Eduardo Aymerich: «Dios nos llevó a un narco barrio de Costa Rica» - Alfa y Omega

Eduardo Aymerich: «Dios nos llevó a un narco barrio de Costa Rica»

José Calderero de Aldecoa
Los siete miembros de la familia viven en Los Guido (Costa Rica).
Los siete miembros de la familia viven en Los Guido (Costa Rica). Foto cedida por Eduardo Aymerich.

El segundo protagonista de Madrileños Ilustres es Eduardo Aymerich, que se cruzó el mundo —desde Pozuelo hasta uno de los barrios más humildes de Costa Rica— para irradiar el amor de Dios a través de la vida en familia y el servicio a los más desfavorecidos. «No somos una ONG temporal. Vivimos aquí. Si se va la luz, se nos va la luz».

—De Madrid, ¿de dónde?
—De Pozuelo.

—¿Y qué hace uno de Pozuelo, junto a su familia, en uno de los barrios más pobres de Costa Rica? ¿De dónde le nació la inquietud misionera?
—El noviazgo con mi mujer cuajó durante unas misiones universitarias. Corría el año 2000 más o menos. Había varias salidas durante el curso. Te ibas una o dos semanas en julio y otra semana después de Navidad. La idea era llegar a un pueblo, de esos donde cuesta que la Iglesia tenga tirón, y evangelizar puerta por puerta. También hacíamos talleres por las tardes y cosas así. A Rosa ya la conocía de antes, pero nuestro noviazgo comenzó en estas circunstancias. Por eso, cuando nos casamos —muy jovencitos— estábamos marcados de alguna forma por el sello misionero. Y siempre hablamos de mantener ese espíritu misionero vivo en nosotros. Acordamos que fuese una parte central de nuestro matrimonio, aunque en ese momento no conocíamos ningún caso de familias misioneras.

—¿Cómo se concretó esa llamada?
—Estábamos abiertos a ir a cualquier sitio, y empezamos a buscar consejo. Al año de casados partimos en misión a la India, y aunque fue una experiencia maravillosa, como no contábamos con ninguna estructura, decidimos buscar un lugar donde pudiésemos trabajar para garantizar un ingreso económico con el que mantener nuestra familia y la misión. Además, nosotros entendíamos la llamada misionera no solo a nivel familiar, sino también comunitario. Así fue como acabamos en Costa Rica.

—¿Cuál fue su misión allí?
—Llegamos en 2015 y estuvimos seis años colaborando en un proyecto pastoral. El problema es que durante todo este tiempo nos ardía en el corazón una llamada a compartir el hecho de ser una familia misionera [N. d. R: el matrimonio tiene siete hijos] con otros, de tal forma que fuéramos una comunidad de laicos misioneros. Eso fue el germen de Ignis mundi.

—¿En qué consiste el proyecto?
—La providencia nos llevó a uno de los barrios más deprimidos de la ciudad de San José; es una especie de narco barrio donde viven 30.000 personas, cada cual con más problemas: Hay pobreza, adicciones, desestructuración familiar, abuso sexual, violencia… Allí compramos un terreno para construir un centro de misión y poco a poco se han ido sumando otras familias y también personas célibes. Nuestro objetivo último es llevar el fuego del amor de Dios a todos esos corazones, y empezamos primero por la presencia. Es decir, nosotros no somos una ONG que solo atiende en horarios laborales. Nosotros vivimos en el barrio. Si se va la luz, se nos va la luz. Eso nos permite conocer a las personas y sus medios de vida y viceversa. Así, nosotros podemos ver, en primer lugar, qué tipo de necesidades materiales tienen y tratar de subsanarlas para que puedan acoger con más intensidad el anuncio evangélico, y ellos pueden ver una nueva forma de vivir: una familia estable, con un padre y una madre que se quieren, que tratan bien a sus hijos, que si se equivocan se perdonan, etc. A esa parte le llamamos irradiación, porque es Dios, que se sirve de estas circunstancias humanas para irradiar su amor en silencio. La segunda pata del proyecto es el servicio, porque Jesús también se preocupaba de las necesidades físicas y espirituales de las personas. Nosotros igual. El servicio lo tenemos concretado en cinco programas, que son como una red de arrastre para sacar a los chicos de los problemas de la calle. Tenemos programas deportivos, educativos, de acompañamiento psicológico, los de artes y un quinto programa que es de dignificación de hogares. Vamos a sus casas, que suelen ser muy precarias, y acometemos pequeños cambios. Abrimos una ventana, pintamos, ordenamos, decoramos. Al final, si uno vive en un lugar lúgubre, su día a día se ensombrece, pero si vives en un lugar luminoso, esa luz se expande. Y la última viga del proyecto es el anuncio.

—¿Y cuánta gente participa de la misión?
—Ahora mismo tenemos 1.000 personas matriculadas en los programas, y luego tenemos otras 2.000 vinculadas de alguna otra forma. En este momento estamos en la fase de siembra, pero de aquí a dos años queremos impulsar comunidades parroquiales donde puedan aprender y formarse dentro de la Iglesia.