La vida matrimonial. Los primeros años de matrimonio: un tiempo decisivo
Es necesario escuchar y acompañar a las parejas en los primeros años de vida matrimonial y en cada etapa de la vida
Intervención del cardenal Cobo en el encuentro «Diez años de ‘Amoris laetitia’: anunciar el Evangelio con las familias hoy», en la sesión del sábado 10 de octubre en el Aula Pablo VI, en el Vaticano
Una pareja llega a la parroquia para casarse. Llevan juntos tres o cuatro años. Quizá viven ya juntos, tienen bastante clara la decisión y han hablado muchas veces de su futuro. Vienen a la Iglesia y nosotros comenzamos a preparar con ellos el matrimonio.
Pero hay una pregunta anterior: ¿En qué momento de su historia hemos llegado como Iglesia? Amoris laetitia nos ha ayudado a mirar de otra manera la realidad del matrimonio y ha abierto nuevos horizontes pastorales. Pero el primer reto no consiste en diseñar nuevos programas. La pregunta es anterior y más decisiva: ¿Comprendemos de verdad, desde el inicio, la realidad de las parejas que queremos acompañar?
Retos desde la pastoral
El primer reto, por tanto, es situar nuestro acompañamiento al matrimonio en la complejidad de este cambio de época.
Un segundo reto nace de la convicción de que cuidar la pareja es cuidar también la familia que nace de ella. Una de las herencias más importantes que unos padres dejan a sus hijos es la relación que han construido entre ellos: cómo se hablan, afrontan sus diferencias, se perdonan, expresan el afecto, comparten la fe y permanecen unidos en las dificultades.
Ante los retos de estos primeros años nos preguntamos si en general no hemos preparado más a las parejas para la boda que para el matrimonio.
La cuestión no es solamente revisar contenidos. Es preguntarnos si nuestra pastoral está organizada fundamentalmente desde el acto que se va a celebrar o desde los procesos humanos, creyentes y vocacionales que estamos llamados a acompañar.
Amoris laetitia nos señaló dos elementos fundamentales a cuidar desde el momento en que una pareja se acerca a la Iglesia: acompañamiento y discernimiento. Una cosa es preguntar: ¿qué deben saber para casarse? Otra más profunda es: ¿qué necesitan descubrir para saber si están llamados a entregarse definitivamente el uno al otro?
Las preguntas que se abren
Todo esto nos lleva a una cuestión de fondo: ¿Qué hemos de desarrollar para transitar, en clave comunitaria, de una pastoral de momentos, concentrada especialmente en la preparación del sacramento, a una pastoral capaz de acompañar procesos que abarcan toda la vida?
La pregunta adquiere formas diferentes en cada etapa. La primera aparece incluso antes del noviazgo. Muchos jóvenes creyentes nos dicen que encuentran dificultades para conocer a otras personas con quienes compartir la fe y un proyecto de vida. ¿Qué espacios ofrecemos? ¿Cómo ayudar a descubrir que también la manera de amar forma parte de la propia vocación cristiana?
Después viene el noviazgo. El enamoramiento forma parte del amor, pero llega un momento en que hay que pasar del otro imaginado al otro real. ¿Cómo acompañamos ese descubrimiento y ayudamos a los novios a conocerse verdaderamente, o llegamos cuando prácticamente todas las decisiones están tomadas?

Como en muchas diócesis, en Madrid estamos ensayando, junto a los cursillos prematrimoniales, propuestas como El reloj de los novios, que parten de una intuición sencilla: una pareja necesita regalarse tiempo de calidad para hablar, revisar su historia, reconocer fortalezas y fragilidades, rezar y discernir. La cuestión que nos plantean estas experiencias va más allá de un método concreto: supone preguntarnos cómo hacer posible un verdadero proceso de discernimiento. Y esto afecta también a la decisión de casarse. Si una pareja llega después de ocho o diez años de relación, con la boda ya decidida, ¿queda realmente espacio para discernir? Si afirmamos que el matrimonio es una vocación, ¿cómo se discierne una vocación matrimonial en la Iglesia? La entrevista pastoral bien cuidada en estos momentos y la formación de quienes acompañan pueden abrir caminos, pero la pregunta sigue delante de nosotros.
