La sinodalidad: una vieja novedad
Podemos celebrar bien, mantener nuestras estructuras, programar mejor, multiplicar iniciativas y, sin embargo, no advertir que las condiciones del viaje están cambiando
Conferencia del arzobispo de Madrid en la Tribuna Joan Carrera, en Barcelona, el 15 de octubre de 2026
Quisiera comenzar con dos imágenes aparentemente muy distantes entre sí, pero que pueden ayudarnos a situar lo que está en juego cuando hablamos de sinodalidad. La primera es conocida: los violinistas del Titanic. Mientras el barco se hunde, continúan interpretando su música. La escena resulta conmovedora porque aquellos músicos no están haciendo mal su trabajo. Todo lo contrario. Permanecen fieles a aquello que saben hacer y continúan haciéndolo bien hasta el último momento. Pero, convertida en parábola, la imagen nos provoca: es posible hacer muy bien aquello que siempre hemos hecho y, sin embargo, no responder adecuadamente a lo que realmente está sucediendo.
Quizá este riesgo exista también en la Iglesia. Podemos celebrar bien, mantener nuestras estructuras, programar mejor, multiplicar iniciativas y sostener instituciones que han producido muchos frutos y, sin embargo, no advertir suficientemente que las condiciones del viaje están cambiando. El problema no está necesariamente en aquello que veníamos haciendo. Muchas de nuestras formas pastorales han sido fecundas y continúan siéndolo. La pregunta es si seguimos escuchando lo que Dios nos pide ahora y si nuestras formas de proceder nos permiten reconocer la realidad nueva que tenemos delante.
Frente a esta imagen quisiera colocar otra: Jonás. El libro de Jonás siempre me ha impresionado porque presenta un Dios que parece confiar en las posibilidades de un hombre más de lo que ese hombre confía en Dios. Jonás conoce perfectamente sus limitaciones y, cuando recibe la misión de ir a Nínive, huye. No entiende que la misión no depende fundamentalmente de sus capacidades. Dios le pide algo bastante más sencillo y, al mismo tiempo, más difícil: que se ponga en camino y anuncie la palabra que ha recibido. Pero el problema de Jonás no es solamente que desconfíe de sí mismo. Tampoco confía demasiado en la eficacia de aquella palabra ni, en el fondo, en las posibilidades de Nínive. Mira aquella ciudad y prácticamente ha hecho ya un juicio sobre ella. Dios, sin embargo, la mira de otra manera. Donde Jonás ve un pueblo casi perdido, Dios continúa viendo personas capaces de escuchar, convertirse y comenzar de nuevo. Y ocurre lo sorprendente: Nínive escucha. Entonces descubrimos que en el libro no solamente se convierte Nínive. También tiene que convertirse el profeta. Jonás debe aprender que la palabra que anuncia no es su palabra, la misión no es su misión y el pueblo al que es enviado no es propiedad suya. Tiene que aprender, sobre todo, a mirar aquel pueblo de la manera en que Dios lo mira y a confiar en la Fuerza del mensaje que anuncia.
Creo que aquí aparece una buena puerta de entrada a la sinodalidad. Quizá una de las conversiones que necesitamos consiste en dejar de preguntarnos solamente qué tenemos que hacer nosotros y comenzar a preguntarnos qué está haciendo ya Dios en su Pueblo. Antes de decidir qué necesita una comunidad, necesitamos escucharla; antes de pensar que nosotros llevamos a Dios a determinados lugares, necesitamos reconocer que el Espíritu nos precede; y antes de dar por perdidos determinados ambientes, personas o generaciones, convendría recordar que Dios puede estar viendo posibilidades donde nosotros solamente vemos dificultades.
Y cuando se habla de sinodalidad, hemos de reconocer que se detectan diversas reacciones. Unos experimentan entusiasmo; otros dan muestras de nerviosismo e incertidumbre; algunos reflejan cierto cansancio. No faltan quienes piensan que estamos ante una palabra nueva para una realidad que les resulta todavía desdibujada.
Sin embargo, la realidad es que la sinodalidad constituye una vieja novedad. Así he querido titular mi intervención. Es «vieja», porque pertenece al ADN de la Iglesia desde Pentecostés. Pero también es «novedad», porque, aunque durante siglos determinadas circunstancias históricas debilitaron algunas de sus expresiones, hoy el Espíritu —protagonista principal del concepto de sinodalidad— nos invita a revitalizar esta dimensión eclesial.
