Rodrigo Hidalgo, OP: «Hoy en día el conocimiento está al alcance de todos, pero necesitamos un maestro» - Alfa y Omega

Rodrigo Hidalgo, OP: «Hoy en día el conocimiento está al alcance de todos, pero necesitamos un maestro»

El director de la Escuela de Teología en Internet, que supera los 300 alumnos, explica que esta ciencia trasciende a la inteligencia artificial porque «es experiencia de Dios»; pero defiende usar la IA como instrumento

Cristina Sánchez Aguilar
Hidalgo durante el acto de inicio de curso de la ETI, el 10 de septiembre en O_Lumen.
Hidalgo durante el acto de inicio de curso de la ETI, el 10 de septiembre en O_Lumen. Foto cedida por Rodrigo Hidalgo.

Rodrigo Hidalgo, OP, es el director de la Escuela de Teología en Internet (escueladeteologia.es) de los dominicos de la provincia de Hispania, profesor, director de un colegio mayor universitario. Junto a ocho otros religiosos del mundo, pertenecientes a la Orden de Predicadores, forma parte de la comisión internacional de la IA y la tecnología en la predicación.

—La ETI ya supera los 300 alumnos y empieza a tenerlos en lugares tan distintos como Suecia o Reino Unido. ¿Qué está buscando realmente la gente cuando decide estudiar Teología hoy?
—La respuesta más inmediata es formación, pero de manera sistemática. Hoy tenemos acceso a muchísimo contenido que se publica en las redes sociales, y de diversos ámbitos, sin filtros; al punto que cuesta hacerse con una visión cierta, sólida. Por eso estos estudios adquieren mayor fuerza, porque sus contenidos son progresivos, tienen detrás la experiencia docente de muchos años y está en el ámbito de la teología católica y del magisterio. Son doctrina sólida.

—¿Hay más hambre de Teología de la que la Iglesia está percibiendo?
—Sí, y mucho más de lo que pensamos. Al hilo de lo anterior destaco dos realidades más: la sed de Dios que late con más fuerza actualmente, es decir, espiritualidad; y la necesidad de tener razones de tu fe en una sociedad secular y en la que desde muchos ámbitos o bien se pretende silenciar el hecho religioso o simplemente se lo presenta de una manera deformada. Es en esos contextos donde vemos la importancia de escuelas de teología católica.

—Muchos de sus alumnos no buscan convertirse en teólogos profesionales, sino entender mejor su fe. ¿Qué cree que revela eso sobre la formación religiosa que estamos ofreciendo en parroquias y comunidades?
—Por un lado se percibe que las comunidades no llegan a todo; bastante hacen con seguir alimentando la fe y celebrar los sacramentos. También es verdad que los laicos están cada vez mejor preparados para la catequesis. Sin embargo, lo que una escuela como la nuestra ofrece es la posibilidad de hacer un estudio más pausado, desde casa y a tu ritmo, con la finalidad de ser un aporte para las comunidades, parroquias, grupos o movimientos donde te desenvuelvas.

—Usted ha recordado que cuando empezó a estudiar Teología le dijeron que había que combinarla con «los periódicos». ¿Qué temas de los periódicos de hoy cree que la teología está llegando tarde a comprender?
—Esa expresión no es mía, ni de los dominicos; es del teólogo alemán Karl Barth. Es en definitiva la forma de hacer teología después del Concilio Vaticano II, donde se nos invita a iluminar desde la palabra de Dios «los gozos y las esperanzas» de los seres humanos. Es decir, necesitamos de una teología que nos ayude a entender el mundo donde vivimos y el proyecto que Dios tiene para él.  En esto creo que el magisterio desde el Papa Francisco y su énfasis en la ecología, la amistad social, los más pobres, la sinodalidad como un caminar juntos como Iglesia; y ahora León XIV y su preocupación por los alcances de la IA, nos dicen que el magisterio de la Iglesia está muy atento a lo que acontece en el mundo de hoy. Ellos nos están llamando la atención para que desde todos los ámbitos eclesiales, junto a hombres y mujeres de buena voluntad, sigamos trabajando por un mundo más justo.

