¿Vuestros grupos transforman? - Alfa y Omega

¿Vuestros grupos transforman?

El cardenal José Cobo reflexiona sobre cómo la doctrina social de la Iglesia contribuye a defender la dignidad humana, fortalecer la democracia y construir una sociedad basada en el bien común, el diálogo y la fraternidad

José Cobo Cano
El arzobispo de Madrid en conversación con la directora de 'Alfa y Omega'.
El arzobispo de Madrid en conversación con la directora de Alfa y Omega. Foto: José Alberto Rugeles.

Extractos del diálogo del cardenal Cobo con Cristina Sánchez, directora de ‘Alfa y Omega’, sobre ‘¿Qué es y para qué es la doctrina social de la Iglesia?’ en las Jornadas nacionales de Apostolado Seglar de la CEE, el sábado 24 de octubre de 2026 en Madrid.

—Usted insiste en recuperar el significado del Bautismo. ¿Qué cambia en la vida de una persona cuando descubre de verdad la vocación que ha recibido?
—A veces creemos que la doctrina social de la Iglesia (DSI) es como un añadido. Sin embargo, con el Bautismo nos incorporan a Cristo y a la Iglesia, y eso es una transformación vital que tiene unas consecuencias enormes. La gran pregunta que tenemos que hacernos ahora es cómo se hace un cristiano, porque vivimos en un mundo muy complejo, en una transformación sociológica de primer orden donde el cristiano se hace de una manera determinada. No simplemente es, sino que se va haciendo. Lo primero es el Bautismo, porque ahí no hay diferencia. Obispos, sacerdotes, consagrados, consagradas, laicos y laicas, todos bebemos de la misma fuente; como fieles cristianos, todos compartimos una vocación dentro de la Iglesia. Hay una frase muy bonita de la que habla el Concilio Vaticano II en Lumen gentium, la «recíproca necesidad»; no vale decir «esto es cosa de los laicos» o «esto es cosa de los obispos o los curas». El concilio nos ha ayudado a pasar de una categoría donde la Iglesia está en el templo —y los demás haciendo lo que pueden—, a una interrelación dentro del mundo, a una forma de situarse dentro del mundo. Llevamos en el ADN esa misión inscrita donde ninguno se basta por sí solo, pero todos estamos abocados a responder a esa misión que el Señor nos ha encomendado. Y para eso están los dones, los carismas; no están para nosotros o para que nuestros grupos sean los mejores de la diócesis; están para que con esa recíproca necesidad aprendamos a complementarnos y a responder juntos a esa misión que el Señor nos ha dado. 

—¿Cómo puede la Iglesia, desde su doctrina social, reconocer y acompañar la misión de los laicos en la familia, el trabajo y la vida ciudadana?
—La vida familiar, la vida profesional, la vida ciudadana, son lugares de la vocación. Muchas veces la misión la vemos por cuánto tiempo dedicamos a la Iglesia, a cuántos congresos venimos, cuánto tiempo estamos en la parroquia. Pero quizá tengamos que ampliar nuestra idea de misión y ver que no es únicamente el tiempo que dedicamos en la iglesia —que es importante y necesario muchas veces—, sino que tendremos que valorar también, en este concepto amplio de misión, todo el tiempo de un padre y una madre de familia que se dedican a cuidar a sus hijos; todo el tiempo que se dedican los padres a participar en los centros educativos; todo el tiempo que ofrece el presidente de una comunidad de vecinos. ¿La familia o una asociación, como no está en los muros de la iglesia, no es un lugar sagrado? Creo que tenemos que recuperar la mirada de la sacralidad y del mundo de forma distinta. Quizá una de las grandes luces que nos da el concilio es que sitúa al mundo como un lugar de Dios. A veces decimos que llevamos a Dios a una familia. Pero, ¿no será que Dios estaba allí antes? Nuestra misión quizá será poner palabras y, desde el Bautismo, enseñar y descubrir desde nuestra experiencia por dónde está pasando Dios. 

Quizá la primera llamada que se nos lanza aquí es que esto no sea una acción individual y que la comunidad reconozca las vocaciones. Porque, muchas veces, lo que buscamos son colaboradores. A ver quién tiene tiempo y yo me apunto porque tengo tiempo. Pero el mundo como misión nos da la responsabilidad de ir buscando vocaciones, despertarlas y pertenecer a comunidades que las susciten. Y no porque tengamos tiempo, sino para ayudar a esa persona y decir: «Dios te ha llamado».