Como sucede tantas veces en la Iglesia, no avanzamos inventando, sino recordando y volviendo a nuestros orígenes. Por tanto, es importante destacarlo ya desde el principio: no caminamos hacia algo extraño a nosotros; más bien, volvemos a casa.
Decía san Vicente de Lerins, monje galo del siglo V, que el verdadero desarrollo de la doctrina consiste en que «crezca permaneciendo idéntica». La Iglesia cambia, pero precisamente y solo para seguir siendo ella misma. La sinodalidad pertenece a esa lógica. No se trata de un cambio de identidad. Más bien es un cambio de estilo y, como veremos, de modo eclesial de proceder.
La sinodalidad no altera la naturaleza jerárquica de la Iglesia. Nos obliga, eso sí, a comprenderla dentro de una Iglesia que es Pueblo de Dios y a articular el ministerio ordenado, el sensus fidei del Pueblo santo, los diferentes carismas y las distintas vocaciones en esa realidad que el proceso sinodal ha expresado mediante una fórmula especialmente fecunda: «corresponsabilidad diferenciada».
Dios siempre ha caminado con su Pueblo
Empezaré afirmando que, en sentido amplio, la sinodalidad comienza mucho antes de la Iglesia. Porque la noción de sinodalidad, a mi juicio, presenta un doble acento: por una parte, destaca la idea del caminar, del dinamismo, de la renuncia a una imagen estática y fija; por otra, habla no de una perspectiva intimista e individual, sino que constitutivamente apela a la mediación comunitaria, al caminar con otros.
Toda la historia de la salvación es una historia de un Dios que camina junto con su Pueblo. El Señor no gobierna desde la distancia ni se desentiende de las cuitas humanas. Camina con su pueblo. «Yo soy», dinámicamente, puede traducirse por «soy el que seré con mi pueblo». Por eso camina con Abraham, acompaña a Moisés y camina con Israel por el desierto.
Existe también discernimiento, una misión compartida y una comunión de intereses. Pero, sobre todo, aparece una gran enseñanza: Dios no salva individuos aislados; salva un pueblo.
La Iglesia nace ya caminando y no de modo aislado, recordando que el primer envío fue de dos en dos (cf. Mc 6, 7; Lc 10, 1) y sabiendo que donde dos o más estén reunidos en su nombre allí está el Señor (cf. Mt 18, 20). Esta intuición atravesará toda la Escritura y será recuperada solemnemente por el Vaticano II.
Jesús, el gran caminante
Jesús jamás organiza una escuela de discípulos sedentarios sentados en un pupitre. Más bien los llama para caminar y para recuperar dinámicamente los lugares donde la gente vive la vida. Por ello, desde el principio, las calles, las plazas, los montes, el mar y, de manera muy destacada, los bordes de los caminos se convierten en lugares preferidos para el anuncio de la Buena Noticia.
El episodio de Emaús (cf. Lc 24, 13-35) constituye quizá la mejor imagen de ese caminar juntos que se consagra también después de la muerte y resurrección del Señor. Arranca con dos discípulos decepcionados. Jesús se acerca, pero antes de hablar escucha primero. Pregunta. Muchas veces lo relevante es hacer las preguntas precisas.
Podría corregir inmediatamente la interpretación equivocada que aquellos discípulos hacen de los acontecimientos, pero permite primero que expresen lo que han vivido, sus expectativas frustradas y su tristeza. Luego el Maestro interpreta las Escrituras y seguidamente parte el pan. Toda la pedagogía sinodal está ahí: la escucha compartida, el discernimiento a la luz de la Palabra, la celebración y la misión.
La Iglesia primitiva: el primer Sínodo
El gran texto es Hechos 15, 1 y el llamado Concilio de Jerusalén. Había surgido un conflicto enorme. Se discutía nada menos que quién podía pertenecer a la Iglesia y bajo qué condiciones. No era una cuestión secundaria ni meramente organizativa. Estaba en juego la comprensión misma de la novedad cristiana y de la misión a los gentiles.
A esa pregunta no se responde sin más con un decreto unilateral. Se ponen a la escucha mutua, debaten apasionadamente aportando cada cual sus mejores razones y disciernen. Pedro habla y aparece ya una responsabilidad diferenciada. Pablo y Bernabé cuentan su experiencia, aquello que han visto hacer a Dios entre los gentiles. Santiago ofrece una síntesis. La tradición, la experiencia, la Escritura y el discernimiento de la comunidad entran en conversación.

