Carlos Esteban Garcés: «No es justo que la clase de Religión siga sometida a estereotipos» - Alfa y Omega

Carlos Esteban Garcés: «No es justo que la clase de Religión siga sometida a estereotipos»

El responsable de formación del profesorado de la Delegación Diocesana de Enseñanza de Madrid analiza el papel de la Iglesia en la educación, la situación de la escuela católica y los retos de la clase de Religión

Cristina Sánchez Aguilar
Carlos Esteban Garcés
Foto: Elena Martín Tascón.

Carlos Esteban Garcés es secretario general del Consejo General de la Iglesia en la Educación (CGIE) de la CEE y trabaja en la Delegación Diocesana de Enseñanza de Madrid como responsable de formación del profesorado. Es, además, profesor titular de Pedagogía de la Religión en el Instituto Pontificio San Pío X en Madrid (UPSA). Charlamos con él de la asignatura de Religión, del papel de la Iglesia en la educación y de cómo está la situación en la escuela madrileña.

—La educación está en el corazón de la misión de la Iglesia. ¿Por qué cree que es especialmente importante que la Iglesia participe hoy en el debate educativo, más allá de la defensa de sus colegios o de la asignatura de Religión?
—Ciertamente estoy convencido de que la educación está en el corazón de la misión de la Iglesia. De hecho, la formación es parte de la vida de la Iglesia desde los primeros cristianos. Desde hace siglos se fue articulando en propuestas que no nos parecen habituales, pero que no lo fueron cuando la Iglesia las alumbró, pienso en colegios, en universidades y en tantos proyectos no tan formales… La Iglesia fue pionera en educación, sin pretenderlo, solo por ser ella misma en medio de las sociedades.

De esa historia se deriva que la Iglesia esté presente en las sociedades actuales… lo está antes que el Estado, siglos antes del Estado tal como lo conocemos hoy.

Así que no podemos explicar su presencia como la defensa de sus colegios, o con propuestas reactivas, forma parte de su identidad, de la historia y de la sociedad civil que todos formamos.

—Usted es secretario general del CGIE, que nació como fruto del Congreso La Iglesia en la Educación celebrado en Madrid en 2024. Después de este primer recorrido, ¿qué está aportando realmente el Consejo y qué pretende cambiar en la presencia de la Iglesia en la educación?
—El Consejo nació como oportunidad de encuentro, como lugar de compartir las presencias eclesiales en los diversos ámbitos. Es un espacio de coordinación para compartir juntos los caminos de la educación.

Creo que su aportación esencial consiste en visibilizar todas las presencias educativas de la Iglesia, no solo colegios, universidades o profesores de Religión, que ya son muy visibles. Hay otras muchas que nos pasan más desapercibidas en la Iglesia y en la sociedad, por ejemplo, la Educación Especial, la Formación Profesional, la educación no formal, los proyectos culturales… Estas presencias de la Iglesia, como nos dijo León XVI, constituyen una verdadera constelación educativa. Nosotros queremos comunicar esta hermosa realidad en todas sus estrellas, también las que son pequeñas o parecen brillar menos.

Creer en este propósito no ha hecho concluir que cuando compartimos los caminos, todos sentimos por experiencia que somos más de los que pensábamos y lo estamos haciendo mejor de lo que pensábamos

Está mereciendo la pena el proyecto, no ha cumplido todavía dos años, pero sus 70 consejeros que representan todos los ámbitos que forman el consejo, hemos aprobado ya un plan de trabajo, hemos peregrinado a Roma, hemos visitado a la ministra de Educación que también ha participado en uno de sus plenos, y hemos activado los Premios Stella que se acaban de hacer públicos.

—Acaban de presentar el primer Cuaderno del CGIE y los Premios Stella. ¿Qué han descubierto al poner en común todas esas realidades educativas y qué esperan que estas iniciativas aporten a los educadores?
—La publicación de este cuaderno es una de las primeras iniciativas que hemos realizado. Ahí hemos puesto en diálogo tres actores: la declaración del Concilio Vaticano II Gravissimum educationis como un punto de partida con su actualización, la carta apostólica de León XIV Diseñar nuevos mapas de esperanza; y los 10 compromisos del Pacto Educativo Global promovido por Francisco y actualizado por León XIV. Este diálogo a tres voces alumbra el camino a los nueve ámbitos de presencia de la Iglesia en la educación.

Los Premios Stella, que hemos presentado en su primera edición, reconocen solo algunas de las estrellas que iluminan el bien común e acompañan la misión educativa de la Iglesia. Lo que más valoro que identificar esas estrellas en los muy diversos contextos en los que estamos presentes. Ciertamente estamos aprendiendo a reconocernos todos y entre todos. Estamos construyendo la sinodalidad en la misión educativa de la Iglesia.

