En Tatooine hace calor, se come mal y la vida consiste en esperar. Obi-Wan Kenobi trabaja despiezando criaturas, duerme en una cueva y vigila desde lejos a un niño que algún día tendrá que saber quién fue su padre. Diez años después de lo ocurrido en Mustafar, el antiguo maestro Jedi ha aprendido a pasar inadvertido.
Una de las cosas que más me gustan de Obi-Wan Kenobi, la serie de Disney+, es que antes, lejos de espadas láser, nos enseña a un hombre cansado. No al héroe de las grandes batallas, sino al que vuelve del trabajo, se lava las manos y se sienta solo a cenar. Un hombre que ha perdido la República, la Orden Jedi, a sus amigos y, sobre todo, a Anakin.
Por eso resulta tan bonito que tenga que ser Leia, entonces niña de 10 años, quien le obligue a volver a caminar. Consigue sacar de su escondite a quien fue uno de los grandes jedi. Obi-Wan no está preparado. Pero va. Y ahí está la pequeña verdad: a veces uno espera recuperar las ganas, la seguridad o incluso la fe para ponerse en marcha. Pero la vida suele funcionar al revés. Primero se da un paso y después, con suerte, vuelve un poco la luz.
Hay algo muy cristiano en ese Obi-Wan que sigue llevando encima lo ocurrido, pero decide que aquello no puede ser lo último que haga. El pasado pesa, aunque no tiene por qué mandar. El perdón tampoco consiste en fingir que Anakin no hizo lo que hizo. Consiste en mirar a la persona que queda detrás de todo aquello y no reducirla para siempre a su peor momento.
En una de las mejores escenas, Obi-Wan vuelve a encontrarse con Vader. Ya no hay maestro y aprendiz. Solo quedan dos hombres que se quisieron mucho y que acabaron haciéndose daño. Obi-Wan comprende entonces que no puede arreglar el pasado. Puede, eso sí, dejar de vivir prisionero de él.
Quizá por eso Obi-Wan Kenobi sea menos una historia sobre volver a ser un héroe que sobre volver a ser uno mismo. Y eso, incluso en una galaxia muy, muy lejana, resulta bastante cercano.