Finalmente, el libro de los Hechos se hace eco de una frase extraordinaria: «Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros…». No dice unilateralmente: «He decidido». Pero tampoco afirma simplemente: «hemos decidido nosotros». La Iglesia no se entiende como propietaria de la misión. La decisión es fruto del discernimiento comunitario y de la apertura al Espíritu Santo, que es desde el inicio el gran protagonista sinodal.
Aquí encontramos cuatro pilares de toda sinodalidad: escucha; libertad para hablar; discernimiento eclesial; decisión por parte de quienes tienen la autoridad. No hay autoritarismo ni tampoco parlamentarismo democrático, pero sí una participación real de los diferentes sujetos dentro de una comunidad que busca reconocer aquello que el Espíritu está haciendo.
La sinodadalidad en la historia de la Iglesia. Brevísimo apunte
Mucho antes del Vaticano II la Iglesia ha vivido profundamente en clave sinodal. Sirvan unas pocas catas en la historia y en la tradición para acreditarlo.
Uno de los Padres de la Iglesia, san Cipriano de Cartago, afirmaba: «Nada hago sin el consejo de los presbíteros y el consentimiento del pueblo». Por su parte, san Juan Crisóstomo llegó a afirmar que Iglesia y sínodo son sinónimos, expresión frecuentemente citada para subrayar la dimensión comunional del caminar eclesial.
Y san Agustín, con motivo del aniversario de su consagración episcopal, decía: «Donde me aterra lo que soy para vosotros, allí me consuela lo que soy con vosotros. Porque para vosotros soy obispo; con vosotros soy cristiano».
No son frases retóricas, sino expresión de un sentir consolidado que muestra que la sinodalidad es una dimensión antigua de la conciencia eclesial. Y resulta especialmente significativa la afirmación de Agustín: la responsabilidad ministerial no cancela aquello que el pastor comparte con todos los bautizados.
A nivel organizativo general de la Iglesia, durante el primer milenio proliferan los sínodos locales. Los obispos se reúnen constantemente, se consulta a las Iglesias locales y Roma confirma. Se da una verdadera corresponsabilidad.
Con motivo del I Concilio de Nicea, en su 1.700 aniversario, el Papa recordó que aquel Concilio inauguró un camino sinodal que la Iglesia debe seguir para tratar las cuestiones teológicas y canónicas a nivel universal.
La vida monástica constituye otro magnífico ejemplo. La Regla de san Benito contiene un texto sorprendentemente actual. En el capítulo III, titulado De cómo se ha de llamar a los hermanos a Consejo, se dice: «Siempre que haya asuntos importantes reúna el abad a toda la comunidad». Y añade: «Muchas veces revela el Señor al más joven lo que es mejor».
No desaparece la autoridad del abad. Él tiene que decidir. Pero precisamente porque tiene que decidir necesita escuchar. La autoridad no significa poseer de antemano todo aquello que hace falta para discernir.
La Edad Media desarrolla cabildos, capítulos, órdenes religiosas con fuerte participación, universidades, concilios y múltiples formas de consulta.
Más tarde, en 1511, los frailes dominicos en la isla de La Española hacen un auténtico ejercicio de discernimiento comunitario: primero callan y escuchan la realidad; después disciernen en comunidad con ayuno y oración; finalmente encargan al fraile más joven —no al superior—, fray Antón de Montesinos, predicar aquellas famosas palabras en defensa de los derechos de la población indígena: «¿Acaso no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sienten ni padecen como nosotros?».
La palabra profética de Montesinos no nace de una ocurrencia individual. Es el resultado de una comunidad que ha mirado la realidad, la ha confrontado con el Evangelio y ha discernido conjuntamente.
El Concilio de Trento, aun dentro de una eclesiología fuertemente marcada por el segundo milenio, conoció también debates, consultas, comisiones y formas de participación, e impulsó sínodos diocesanos y concilios provinciales.
Pero el gran impulso contemporáneo llega con el Concilio Vaticano II. Lumen gentium recupera la autocomprensión de la Iglesia como Pueblo de Dios, en el que todos los bautizados participan, según su vocación y ministerio, en la vida y misión eclesial. La Iglesia es Pueblo de Dios antes que una mera organización de funciones; es comunión y misión. Pablo VI llegará a decir que «la Iglesia se hace coloquio» y, en 1965, crea el Sínodo de los Obispos como cauce estable de participación del episcopado universal en el discernimiento de la Iglesia.