—La escuela católica madrileña viene alertando de una situación de asfixia económica. ¿Hasta qué punto esta situación pone en riesgo el futuro de estos centros en Madrid?
—La financiación pública de las escuelas concertadas está aprobada para facilitar el acceso de todos a la educación sin que las condiciones socioeconómicas de las familias sean un obstáculo. Si esta financiación se va estrechando, como nos está ocurriendo desde hace años, crece nuestra preocupación por los más desfavorecidos que podrían ser los más perjudicados. Ciertamente es una asignatura pendiente y las políticas educativas deberán abordarla. La escuela tiene que organizarse en igualdad de condiciones para todos.

En cualquier caso, déjame decir que la economía de nuestros centros católicos forma parte del tercer sector, es decir, son iniciativa social que aun siendo empresa no busca beneficios económicos, sino sociales; el afán de lucro no está en sus objetivos. Conviene poner de manifiesto este dato tan propio de las escuelas católicas, por su servicio al bien común y porque asistimos en la actualidad a nuevos intereses económicos en la gestión de centros que quizás ya so sean de este tercer sector.

—Más allá de la cuestión económica, ¿cómo definiría hoy la situación de la escuela católica madrileña? ¿Cuáles son sus principales fortalezas y sus principales preocupaciones?
—Nuestras escuelas católicas son aliadas de las familias, buscan, como los padres y las madres, la mejor educación integral para sus hijos, nuestros alumnos. Una fortaleza que se percibo hoy es comprobar cómo las familias que estudiaron en nuestras escuelas quieren que sus hijos también lo hagan ahora. Ese afecto revela una comunión con nuestros proyectos educativos que nos llena de responsabilidad.

Lo que nos proponemos es, por supuesto, una educación de calidad, pero, sobre todo, compartimos una forma humanizada de entender la vida de manera integrada y armonizada, con valores y con sentido. La escuela católica transmite una cultura, una forma de entender la vida y la sociedad. Con nuestras pedagogías ensanchamos la antropología cristiana para que llegue a tantas casas.

Y si me preguntas por las preocupaciones, sin duda, percibo al menos dos: cómo compartir la responsabilidad educativa con las familias para cuidar a sus hijos y que crezcan por fuera y maduren por dentro…; pero, sobre todo, cómo atender a todos, especialmente a los niños y niñas más vulnerables, solos, o necesitados.

—Madrid sigue estando entre las comunidades con mejores resultados educativos, aunque el último PISA también refleja un empeoramiento. ¿Qué lectura hace de estos datos desde su experiencia como educador?
—Los datos del último PISA nos generan dolor, el descenso del rendimiento escolar nunca es buena noticia. Están en juego aprendizajes necesarios para la vida adulta que no acabamos de transmitir; desde luego, esos resultados no son los que esperábamos. 

Son resultados que nos cuestionan y nos obligan a revisar si la LOMLOE y su modelo educativo, que hunde sus raíces en la LOGSE, sigue siendo el que necesita nuestro tiempo. Por una parte, veo este cuestionamiento curricular, pero también debemos revisar si cuando se hacen reformas educativas se acompañan de las medidas necesarias para formar al profesorado, para apoyar su implantación en los centros; las respuestas a estas cuestiones no son precisamente las mejores.

Por otra parte, PISA ha evaluado competencias curriculares en tres áreas concretas, pero la educación es más amplia y abarca otras que se denominan competencias blandas, y que también son decisivas para una formación integral y humanizadora; por ejemplo, la perseverancia y la curiosidad son cualidades en las que nuestros estudiantes están mejor que la media de PISA; estos datos son más positivos.

—Y termino con la clase de Religión. ¿Cuál es hoy su principal desafío en Madrid: conseguir que más alumnos la elijan, explicar mejor qué aporta, ¿reforzar al profesorado o lograr que se entienda como una verdadera materia educativa?
—Me nombras desafíos que todos son necesarios, sí, todos. Es verdad que la enseñanza de la religión todavía tiene que mejorar en su consideración académica en el sistema educativo; y es cierto que debemos comunicar mejor sus contribuciones educativas a las familias. Pero para desplegar este potencial formativo no se puede competir, entiéndeme la expresión, con no hacer nada en la escuela. Tenemos que alcanzar un mejor lugar educativo para seguir alumbrando el camino de nuestros alumnos. No es justo que la clase de Religión siga sometida a estereotipos que algunos se empeñan en prolongar desde la dictadura franquista; son problemáticas más ideológicas que pedagógicas.

Por otra parte, la clase de Religión en Madrid cuenta con un profesorado muy cualificado académicamente y muy motivado vocacionalmente para su trabajo en el aula y en los centros. Déjame recordar una investigación sociológica de 2024 que revelaba que el profesorado de Religión destacaba porque estaba más ilusionado con su trabajo, claramente más que los de otras materias. Y esa ilusión, estoy seguro, la perciben los alumnos y sus familias, porque deviene en motivación y compromiso en ellos.