Foto de familia de las Jornadas Nacionales de Delegados de Apostolado Seglar y Responsables de Movimientos y Asociaciones de toda España.

Foto de familia de las Jornadas Nacionales de Delegados de Apostolado Seglar y Responsables de Movimientos y Asociaciones de toda España. Foto: José Alberto Rugeles.

—¿Cómo ayuda la DSI a estar presentes como cristianos en una sociedad plural sin encerrarnos ni diluir nuestra identidad?
—Estamos en un momento en el que, si no nos damos cuenta, podemos estar siempre haciendo lo mismo y que el mundo cambie, que yo voy a hacer lo que sé hacer. Pero los cristianos estamos llamados, dice el Evangelio, a ser sal y a ser luz y levadura; la cuestión es cómo armonizarlo en cada momento. Ahora vivimos en un mundo donde hay algunos que se sitúan como en una batalla cultural; es decir, vamos a recuperar lo que fuimos, la influencia cultural, los valores cristianos, y vamos a reconstruir espacios de presencia social. Y esto lleva quizá a situarnos ante el mundo en una postura de reconquista y la sociedad entonces es un adversario. Estamos nosotros y vosotros. Y, a veces, este riesgo es que la fe queda identificada con determinadas posiciones políticas. Hay otros que dicen que, como nos fue bien en otra época, vamos a apoyar esos mecanismos y así los recuperamos. Pero quizá corremos el riesgo de convertir el Evangelio, o hibernarlo, en formas históricas concretas que pudieron valer para un momento, pero quizá ahora mismo no. Hay otro riesgo, que es el de diluirnos. Como la sociedad ha cambiado tanto, vamos a dialogar con la sociedad. Pero claro, el diálogo puede llevar a adaptarnos. Y me adapto tanto que me convierto en aquello con lo que dialogo. Eso no es un diálogo, es una mimetización. Perdemos así la fuerza identitaria que tenemos, que es el Evangelio, que es el hablar de Dios, y somos asimilados, como en otras partes, por la propia sociedad. 

Nosotros, sin embargo, tendríamos que ir lanzándonos a una propuesta más de habitar el cambio con los ojos del Evangelio; habitar el cambio individualista a golpe de comunidad.

—Vamos a tratar la doctrina social de la Iglesia como referencia para el discernimiento. ¿que nos puede aportar a nuestra manera de comprender lo que sucede y decidir cómo actuar en base a ello?
—Lo primero que hace la DSI es ajustarse las gafas para mirar el mundo desde la perspectiva del Evangelio. Una categoría emblemática para la doctrina social de la Iglesia es la dignidad humana. Y nos plantea un horizonte con unos principios fundamentales: el bien común; la fraternidad como forma de trabajar; el cuidado de la casa común. Luego nos lanza a hacer un juicio sobre esa situación y a desplegarlo en soluciones prácticas que pueden ser distintas pero que vienen de los mismos principios. Nos ayuda a preguntar: ¿qué está pasando?, ¿por qué? y ¿qué podemos hacer juntos? Tuvimos una reunión de jóvenes. Todos hablaban del amor, de qué bien estábamos en los grupos. Y uno hizo una pregunta: «¿Vuestros grupos están transformando la sociedad?». Estaban hablando de sí mismos, pero no de la misión de la Iglesia. Les faltaba ese último paso, la transformación de la sociedad.