Sesenta años después seguimos descubriendo las consecuencias de esta eclesiología. Estamos en un momento especial de «nueva recepción». No se trata de desconocer el Concilio, sino de reconocer que estamos en un momento de crecimiento y de nueva acogida porque aún no hemos terminado de traducir todas sus intuiciones a nuestra manera ordinaria de ser y proceder como Iglesia.
Conviene precisar también qué queremos decir cuando hablamos de reforma. Congar advertía ya antes del Concilio que, en determinados momentos históricos, lo que entra en crisis no es el Evangelio, sino también las formas concretas mediante las que organizamos el apostolado, transmitimos la fe y configuramos institucionalmente la vida de la Iglesia. Por eso una reforma eclesial no tiene una finalidad empresarial ni pretende simplemente conseguir una institución más eficiente. La pregunta de fondo es siempre misionera: qué nos ayuda hoy a anunciar y transparentar mejor el Evangelio.
Sobre esta base, Francisco vuelve a situar la sinodalidad en el centro de la recepción del Concilio. En 2015 lo formuló con una expresión que se ha hecho programática: «El camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio». Su aportación puede resumirse en tres movimientos que se necesitan mutuamente: una Iglesia que escucha, una Iglesia que discierne y una Iglesia en salida. Porque la sinodalidad nunca termina en nosotros mismos: caminamos juntos porque hemos sido enviados juntos.
León XIV recoge este camino y parece empeñado en consolidarlo como hábito eclesial y espiritual. Ha recordado que la sinodalidad no es un conjunto de reuniones ni un método de trabajo, sino un estilo espiritual que nace del encuentro crece en la escucha y madura en el discernimiento. Durante su visita a España insistió en una escucha capaz de reconocer la voz de Dios que habla a través de la comunidad eclesial y utilizó una imagen especialmente expresiva: la polifonía, la unidad en la diversidad. No se trata de que todos pensemos igual, sino de aprender a escucharnos para discernir juntos lo que el Espíritu pide a la Iglesia.
Algunas claves para entender la sinodalidad
Antes de abordar los retos concretos conviene aclarar brevemente algunas palabras. Porque podemos hablar mucho de sinodalidad y continuar comprendiendo la Iglesia prácticamente de la misma manera.
La primera categoría es Pueblo de Dios, recuperada con especial fuerza por el Concilio Vaticano II. Lumen gentium recuerda que Dios no quiso salvar a los hombres aisladamente, sino «constituyendo un pueblo» (LG 9). Y no es indiferente que, después de hablar del misterio de la Iglesia, el Concilio colocara el capítulo sobre el Pueblo de Dios antes del dedicado específicamente a la jerarquía. Antes de explicar aquello que nos diferencia quiso afirmar aquello que nos constituye a todos. La Iglesia es, ante todo, un pueblo convocado por Dios, en el que existen distintas vocaciones, carismas y ministerios al servicio de una única misión.
De ahí la segunda palabra: bautismo. Primero lo común; después lo específico. Primero el bautismo; después los ministerios y las funciones. Antes de ser laicos, religiosos, sacerdotes u obispos, todos somos fieles cristianos. La diversidad no desaparece, pero queda situada dentro de una dignidad y una vocación compartidas. Por eso la corresponsabilidad no comienza cuando alguien recibe una tarea o una delegación: nace del bautismo.
La tercera clave es la recíproca necesidad. Lumen gentium 32 utiliza esta expresión para describir la relación entre pastores y fieles. Es bastante más que colaboración. Significa reconocer que el Espíritu no ha entregado todos sus dones a una sola vocación o ministerio y que, precisamente porque somos diferentes, nos necesitamos. Aquí se entiende bien la «corresponsabilidad diferenciada»: participamos de una misma misión, aunque no todos tengamos la misma función ni responsabilidad.
Y porque somos Pueblo de Dios y nos necesitamos, tenemos que escucharnos y discernir juntos. La escucha no procede simplemente de una sensibilidad democrática. Escuchamos porque creemos que el Espíritu actúa en todo el Pueblo de Dios. Ahí se sitúa el sensus fidei del que habla Lumen gentium. Escuchar no es recoger opiniones, sino admitir que la experiencia y la palabra del otro pueden ayudarnos a reconocer mejor lo que Dios está haciendo y construir un verdadero «nosotros» eclesial porque proviene de la voz del Espíritu en cada fiel.