Después comienzan los primeros años. El sacramento está celebrado, pero ahora los esposos tienen que aprender a construir y enraizar su vida matrimonial. Hay que construir un «nosotros» sin borrar el «yo» y el «tú». Quizá podríamos hacernos presentes en algunos momentos especialmente significativos: después de la boda, al primer año, con la llegada de los hijos, a los tres años, a los cinco; sin convertir necesariamente este acompañamiento en un programa continuo de reuniones.
En esos primeros años cambia la comunicación. Llegan igualmente las diferencias y los conflictos. Y llegan los hijos. La vida se reorganiza y la dimensión funcional puede acapararlo casi todo.
Los matrimonios nos piden ser acompañados en estos cambios ; ¿quién lo hace y cómo integrar estos elementos? ¿Cómo acompañar el paso de la fe vivida como pareja a la fe vivida en familia?
Y a lo largo de la vida conyugal aparecen nuevas transiciones: trabajo, dificultades económicas, cuidado de los mayores, cambios personales, enfermedad o desgaste de la relación. No todo es una crisis. Pero necesitamos preguntarnos cómo ofrecer espacios de revisión antes de que las dificultades deterioren profundamente el vínculo. Los Centros de Orientación Familiar y otros ámbitos eclesiales —también la experiencia que llega a los tribunales eclesiásticos— nos ayudan a conocer mejor estas situaciones, pero queda abierta una cuestión: ¿cómo hacer normal que un matrimonio pida ayuda para cuidar su relación sin esperar a encontrarse al límite?
La comunidad como eje
Cuando los matrimonios revisan estos primeros años, muchos coinciden en señalar algo decisivo: la importancia de sentirse acompañados por una comunidad cercana. En una sociedad cada vez más individualizada, no pocas parejas viven su matrimonio con bastante soledad. Sin embargo, el matrimonio cristiano no es solo una historia de dos; es también una vocación eclesial, llamada a crecer y a desplegarse dentro de una comunidad.
Esto nos abre a una pregunta pastoral de fondo: ¿qué comunidad necesitan hoy nuestros matrimonios? ¿Qué corresponde aportar a la diócesis, a la parroquia, a los movimientos y, especialmente, a otros matrimonios para generar comunidades capaces de acoger, acompañar y sostener la vida conyugal?
En este ámbito surge una figura que puede ser fundamental: son los matrimonios que acompañan a otros matrimonios, no como expertos, sino desde una experiencia vivida, discernida y compartida.
¿Cómo hacer que la experiencia de unos matrimonios se convierta en memoria, testimonio y apoyo para otros? ¿Cómo ayudar a que quienes han sido acompañados puedan convertirse también en acompañantes?
En el fondo, hablamos de un cambio de enfoque. No necesitamos solamente nuevos cursos o servicios.
Necesitamos preguntarnos cómo generar comunidades capaces de acompañar procesos largos de vida y, especialmente, ayudar a profundizar en el vínculo conyugal dentro de las familias.
Por eso quizá la pregunta final ya no sea solamente: ¿qué tenemos que hacer para preparar mejor a nuestros novios? Sino otra más amplia: ¿cómo puede nuestra Iglesia acompañar toda la historia de una vocación matrimonial, desde que comienza a discernirse hasta que ese matrimonio se convierte también en acompañante y testigo para otros?
Ahí quedan abiertas nuestras cuestiones: qué elementos de Amoris laetitia necesitamos acoger mejor, cómo diseñar procesos comunitarios de acompañamiento, cómo incorporar realmente el discernimiento y qué rasgos específicos debemos cuidar en cada etapa.