—Si «nada es ajeno al teólogo», como recuerda la tradición de la Escuela de Salamanca, ¿qué cuestiones de nuestro tiempo cree que la teología debería estar estudiando mucho más de lo que lo está haciendo?
—Hoy, como dije en la presentación del nuevo curso de nuestra escuela, de los muchos temas que la teología tiene que abordar, uno sin duda es la IA. Su impacto es total sobre el trabajo, y por tanto para la economía y el bienestar social y sobre todo en la educación. Afortunadamente ya tenemos una encíclica, Magnificas humanitas, de León XIV, que aborda esto y ha abierto en la comunidad eclesial y más allá un sano debate: los límites éticos de la IA y el impacto en los países que no están en el ámbito de las grandes corporaciones tecnológicas, destacando el valor central del ser humano que no puede ser reducido a ningún algoritmo matemático, abriendo así una puerta inmensa a la antropología teológica, a la ética y al diálogo con la ciencia en general.

—La ETI nace precisamente en internet. Ahora la inteligencia artificial puede explicar en segundos prácticamente cualquier cuestión teológica. ¿Qué puede ofrecer un profesor de teología que no pueda ofrecer ChatGPT?
—Primero, el algoritmo, o los modelos de IA, no son infalibles ni de lejos. Una cosa es que puedan con facilidad generar impactantes infografías, procesar información a gran velocidad; y otra es que todo lo que te vuelcan sea siempre cierto. Por eso mismo, un estudio sistemático como el que ofrecemos en nuestra escuela con un apoyo de IA como instrumento es muy interesante. Pienso en temas bíblicos: el Antiguo Testamento, por ejemplo, que nos queda bastante lejos en el tiempo. Pedir un esquema de fechas, acontecimientos, reinados, etc., ayuda cuando estás estudiando el Pentateuco o el libro del Éxodo. Ahora bien, el tener un tutor y un acompañamiento en cada tema, para aclarar dudas y orientarte en bibliografía, con un trato personal, como hacemos, eso ninguna IA te lo puede dar.

—Y al revés: ¿qué cree que puede aprender un teólogo de una inteligencia artificial?
—Primero, en positivo, que estamos ante un gran avance en el saber y en la cultura en general. Y como la teología es ciencia, no puede sustraerse a esta revolución tecnológica, porque, entre otras cosas, el público al cual nos dirigimos ya está en ese mundo. Esto nos condiciona a todos: desde el Uber que usamos para desplazarnos hasta preguntas más complejas en la medicina, se hacen con IA. En un simple móvil hay más información que cualquier biblioteca de hace unas décadas; es decir, puede ser de mucha ayuda. 

Ahora bien, pedirle que piense por ti, que interprete la información, es ya otra cosa, porque la teología es experiencia de Dios, es oración, encuentro y celebración; no solo construcción y relación conceptual programada en algún servidor remoto del mundo.

—Si un alumno puede pedir a una IA que le explique a santo Tomás, que le compare a Tomás con Agustín o incluso que le prepare un comentario teológico, ¿qué significa estudiar Teología en 2026?
—Buena pregunta. Pero esto le está pasando a cualquier ciencia, en cualquier ámbito universitario o de estudios superiores. Con dos clics evidentemente ya tienes respuestas que te aparecen en tu dispositivo al instante, pero ¿es verdad todo lo que se te muestra? ¿Las entiendes, las asimilas, las interiorizas, eres capaz de explicarlas con tus propias palabras? Eso es otra historia. Pero sí, la educación está desafiada y no podemos ocultar las ventajas, y también los riesgos académicos, de alumnos que vayan a lo mínimo y no quieran pensar por sí mismos.