Finalmente, el discernimiento debe conducir a decidir. La sinodalidad no significa que todos decidamos todo ni que la autoridad sea sustituida por una mayoría. Las decisiones se elaboran mediante la escucha, la aportación de experiencias y competencias diversas, la oración y el discernimiento; después, quien tiene la responsabilidad ministerial asume la decisión que le corresponde. Podríamos resumirlo así: no todos tenemos que decidir todo, pero nadie debería decidir en soledad aquello que necesitamos discernir juntos.
En realidad, todo está relacionado: somos Pueblo de Dios porque hemos sido convocados; el bautismo nos incorpora a ese Pueblo y nos hace corresponsables; la diversidad de dones hace que nos necesitemos; y esa recíproca necesidad nos lleva a escuchar, discernir y decidir juntos para la misión. La sinodalidad no añade algo extraño a la Iglesia; intenta ayudarnos a vivir de manera más coherente lo que ya somos.
Algunos retos de la sinodalidad para la Iglesia hoy
A partir de este recorrido, quisiera detenerme ahora en una pregunta más concreta: ¿qué retos plantea hoy la sinodalidad a la Iglesia hoy? No los formularía principalmente como una lista de reformas pendientes. La pregunta es más profunda: ¿qué conversión necesita nuestra Iglesia para seguir siendo misionera en una sociedad que ya ha cambiado? Desde aquí señalaría seis retos urgentes a afrontar y, como nota al pie, quisiera compartir algunas respuestas o experiencias que podemos aportar desde la experiencia de nuestra diócesis.
1.- Recuperar una verdadera cultura bautismal: pasar de una Iglesia sostenida por la herencia sociológica a una Iglesia de sujetos bautizados
El primero consiste en pasar de una Iglesia sostenida durante mucho tiempo por la herencia sociológica a una Iglesia formada por sujetos bautizados, conscientes de su vocación y de su responsabilidad.
La sinodalidad no comienza en los consejos pastorales o en los órganos que la expresan. Comienza en el bautismo. Antes de explicar aquello que nos diferencia por nuestras vocaciones, carismas y ministerios, Lumen gentium presenta aquello que nos constituye a todos como Pueblo de Dios.
Antes de ser obispo, sacerdote, religioso o laico, todos somos fieles bautizados. El bautismo es la fuente de la que partimos; primeramente genera un nosotros eclesial y nos envía a una misión compartida.
Esto obliga a replantear una pregunta elemental: ¿cómo nace hoy un cristiano? Si alguien recibe los sacramentos, pero no descubre que pertenece a un pueblo, que ha recibido dones y que ha sido enviado, algo esencial de la iniciación ha quedado incompleto.
Como sugerencia puedo aportar el intento que hacemos en Madrid de realizarlo mediante la puesta en marcha de un catecumenado de adultos en ocho centros piloto. No se trata simplemente de añadir otra estructura catequética. Queremos que esa experiencia nos ayude a revisar progresivamente nuestros procesos de iniciación, pasando de una preparación centrada en la recepción de sacramentos a un verdadero proceso de incorporación a Cristo, a una comunidad concreta y a una misión. Algo semejante queremos hacer con la formación del laicado: no formar únicamente colaboradores para tareas intraeclesiales, sino cristianos capaces de vivir su vocación en la familia, el trabajo, la cultura y la sociedad, aportando después a la Iglesia la experiencia que adquieren precisamente en esos lugares.
2.- Pasar de la colaboración a la recíproca necesidad
El segundo reto consiste en dar un paso desde la colaboración hacia la recíproca necesidad. Hemos avanzado mucho en participación laical, pero todavía puede permanecer un esquema implícito: el sacerdote posee la misión y los demás le ayudan a realizarla.
El profesor Rafael Luciani es un activo desvelador de una afirmación de Lumen gentium de la que ha extraído interesantes consecuencias: «pastores y fieles están unidos por una recíproca necesidad». Ningún sujeto eclesial posee por sí solo todos los dones necesarios para la misión. (Lumen gentium, en el número 32, afirma: «Pues la distinción que el Señor estableció entre los sagrados ministros y el resto del Pueblo de Dios lleva consigo la solidaridad, ya que los Pastores y los demás fieles están vinculados entre sí por recíproca necesidad»).
