¿Qué pasó en la Iglesia tras morir los apóstoles? Un catedrático responde
El proceso desde que la vida de Jesús se transmitía oralmente hasta que se formó el Nuevo Testamento es el tema de la lección inaugural del curso en San Dámaso
La vida de la Iglesia en el siglo II «es muy interesante porque es el primer periodo después del tiempo apostólico». Desgraciadamente, «sabemos mucho menos de lo que nos gustaría», confiesa Andrés Sáez Gutiérrez, catedrático de Literatura bíblico-canónica y apócrifa de la Facultad de Literatura Cristiana y Clásica San Justino de la Universidad Eclesiástica San Dámaso.
Sáez pronuncia este jueves la lección inaugural del curso en San Dámaso sobre La recepción de la fe apostólica en el s. II: forma y contenido. Antes, el también vicerrector de Investigación de San Dámaso ofrece a Alfa y Omega algunas claves para comprender este periodo fascinante.
🔵Mañana inauguramos el curso 2026-2027 de la #UniversidadSanDamaso
— Universidad Eclesiástica San Dámaso (@UniSanDamaso) September 30, 2026
🕚11:00 | Eucaristía en la Catedral de la Almudena
🕧12:30 | Acto Académico en el Seminario Conciliar
📺Streaming: Youtube de la @UniSanDamaso
y de @archimadrid
🔗Más info en https://t.co/sxQeZEAKzk pic.twitter.com/jj7VpBsAFI
«Es una cuestión compleja», apunta Andrés Sáez. «Sabemos que mientras vivieron los apóstoles tuvieron desde el principio colaboradores, a los que se llama de diversas maneras».
A algunos de ellos los conocemos. Por ejemplo, Timoteo y Tito, discípulos de san Pablo —«que es el apóstol del que sabemos más por sus cartas»—. Estos «viajaron como él de una comunidad a otra».
Pero las mismas cartas nos hablan de que «en las comunidades que había evangelizado había responsables que se habían quedado allí».
Unos y otros «se sitúan en la transición del tiempo apostólico al tiempo de la Iglesia postapostólica». En este período, conocemos «dos formas de gobierno en la comunidad. Una era por medio de un colegio de presbíteros. La otra, con un único episcopos con un colegio de presbíteros y un grupo de diáconos. Esta fórmula es la que se va a generalizar a lo largo de los siglos II y III». En cualquier caso, se transmitió el carisma apostólico por medio de una sucesión.
La vida de Jesús y sus enseñanzas «se transmiten primero de una forma oral». Luego, «paulatinamente se van escribiendo tanto las cartas apostólicas como los Evangelios, en diversos lugares y por diversas necesidades», explica Sáez.
El catedrático de San Dámaso explica que la transmisión de la vida de Jesús no consistió solo en transmitir un contenido, aunque también. Transmitir la vida de Jesús por medio del Espíritu Santo configuró toda la vida de las comunidades cristianas, la oración, los sacramentos, la caridad».

«A lo largo del siglo II, se fueron coleccionando esos escritos» desde las comunidades en las que habían sido elaborados, explica Sáez. A partir de estas colecciones, se fue configurando el Nuevo Testamento con los que «la Iglesia consideró canónicos, como Palabra de Dios, en cuanto testimonio apostólico».
«Podemos decir que los fundamentos del canon del Nuevo Testamento están asentados a finales del siglo II, en el año 180. Así lo atestigua san Ireneo de Lyon», añade, «quien considera normativos los cuatro Evangelios, Hechos, el Apocalipsis y la mayor parte de las cartas apostólicas, si no todas».
«Sabemos relativamente poco», incide una vez más Andrés Sáez. Pero es claro que jugaron un papel importante «las comunidades en su conjunto», que era «donde estos textos se leían y se rezaban». Y, dentro de ellas, «quienes desempeñaban el ministerio de gobierno o un ministerio vinculado con la enseñanza de la fe habrán tenido un papel singular a la hora de coleccionar dichos textos y fijar» el canon.

Es difícil dar una respuesta única a esta pregunta, pues los apócrifos «no responden a una categoría homogénea», matiza Sáez. «Hay que ir caso por caso». Lo que sí se sabe es que «la Iglesia tuvo que preguntarse si ciertos libros formaban parte de esa colección o no».
Así, hay textos como el Apocalipsis de Pedro o el Pastor, de Hermas, que «en algunas comunidades estaban muy bien considerados pero que otras no querían leer en la liturgia porque no los consideraban apostólicos».
En el otro extremo, están los que «era más sencillo rechazar porque se sabía que habían sido compuestos por herejes». Y, «entre medias, una enorme casuística».
«Las fuentes cristianas que tenemos son limitadas», explica Sáez. «Podemos conocer una parte de la vida cristiana de ese tiempo. Sabemos que existieron más escritos que no nos han llegado y que nos habrían permitido saber más». Pero lo que nos ha dado la Providencia de Dios es seguro lo que necesitamos en cada momento.