—La sinodalidad se ha convertido en una palabra central en la vida de la Iglesia. Pero hay quien todavía no la ha asimilado o comprendido. ¿Hemos sabido explicarla?  ¿Y cómo se traduce en la vida cotidiana de las comunidades?
—La sinodalidad no es un invento. En el camino de Emaús Jesús sale, escucha, y en el encuentro y en la enseñanza los sienta, les da el pan y los envía a los dos juntos. Y ocurre que viene un Papa y viene otro —León XIV— y dice que en este tiempo de la inteligencia artificial, de tantas propuestas y tanta diversidad, la forma de expresar la comunión quizá sea hacer este camino sinodal juntos. Que supone escucha, discernimiento y reconocer el Bautismo, donde todos nos necesitamos a todos. La sinodalidad es una forma también de espiritualidad, y es una forma de situarse en la comunión de la Iglesia, que es una espiritualidad fundamentalmente eucarística. ¿Y por qué es importante ahora? Porque la sinodalidad también es un antivirus frente al individualismo. Este es el tiempo de apostar por comunidades abiertas y maduras. los movimientos, las asociaciones, las parroquias, ahora tienen un momento interesante. Pero hay que meter el test de la vida comunitaria: si nos importa el otro y si transformamos la realidad.

—Magnifica humanitas aborda los desafíos de la inteligencia artificial. ¿Cuál es su aportación principal?
—Se trata de custodiar a las personas, a cada persona. En este tiempo de desvinculación, en que hay mucho desarraigo, individualismo interesado, la humanidad tiene un reto: no puede ser sustituida. Es la primera aportación que hace la encíclica; subrayar la humanidad y poner a la persona como un valor irreemplazable. ¿Por qué es magnífica la humanidad? Porque el ser humano se hace a través de las limitaciones. Esto es provocativo. Lo típico del ser humano no es el éxito, es la vivencia del límite. León XIV habla de la tecnología y dice que necesita orientación. Lanza preguntas: ¿quién controla la tecnología?, ¿para qué se utiliza?, ¿y a quién está beneficiando? Y habla de algo que también pertenece a la DSI: los últimos del mundo son un criterio decisivo. ¿Esto cómo aplicarlo a la vivienda, por ejemplo? La dignidad humana pide que una persona para tener familia necesita una vivienda. Por otro lado, la IA nunca puede reemplazar el valor del trabajo. Si una empresa tiene que incorporarla, lo primero que tiene que hacer es decir qué es el trabajo: ¿es una mercancía de la que puedo prescindir, o es parte de la dignidad humana? Cualquier mecanismo de adopción significa por un lado escuchar la realidad desde la dignidad humana, escuchar a las personas que están padeciendo. En todo caso, exige transparencia. Y que los beneficios no sean el último criterio. La DSI plantea que no solo tienen que llevárselos quien pone el dinero. Los trabajadores están aportando su vida. Y el trabajo no es simplemente para trabajar, es para formar parte de la sociedad y para formar familias. 

—¿Qué responsabilidad tienen los cristianos en la construcción de la democracia y en el ejercicio del voto?
—La democracia tiene sus deficiencias, pero es un marco que nos hemos dado todos. No podemos mirar unas elecciones parcializando a la sociedad, sino mirándola en toda su complejidad. Una primera mirada es decir: ¿cómo me va a ir bien a mí?, pero ahí pierdo la visión de toda la sociedad. La democracia y la DSI exigen  una mirada amplia. La democracia tiene que tener unos valores, y estamos en un momento duro donde quizá se han dejado en segundo puesto. Exige una estructura y un respeto a la división de poderes. Y en la DSI tenemos unos principios fundamentales en los que todos estamos de acuerdo: la vida desde el principio hasta el final, la acogida, la dignidad del otro, el valor de la familia; el trabajo como un valor que depende de la persona. Yo creo que tenemos que votar responsablemente desde la mirada de la DSI, primero. Segundo, votar con otros y hablarlo en nuestras comunidades. ¿Por qué no nos atrevemos a hablar con los que votan a otros partidos? Quizá en ese diálogo aprendo a ver con humildad las deficiencias de mi voto o su valor. El voto no es lo único. Hay que ser responsables para ver quién gana ahora, pero también para ver qué sociedad queremos construir. Y el votar es un compromiso para que esa sociedad vaya adelante y para pensar qué pasa después. Estamos compartiendo lo que pasa en mi corazón y no cómo transformo la sociedad. Yo entiendo que esto es muy complejo, pero es mi sueño que los cristianos creemos algo totalmente provocativo: que hablemos los distintos. Sabiendo que la fe y nuestros principios fundamentales, los de la DSI, son inquebrantables. Ningún partido se identifica totalmente con la Iglesia. Ningún partido puede pretender decir «nosotros somos el voto cristiano». Porque ningún partido lleva a la vida eterna.