Esto cambia nuestra manera de situarnos. Ya no basta decir: «Necesito colaboradores para realizar mi tarea». Tenemos que llegar a reconocer: «Para discernir y realizar la misión que Dios nos confía, necesito eclesialmente de los otros».
El laico no adquiere importancia cuando ocupa espacios clericales. Su vida familiar, profesional y social contiene una experiencia que la Iglesia necesita para comprender la realidad , y actuar en ella transformándola. Tampoco una parroquia, un movimiento o una institución pueden considerarse completos por sí mismos.
Podemos condensarlo en una frase que contiene toda una eclesiología: nadie sobra, pero tampoco nadie basta.
Esta convicción afecta también a nuestras instituciones. En Madrid estamos revisando la estructura territorial de la diócesis y tratando de fortalecer el trabajo conjunto entre parroquias, arciprestazgos y vicarías. La cuestión no consiste simplemente en dibujar otro mapa, sino en aprender a compartir proyectos, recursos y responsabilidades mediante la experiencia de la complementariedad y el trabajo trasversal. Y lo mismo vale para la relación entre parroquias, vida consagrada, colegios, universidades, Cáritas, movimientos y otras realidades eclesiales: no se trata de absorber la identidad de nadie, sino de entrelazar dones diferentes al servicio de una misión común.
3.- Elaborar juntos las decisiones, ejercer la autoridad y rendir cuentas
El tercer reto afecta a la autoridad y a nuestra manera de tomar decisiones. La alternativa no es autoridad o sinodalidad. La cuestión es cómo se ejerce evangélicamente la participación dentro de una Iglesia sinodal.
Hechos 15 siempre será un marco esencial que nos ofrece una gramática muy concreta: escucha, libertad para hablar, relato de la experiencia, contraste con la Escritura, discernimiento y decisión. Por eso pudieron decir: «Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros».
Aquí conviene distinguir entre elaborar una decisión y adoptar la decisión. No todos adoptan todas las decisiones. Cada sujeto conserva su responsabilidad propia. Pero nadie debería llegar solo a las decisiones importantes que afectan a todos. La elaboración necesita escucha, consulta, discernimiento y participación reales.
Esto hace más exigente la autoridad, no más débil. Pide escuchar, decidir, explicar y revisar. Una autoridad que escucha las consecuencias de sus decisiones y puede revisarlas continúa discerniendo.
A esta manera de decidir pertenece también algo que el Documento final del Sínodo ha subrayado con claridad: la transparencia, la rendición de cuentas y la evaluación. No son exigencias importadas de la empresa ni simples mecanismos de control. Forman parte de una responsabilidad eclesial que debe poder dar razón de las decisiones tomadas, escuchar sus consecuencias y revisar lo necesario.
El propio Nuevo Testamento ofrece una imagen significativa: después de bautizar a Cornelio, Pedro vuelve a Jerusalén y explica a la comunidad por qué ha actuado así. La autoridad no queda disminuida por dar cuenta de su servicio; se hace más responsable y creíble. Una autoridad capaz de revisar es una autoridad que continúa discerniendo.
Un elemento fundamental y muy sensible a este movimiento, que sirve de termómetro del mismo, es la sinodalidad que expresan nuestros consejos pastorales. No se vuelven sinodales simplemente porque haya laicos alrededor de una mesa, sino cuando sus miembros pueden conocer juntos la realidad, escuchar la Palabra, elaborar propuestas, participar en la construcción de las decisiones y evaluar después lo realizado.
En Madrid estamos impulsando la implantación efectiva de los Consejos Pastorales Parroquiales y comenzando el camino hacia una Asamblea Sinodal diocesana en 2027. Lo importante no es simplemente tener consejos o celebrar una gran asamblea. Si al terminar todo continúa funcionando exactamente igual, habremos avanzado poco. El verdadero fruto será que el proceso nos enseñe a discernir como diócesis y que la escucha, la elaboración de las decisiones y su posterior evaluación vayan entrando en nuestro modo ordinario de proceder.
4.- Escuchar sujetos concretos y dejarnos modificar por su palabra
El cuarto reto consiste en dejar de hablar continuamente de colectivos y comenzar a escuchar a personas concretas. Hablamos de «los jóvenes», «las mujeres», «los pobres», «los migrantes» o «los alejados». Son categorías útiles, pero pueden ocultar a las personas reales. Terminamos hablando mucho sobre ellas y poco con ellas.
