón del país y protector en tiempos de epidemias.

El Gobierno ha establecido sus medidas: severo toque de queda con alto número de detenciones; militarización de las calles; campamentos para aislar a los posibles contagiados y reparto de alimentos básicos a las personas más vulnerables. Los ciudadanos, las nuestras: budistas, hindúes, musulmanes y cristianos rezamos desde casa, por Sri Lanka y por el mundo entero. Frente al desasosiego que siento viendo los irrisorios números oficiales, fruto de las pocas pruebas más que de la eficacia de las medidas de contención, la fe de este pueblo me hace confiar en Dios y en los seres humanos.

No dejo de pensar en nuestros chavales y en sus familias. Aquí no hay posibilidades para continuar la vida online, ni siquiera para mantener la mente ocupada. Muchos de ellos viven al día, no sé cómo lo estarán haciendo las familias con más bocas para llenar. Espero que la ayuda del Gobierno llegue a los más pobres, porque si no mueren por el maldito virus, van a hacerlo de inanición. Y en cuanto nos lo permitan, nos organizaremos para intentar llegar donde las autoridades no pueden.

Esta mañana muy temprano, a las 4:30 horas, empieza mi turno en la oración 24 horas que mantenemos las combonianas del Medio Oriente. Me sentía en comunión con los monjes budistas a los que escuchaba por el altavoz y me venían a la mente tres de los mensajes recibidos estos días. Ocho de mis hermanas han fallecido en nuestra comunidad de Bérgamo. Ayer, un pariente de la edad de mis padres, también nos dejaba. El último, un vídeo de diez segundos: la tripa de mi cuñada, embarazada de seis meses, y la patada, llena de vida, de mi futura sobrina. Quizá todo lo que estamos viviendo es como un parto. Una vida nueva que se gesta en silencio, a oscuras, mano a mano entre los seres humanos y Dios. Un parto que conlleva privación, reducción de movimiento, dolor y llanto, pero que termina dando a luz, la luz de una vida nueva.

Beatriz Galán Domingo, SMC
Misionera comboniana en Talawakelle, Sri Lanka