Carmina Santamaría: «Pedir ayuda no es de débiles, es de valientes» - Alfa y Omega

Carmina Santamaría: «Pedir ayuda no es de débiles, es de valientes»

Esta joven profesora dio un valiente testimonio ante el Papa cuando visitó Barcelona. Habló de sus problemas de depresión y de su sanación gracias a la terapia y a la fe

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Carmina Santamaría
Carmina dice hoy que, «gracias a Dios, estoy muy bien». Foto cedida por Carmina Santamaría.

Más de 1.000 millones de personas en el mundo viven con un trastorno mental, según la OMS. Rezar por ellas es precisamente la intención de oración que el Santo Padre ha fijado para el mes de octubre en la iniciativa El Vídeo del Papa. Hace apenas unos meses, Carmina Santamaría dio testimonio ante León XIV, en Barcelona, de su lucha por su salud mental. 

—Carmina, hace unos meses hablaste ante el Papa sobre la depresión. ¿Cuál es tu historia con esta enfermedad?
—Yo sufrí depresión dos veces. La primera fue en la juventud, en el instituto. Me hicieron bullying y acabé bastante mal. Después me fui a hacer el Bachillerato a Barcelona, pero no salí realmente de aquella primera depresión;  simplemente cambié de contexto.

Cuando acabé la carrera fue llegando la vida, con sus presiones, responsabilidades y expectativas. Yo había interiorizado que no valía la pena, que solo servía si era útil a los demás. Te vas ahogando, pero no dices nada porque tienes que seguir adelante, y continúas poniéndote presión encima.

Después llegaron situaciones personales que tampoco ayudaron a sentirme validada y fuerte. Al final estuve desde los 27 hasta los 31 años con una segunda  depresión. Hubo incluso impulsos de autolesión que, gracias a Dios, fui suficientemente fuerte como para controlar.

—Tú has vivido este proceso como una enfermedad.
—Sí, es una enfermedad, pero como es mental hay muchísimo estigma y tabú. Todo lo que es mental se asocia con estar loco, con definiciones que no son reales, y eso provoca vergüenza. Cuando tienes problemas de corazón, nadie tiene dudas sobre la necesidad de ir al médico. Pero cuando  tienes problemas de salud mental, tienes que pedir ayuda también.

—¿Y tú pediste ayuda?
—Lo hice súper tarde. En la sociedad en general hay estigma, pero creo que en el mundo católico, en el que yo me muevo, hay más. Mucha gente piensa que con la fe se puede todo, pero los humanos somos débiles. Si estás mal, por mucho que quieras a Dios y creas en Él, a veces la fe sola no puede, también necesitas otros recursos humanos, científicos y médicos para sanarte. Con la salud mental pasa lo mismo. Pedir ayuda no es débiles, es de valientes.

—¿Tú pediste ayuda a un psicólogo, a un terapeuta, a un psiquiatra?
—Sí, pedí ayuda a un psicólogo y me vino súper bien. Creo que Dios puso esta herramienta en mi camino, me tendió la mano. Fue un profesional que me ayudó muchísimo, que me entendió y se puso manos a la obra. Yo simplemente confiaba en su guía. Él me fue entendiendo  sin juzgar y ayudándome poco a poco a salir. Pero, claro, no es fácil. No es un camino lineal, y menos cuando pides ayuda tan tarde.

—¿La familia sufre cuando alguien atraviesa una enfermedad así?
—Supongo que sí. En mi caso, yo vivía sola y estaba sufriendo sola. Mi familia no se enteró mucho porque no quería preocuparles ni hacerles sufrir. Sufrieron después, cuando lo supieron, sobre todo por el hecho de no haber podido ayudar desde el primer momento.  

Supongo que para las familias que sí están junto a una persona que sufre también tiene que ser duro. Quieres ayudarla, quieres que se sienta bien, pero al final es un proceso que tiene que pasar la propia persona que lo vive.

—Pero este proceso lo hiciste al final acompañada…
—Sí, la primera persona de mi familia que supo que estaba mal fue una de mis hermanas. El hecho de que ella supiera que yo me encontraba así fue también algo a lo que aferrarme. Ya no tenía solo al terapeuta. También la psicóloga del colegio en el que trabajo fue otra persona que vino en mi ayuda.

Mi escuela se llama Norai y me gusta mucho la simbología de esta palabra: un noray es el punto en el que se amarran los barcos en los puertos. Para mí es vital tener norays que me den seguridad ante la tempestad de mi mente y de mi dolor interior. Necesitas gente a la que puedas aferrarte. La familia, cuando lo sabe, puede ser un noray.

—¿Dios y Jesucristo fueron también un noray para ti en algún momento?
—Sí, cien por cien. Aun cuando ya había empezado mi terapia, me costaba llegar al final del día, pero iba a Misa todas las tardes. Me ponía al final de la capilla y me pasaba toda la celebración llorando. Era como decir: «Señor, aquí estoy, no puedo más, no sé qué hacer, esto es muy duro». Pero antes de irme miraba al Sagrario y decía: «Señor, nos vemos mañana. Te prometo que aguanto un día más». Era como un compromiso: «Señor, no entiendo este dolor, es enorme, no puedo soportarlo. Estoy intentando trabajar para  superarlo, pero soy débil y me duele mucho. Pero tengo una cita contigo mañana, Señor. Vuelvo mañana. Venga, me comprometo: un día más».

—Carmina, ¿cómo te encuentras hoy?
—Hoy muy bien. Estoy con mis niños y en el colegio soy muy feliz. No siempre estoy en buenas etapas, porque hay altibajos. Hay gente que, si es diabética, tiene que vigilarse más. Pues yo sé que soy propensa a autosabotearme, a pensar que no soy suficiente, y tengo que tener cuidado.

 Por eso siempre estoy chequeando cómo estoy. Cuando veo que tengo una etapa en la que pienso demasiado mal sobre mí misma o que me digo: «qué inútil que soy», intento reaccionar. Lo que busco entonces es interactuar más con mis amigos y estar más rodeada de gente. Gracias a Dios, hoy puedo decir que estoy muy bien.