A polvo y purpurina - Alfa y Omega

No recuerdo un san Valentín tan cercano a un Miércoles de Ceniza. La purpurina y el polvo se han mezclado en mi boca, impidiéndome distinguir el regusto entre ambos. ¿Qué, de lo presenciado estas fechas, huele a penitencia? ¿Y qué a celebración? ¿Qué resuena a vida? ¿Y qué a caducidad? ¿Puede el amor saber a muerte y la muerte saber a amor?

Los interrogantes me alcanzan mientras rememoro los pasados días. El 14 de febrero mi padre renunció a su carrera dominical. Su cita semanal con el deporte le permite mantener la salud en orden, desfogar el exceso de energía y desperezar los miembros. Sin embargo, levantarse antes de tiempo, lleva consigo una hora menos de sueño para aquella con la que comparte lecho. Mi madre estuvo especialmente agotada el pasado fin de semana y él, leyendo su cansancio, no quedó indiferente: permaneció inmóvil en la cama hasta que ella se levantase. ¡Qué costoso es aguantarse quieto para que el otro descanse! Asentados en la actividad y la rapidez, nos resentimos cuando la solución pasa por la inmovilidad y el silencio. Nos produce menos fatiga correr unos kilómetros de más que permanecer inertes por amor. 

El 15 de febrero fue el cumpleaños de mi abuelo. La visibilidad de la muerte y la dictadura del miedo me sitúan en el estamento de nietos privilegiados: mis abuelos han soplado una vela más y yo he asistido presencialmente. El pasado martes, rememoramos, entre risas y nostalgias, sucesos acontecidos en la pasada anualidad, conversamos sobre los últimos libros devorados y suplicamos por una vocacional clase política. Como sucede habitualmente, mi abuela realizó varias pausas para alimentar las palabras con algún que otro dulce. Esta vez degustamos una alargada caja roja de Nestlé, el regalo que ella le había comprado por San Valentín. «¡Qué situación tan cómica!», pensé. Dos abuelos octogenarios celebrando una fecha azucarada y juvenil con bombones empalagosos y envoltorios carmesí, con frases repetidas y achaques sin fin.

El polvo brilla y la purpurina negrea. Uno necesita renunciar a la carrera de las mañanas y recordar la misma oración cinco veces. El corazón lo precisa porque de lo contrario se achica, se reseca y se entristece. El corazón al que no se le exige es un corazón infeliz. El corazón que desconoce el sacrificio es un corazón desgraciado. Los restos de ceniza en mi frente me recuerdan que es la cruz la que abre mis brazos para que pueda amar.

Por Teresa García de Santos