Ya algunos teólogos nos animan a pasar de sujetos eclesiales abstractos a subjetividades concretas. Una profesora, un trabajador, una madre de familia, un joven que habita la cultura digital o una persona migrante aportan al discernimiento aquello que viven. La Iglesia necesita su lectura de la realidad, no solamente su disponibilidad para realizar tareas internas.
Esto adquiere una especial fuerza cuando hablamos de los pobres. No basta una Iglesia para ellos. Necesitamos caminar con ellos y preguntarnos qué nos está mostrando Dios a través de sus vidas y qué lugar efectivo encuentran en nuestras comunidades.
La conversación en el Espíritu puede ayudarnos, siempre que no la convirtamos en una técnica. Escuchar de verdad comienza cuando admito que la palabra del otro puede modificar mi comprensión y hacer nacer un nosotros que antes no existía. Por ello toda conversación en el Espíritu nace de la oración y la escucha de Dios.
Esta es la intención con la que estamos preparando en nuestra diócesis una Asamblea de Jóvenes. No queremos convocarlos únicamente para decirles qué esperamos de ellos. Necesitamos conocer qué viven, qué esperan, qué les duele, qué les ayuda a creer y qué encuentran o echan de menos en nuestras comunidades. Son Iglesia ahora. Algo semejante aprendemos en Cáritas, en los Centros de Escucha, en la pastoral con mayores o en la Mesa por la Hospitalidad: la soledad, la salud mental, la migración o la vivienda no son solamente problemas para los que organizar respuestas; son vidas que pueden ayudarnos a comprender mejor por dónde pasa hoy el Evangelio.
5.- Pasar de la polarización a la polifonía y de la yuxtaposición a la red
El quinto reto tiene dos caras: aprender a vivir la diversidad como polifonía y articular nuestras realidades como una red misionera.
Pentecostés no elimina las lenguas. El Espíritu no obliga a todos a decir lo mismo de la misma manera; hace posible que personas diferentes se comprendan y reconozcan una única Buena Noticia. Babel no es la diversidad, sino la incapacidad de construir comunión.
Una polifonía no consigue la unidad haciendo que todas las voces canten la misma nota. Necesita voces diferentes que se escuchen al servicio de una obra común. En una sociedad polarizada, necesitamos sostener el desacuerdo sin romper la comunión y reconocer que también quien piensa de otra manera puede poseer un don que necesito.
Algo semejante ocurre con nuestras instituciones. En un mismo territorio conviven parroquias, colegios, Cáritas, vida consagrada y movimientos que realizan un trabajo valioso, pero muchas veces permanecen incomunicados. Cada uno interpreta bien su partitura, pero falta la obra común.
Hoy comprobamos que las acciones de la Iglesia , que incluso la parroquia difícilmente puede ser autosuficiente. Necesitamos fortalecer obras, arciprestazgos y zonas pastorales, compartir responsabilidades y articular los carismas dentro de la Iglesia particular. La red no es solo coordinación; es un tejido de relaciones al servicio de una misión común donde todos entran en relación de complementariedad.
Y necesitamos aprender esta misma polifonía en nuestra relación con la sociedad. Nosotros estamos generando espacios de encuentro con universidades, empresarios, sindicatos, cristianos presentes en la vida política de sensibilidades diferentes, el mundo del arte y de la cultura. No pretendemos que todos terminen pensando igual. Se trata, antes, de recuperar la posibilidad de escucharnos sin clasificar inmediatamente al otro como adversario y de seguir tendiendo puentes allí donde crece la tentación de levantar muros.
6.- Formarnos para caminar y hacer de la sinodalidad una forma de misión
El último reto consiste en formar discípulos misioneros , capaces de vivir todo esto y convertir la sinodalidad en nuestra manera ordinaria de proceder.
No basta introducir una asignatura sobre sinodalidad en el seminario. Tenemos que formar sinodalmente: aprender a escuchar, trabajar con otros, gestionar con creatividad el desacuerdo, compartir responsabilidades y ejercer la autoridad sin aislarse. Esto afecta a los futuros sacerdotes, pero también al clero, la vida consagrada y el laicado.
Ningún modelo eclesial se sostiene únicamente mediante documentos. Antes de los effectus, de las estructuras y resultados, necesitamos cultivar el affectus: la confianza y la fraternidad que hacen posible el discernimiento.
