Cardenal Víctor Manuel Fernández: «Si uno no se apasiona por la dignidad de la gente, las ideas no bastan»
El prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe aborda el desafío de la IA y reclama poner en el centro la dignidad de la persona humana
—Que León XIV haya dedicado su primera encíclica a la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial parece otorgar a esta transformación un lugar especialmente relevante en su magisterio. ¿Qué nos dice esta elección sobre la magnitud del desafío que plantea hoy la inteligencia artificial para la sociedad y para la propia Iglesia?
—Es fundamental este acento del subtítulo: «Sobre el cuidado de la persona humana». Si se habla de la inteligencia artificial, entre otros temas, es bajo esta formalidad precisa: cuidar la persona humana. Por consiguiente, especialmente quienes tienen importantes responsabilidades y se preguntan por el uso y la orientación de la inteligencia artificial, están llamados a apasionarse, a obsesionarse por estas preocupaciones: ¿Cómo podría la inteligencia artificial ayudar a que las personas concretas, mirando especialmente a los débiles, vivan de acuerdo con su inmensa dignidad?, ¿cómo cuidarles frente a los riesgos que ya podemos prever? Y hablo de pasión, porque si uno no se apasiona por la dignidad de la gente, las idean no bastan para motivar una dinámica efectiva.
—La encíclica y la Carta Iberoamericana de Principios y Derechos en los Entornos Digitales comparten una preocupación por situar a las personas en el centro y evitar que la transformación tecnológica profundice las desigualdades. ¿Cómo pueden estos marcos y principios incidir para que el desarrollo de la inteligencia artificial contribuya efectivamente a reducir las brechas y a incluir a las personas y comunidades?
—Evidentemente, si uno habla de cuidado, debe entenderlo ante todo como referido a los más frágiles, a los que no pueden o no saben defenderse frente a los avances descontrolados de diversas formas de poder. A veces no se entiende la insistencia de la Iglesia en los pobres y débiles de la sociedad, o se considera una cuestión política o ideológica. Pero es la opción obvia de quien dice creer en un Dios que ama infinitamente a cada ser humano, y particularmente de quien dice creer en Cristo, hecho pobre entre los pobres.
La macroeconomía tiene su lógica, los intereses empresarios tienen su lógica, las finanzas la suya. Pero quienes tienen un particular poder en estas áreas saben cómo defenderse y generalmente terminan bien parados ante las diversas crisis. ¿Qué sentido tendría para la Iglesia hacer una opción preferencial por ellos? Pero creo que vale lo mismo para un político, llamado a procurar el bien común de una sociedad. De los políticos se espera que sean eficaces en la defensa de los más débiles, y esto exige concretamente trabajar intensamente y sin más demora en los marcos legales, procedimientos e intervenciones para incluir y cuidar a los más débiles en este nuevo contexto.
—La encíclica Magnifica humanitas advierte sobre la concentración de datos, infraestructuras y capacidad de decisión en pocos actores, y cuestiona que los datos queden exclusivamente en manos privadas. ¿Es posible compatibilizar los actuales modelos de negocio de las grandes plataformas tecnológicas con una inteligencia artificial verdaderamente centrada en la persona y orientada al bien común? ¿Qué tendría que cambiar para hacerlo posible?
—Hace falta entender que estamos hablando de un bien social, un bien que debe integrar el bien común y que por lo tanto implica pensar en todos, sin excluir a aquellos que aportan poco a los resultados económicos de los más poderosos. Es decir, ya no estamos hablando de un producto para el beneficio de algunas empresas, sino de un bien que, o beneficia a todos, o terminará creando una fuente peligrosísima de violencia y degradación que no beneficiará a nadie. Se supone entonces que los valores incorporados a los sistemas de inteligencia artificial no pueden ser definidos por unos pocos sino en un inteligente entramado, guiado por la política, dando lugar a empresas, asociaciones intermedias de la sociedad, estructuras del Estado, etc. También la Iglesia puede participar, teniendo en cuenta que su doctrina social se desarrolla en constante diálogo con la filosofía y las ciencias, y que posee una larga experiencia de presencia en los más variados contextos locales.
—¿Cómo puede una universidad jesuita como Comillas contribuir a tender puentes entre la fe, la ciencia, la cultura y los debates sociales de nuestro tiempo?
—No pretendiendo ofrecer a la sociedad una visión exhaustiva sobre temas como la inteligencia artificial, cosa que nadie puede hacer, sino individuando algunas cuestiones particulares donde pueda alcanzar algún resultado que se perciba como un aporte concreto y útil.
—¿Qué cree que puede ofrecer hoy a los jóvenes una universidad católica que no puedan encontrar en otros lugares?
—Una formación profesional de calidad, que les permita destacarse en el trabajo y en la sociedad, pero enriquecida por una visión humanista integral, por una espiritualidad que les ayude a enfrentar la vida con fortaleza y esperanza y por un hondo sentido social. Creo que, si se logra semejante formación, podrá apreciarse la propuesta del Evangelio y del Reino de Dios encarnada en las vidas de nuestros graduados.
Esta entrevista ha sido realizada de manera conjunta con la Secretaría General Iberoamericana y el Observatorio Diego de Pantoja de la Universidad Pontificia Comillas, instituciones organizadoras de la conferencia del cardenal Fernández el 30 de septiembre en Madrid sobre Las lecciones de la carta encíclica Magnifica humanitas. Una IA centrada en las personas.