—Hay una paradoja interesante: cuanto más fácil es acceder al conocimiento, quizá más difícil resulta saber qué merece la pena conocer. ¿Cree que la misión de la teología va a ser cada vez menos transmitir información y más enseñar a discernir?
—Me parece correcta la afirmación. En un sentido amplio, los conocimientos están hoy al alcance de todos y esto ha sido la democratización que ha traído internet. Con una conexión a la red desde el rincón más recóndito del planeta ya puedes leer la Suma teológica de santo Tomás o las Confesiones de san Agustín, hasta ahí todo cierto. Pero ¿comprendemos lo que leemos, tenemos horizonte y criterios para discernir, valorar a dichos autores? La respuesta es que necesitamos de la guía de un maestro, un profesor, que nos acompañe en ese camino, dándonos esas claves para discernir.

—La ETI está haciendo accesible la teología a personas que probablemente nunca pisarían una facultad teológica. ¿La Iglesia ha entendido ya que hay muchísimos adultos que quieren formación intelectual sobre su fe, o seguimos pensando demasiado en una catequesis para principiantes?
—Sentimos el impulso de la Iglesia y su magisterio en el desafío de la nueva evangelización, donde la escuela a su modo está presente. De lo mejor que ha hecho nuestra escuela durante décadas, y que en estos últimos años ha dado un salto cualitativo y cuantitativo, es el haber hecho llegar la teología a todas las personas interesadas en este saber, estén donde estén y tengan los estudios que tengan. Siempre digo que no todo el mundo tiene una biblioteca con libros físicos, ni los medios para adquirirlos; ni tampoco el tiempo ni las posibilidades para acercarse a una facultad. Nosotros hemos llegado allí donde la enseñanza tradicional no podía ni puede hacerlo.

—¿Qué le dice el perfil de sus alumnos sobre el nivel de formación de los católicos? ¿Llegan con mucha formación, con poca o con una enorme curiosidad que no han encontrado dónde satisfacer?
—Es muy variado: en su inmensa mayoría son laicos que quieren profundizar en su fe, personas que siempre quisieron estudiar esto y por diversas razones no pudieron. Otros buscan estudios para un diaconado permanente; otros quieren reciclar sus conocimientos aprendidos hace muchos años; un porcentaje no despreciable piensa en la enseñanza. Y también hay religiosos, de vida activa y contemplativa. Y otro pequeño segmento de personas no del todo creyentes que quieren conocer algo más en profundidad del cristianismo. 

—¿Qué pregunta sobre Dios cree que se está haciendo hoy la sociedad y que la Iglesia todavía no está sabiendo escuchar?
—Es una pregunta compleja y con muchos matices. Pero yo la definiría, por centrarla en un punto, como la falta o incapacidad de generar experiencia de Dios, algo así como no saber saciar esa sed de trascendencia que llevamos dentro y que se está demandando. Es cosa de acercarse a muchas de nuestras celebraciones dominicales y preguntarse si estas celebraciones, con esta homilía muchas veces sin un canto, es capaz de llenar una vida espiritual. Por eso cuando grupos de jóvenes, estos movimientos recientes, ofrecen canciones y conciertos con temas que hablan de adoración, de llamada y misión, convocan y atraen mucha a la gente; como hemos visto en la vigilia del Papa en Madrid.

—Después de dirigir la ETI y ver pasar por ella a cientos de alumnos, ¿qué ha cambiado en su propia manera de entender para qué sirve estudiar Teología?
—Digo, básicamente, que como dominicos, Orden de Predicadores cuyo fin es la predicación de la Buena Nueva, hemos acertado y que debemos seguir desarrollando esto, estando atentos a los retos futuros. No tengo ninguna duda que si nuestros grandes teólogos medievales (santo Tomás de Aquino, san Alberto), renacentistas (Francisco de Vitoria, Domingo de Soto) o contemporáneos (Congar, Chenu, Schillebeeckx o Lagrange) hubiesen conocido estos medios para predicar, investigar y comunicar, los hubieran incorporado a su forma de trabajo.