Hace unos días, de camino a la universidad, mi coche patinó sobre una capa de hielo que cubría el borde izquierdo de la carretera. Perdí el control del vehículo, que chocó lateralmente varias veces contra la barrera de hormigón que divide la calzada, mientras seguía deslizándome hacia delante. Intenté recuperar la dirección con leves movimientos del volante hacia el lado contrario, sin lograr evitar los golpes. Después del tercer impacto, la mediana de cemento me escupió hacia el lado contrario y mi coche cruzó los dos carriles que había a mi derecha. Solo cuando llegué al arcén pude recuperar el control y recolocar el coche. Apagué el motor y respiré hondo. Si alguien hubiera pasado en aquel instante por esos carriles habría muerto.
Desde el coche no podía haber visto el estado de la calzada. Pero debí tener en cuenta que aquel frío me exigía más cautela. Tengo un coche viejo y de ruedas pequeñas. Además, no tenía los neumáticos de invierno. Pese a todo eso, del coche solo se dañó el parachoques y a mí no me pasó nada. Tuve la fortuna que no han tenido otros. Hablo de suerte porque remitirme directamente a Dios en estos casos siempre me ha parecido una peligrosa banalización de su nombre. Dios no trata este mundo como un retablo de marionetas y nuestro destino no está prefabricado. Hablar de otro modo me parece una forma barata de hacer mitología.
Hoy España entera está conmocionada ante el accidente de trenes de Adamuz. Los acontecimientos se trenzaron de tal manera que acabaron con 45 vidas. Y el número resulta ya una reducción odiosa, porque habría que transcribir cada uno de los nombres para atisbar la desmesura de la tragedia. Cada vida única es imposible de sustituir, por lo que el agravio es infinito.
«Desgraciadamente las tragedias suceden», dijo Pedro Sánchez el domingo en Huesca. Se refería al choque de trenes de Adamuz. Es una frase metafísica; o mejor, es religiosa. Los griegos inventaron el género de la tragedia para referirse a la desproporción absoluta que rige el curso del mundo respecto de las posibilidades humanas: no importan la intención y la prudencia con que acompañemos nuestros actos; el destino funesto del ser humano desborda siempre sus acciones. El hado impone una ley divina inquebrantable. El hombre despojado de gracia —que es lo que significa desgraciadamente— es conducido por el trágico encadenamiento de los acontecimientos que se suceden.
La palabra accidente no salió ni una sola vez de su boca. Porque la semántica de lo accidental o fortuito alude a lo evitable. En los accidentes los errores humanos se concatenan para provocar desastres. Descartado el error del maquinista, el suceso parece sumirse en el más hondo misterio. «Es un suceso extraño», dijo el ministro. Todo lo que se tenía que hacer, se hizo bien. El misterioso suceso ha desbordado la diligencia perfecta del Gobierno. No es posible explicarlo, por el momento.
La razón no encuentra con qué medir el evento. Los caminos de la tragedia son inescrutables. Adamuz fue un acontecimiento cósmico que no guarda ninguna proporción con las capacidades humanas. Se trata por definición de un evento insuperable e incalculable que trasciende cualquier diligencia exigible al Ministerio de Transportes. Como ha ironizado Soto Ivars, deberíamos ponerle un nombre como se hace con los fenómenos meteorológicos. Los trenes descarrilan como se forman los huracanes y los terremotos.
Ante semejante desmesura, al Gobierno se le puede pedir solo lo que ha ofrecido en palabras del presidente: empatía. El Gobierno está con las víctimas. Está de su lado. No se le puede reclamar responsabilidad, porque ante una tragedia no se puede hacer más que compadecerse ante los que la sufren. ¿Cómo podríamos pedirle justicia?
Es verdad, la vida es un don que sostenemos con nuestras pobres manos de barro. Que no está en nuestro poder causarla, ni tampoco salvarla siempre de todos los peligros. Nuestra vida es vulnerable y frágil por definición; el progreso tecnológico no podrá nunca superar el límite de nuestra contingencia.
Sin embargo, esa misma vulnerabilidad nos ofrece la medida exacta de nuestra responsabilidad. La fragilidad de los otros nos obliga. Somos responsables de nuestra manera de conducir, porque el resto de seres humanos podrían morir a causa de ella. No podemos eludir todo peligro, pero la contingencia del ser humano exige de nosotros la prudencia suficiente. No se trata de buscar en el Estado a un dios terrenal cuya omnipotencia nos salve de todas las fatalidades. Pedir justicia no significa aquí reclamar al Estado que evite la mortalidad. No le pedimos lo que no puede darnos. Pero sí reclamamos la diligencia suficiente que podía prometer y prometió. Un juez tendrá que calibrar qué estaba en su mano y qué podía haber hecho para reducir las posibilidades del accidente.