En Madrid hemos aprendido algo de esto con Convivium, nuestra Asamblea presbiteral. Reunimos sacerdotes de edades y sensibilidades muy diferentes, algunos de los cuales llevaban años sin participar en espacios diocesanos comunes. Antes de llegar a muchas conclusiones apareció una evidencia sencilla: necesitábamos encontrarnos. Las preasambleas por edades y la conversación en el Espíritu ayudaron a hablar no solamente desde las ideas, sino desde la experiencia y también desde la vulnerabilidad. De ahí han nacido iniciativas concretas de cuidado, acompañamiento y fraternidad sacerdotal, pero el primer fruto fue anterior: recuperar vínculos.
El seminario debe ser también un lugar de aprendizaje sinodal. Si después pedimos a un sacerdote que escuche, trabaje con otros y discierna con su comunidad, esas capacidades no pueden aparecer mágicamente el día de la ordenación. Por eso estamos reforzando la relación de los seminaristas con la vida diocesana, recuperando órganos de participación y procurando que aprendan desde el comienzo a vivir el ministerio dentro del Pueblo de Dios y para su servicio.
Pero todo este aprendizaje perdería su sentido si terminara en nosotros mismos. Existe el riesgo de construir una Iglesia más participativa y, sin embargo, igualmente autorreferencial. La sinodalidad no es un fin en sí misma: está ordenada a la misión. Más que decir solamente que la Iglesia tiene una misión, el proceso sinodal nos ha recordado que la Iglesia es misión. Caminamos juntos porque hemos sido enviados juntos; escuchamos y discernimos para reconocer mejor dónde nos precede el Espíritu y cómo anunciar hoy el Evangelio.
Para que esto se pueda desarrollar necesitamos también una cultura renovada de planificación y revisión. Una Iglesia sinodal discierne antes de actuar y continúa discerniendo después: qué frutos han aparecido, a quién no escuchamos y qué debemos mantener, corregir o abandonar. Por eso planificación, evaluación, transparencia y rendición de cuentas no son añadidos burocráticos; forman parte de un modo de proceder que quiere permanecer abierto al discernimiento y a la misión.
La conversión sinodal afecta a las actitudes, las conductas y las instituciones. No basta pedir humildad si las estructuras concentran toda iniciativa; tampoco basta modificar organigramas si no hemos aprendido a escuchar y discernir. Necesitamos conversión personal e institucional.
Conclusión: aprender a mirar como Dios mira
Quiero terminar con una imagen que nos ofrece esta ciudad. Pienso en la Sagrada Familia y recuerdo con emoción a Valentina, aquella niña ciega que durante la visita del Papa explicaba, mediante una maqueta táctil, los detalles y el simbolismo de la Torre de Jesucristo. Una niña que no ve podía ayudar a quienes vemos a contemplar mejor.
La belleza de la Sagrada Familia se logra entre muchos: el genio místico de Gaudí, arquitectos, artesanos, obreros, escultores, técnicos, personas anónimas, materiales humildes e incluso aquellos vidrios procedentes de botellas que terminan formando parte de una obra extraordinaria. Quizá haya aquí una hermosa imagen de la sinodalidad: nadie sobra, nadie construye solo y alguien al que aparentemente le falta algo puede ofrecernos precisamente aquello que nosotros necesitamos para mirar de otra manera.
El verdadero reto para la Iglesia no consiste en organizar la sinodalidad, sino en aprender a ser una Iglesia sinodal.
Volvamos a Jonás. No conoce los resultados ni controla la hoja de ruta. Dios solo le pide que se levante y vaya a Nínive. También nosotros caminamos sin tener todo el mapa. Pero no caminamos solos ni somos propietarios de la misión. El Espíritu ya actúa en su pueblo, distribuye dones y nos precede en lugares a los que todavía no hemos llegado.
Quizá la pregunta decisiva no sea solamente qué estructuras debemos cambiar, sino qué Iglesia estamos generando con nuestra manera habitual de relacionarnos. El salto sinodal comienza cuando aceptamos que nadie sobra y nadie basta; cuando dejamos de preguntarnos únicamente qué tenemos que hacer nosotros y comenzamos a escuchar qué está haciendo ya Dios en su pueblo.
La sinodalidad no nos asegura un camino sin incertidumbre. Nos ofrece hermanos y hermanas con quienes discernirlo, una Palabra que orienta, una mesa que reúne y un Espíritu que sigue conduciendo a la Iglesia. Se trata de levantarnos, ponernos en camino, caminar juntos y dejarnos conducir.