Carmelo Donoso: ser cura desde «la educación y la evangelización centrada en los jóvenes»
Carmelo Donoso, párroco de la basílica de María Auxiliadora y profesor en los salesianos de Atocha, vive su ministerio presbiteral centrado en la evangelización del mundo juvenil
Madrid es una diócesis con una importante presencia de religiosos, tanto en número como en servicios asumidos. Uno de ellos es el salesiano Carmelo Donoso, que ve el ser cura como «poder ejercer el ministerio que hemos recibido del Señor, ese don que nos ha hecho en el sacerdocio y para poder ofrecerlo a los demás».
Una tarea que supone, más allá de los servicios asumidos —párroco, coordinador en un colegio, pastoralista, trabajo con los jóvenes—, «estar a disposición de los demás y sentirme también unido, en comunión con nuestro obispo y con todo sacerdote de la diócesis en Madrid». Lo vive desde «un carisma y un estilo de ser sacerdote», en su caso a partir de Don Bosco, «que tiene que ver con la educación y la evangelización centrada en los jóvenes».
En una sociedad cada vez más descristianizada, con familias alejadas e incluso contrarias a la propuesta de fe, el desafío es que los jóvenes «puedan acoger dicha fe y que no les sugiera ningún rechazo». Algo que, para los salesianos, tiene como punto de partida el tiempo libre, la educación en valores, los juegos y deportes. Ahí, «se les presenta la figura de Cristo y que vayan descubriendo en su propia vida un camino vocacional».
El desafío es «poder acompañar los procesos de cada joven». Ayudar a descubrir «cómo poder ser cristianos en la Iglesia, cada uno en la vocación recibida por parte del Señor». Se trata de «poder hablarles de Cristo y que ese joven no rechace, no se sienta echado hacia atrás». En algunos casos tiene que «trabajar el primer anuncio, porque hay muchos jóvenes que vienen prácticamente sin conocer nada de Cristo». En esa coyuntura, «el reto está en poder plantear la fe, presentar la figura de Cristo y que lo puedan acoger o, por lo menos, no rechazar».
Reconoce que, sin ser algo de grandes masas, «tiene un despertar religioso y de fe muy evidente aquí en la parroquia», con «muchos jóvenes que vienen a rezar; algunos se confiesan después de muchos años, otros es la primera vez que vienen a una iglesia porque la ven abierta y se plantean cosas», lo que también observa en el colegio. Junto a muchos que viven el proceso desde pequeños, «hay otros que, por ósmosis y por lo que están viendo en el ambiente, se van integrando en esa propuesta que les hacemos». Una de las cosas que más necesitan los jóvenes «es sentirse escuchados, comprendidos, orientados». Dado que, en algunos casos, han vivido experiencias muy negativas, «demandan un sitio donde se puedan sentir acogidos».
Con la Iglesia diocesana
En el trabajo pastoral entre las parroquias en los arciprestazgos, a pesar de su diversidad de realidades, «cada vez tenemos más iniciativas para poder caminar en común y tener experiencias que sean de comunión con la Iglesia diocesana». Junto a las muchas iniciativas que realizan con su congregación, se suman a aquello que la Iglesia de Madrid ofrece. Ve que «es una riqueza el poder aportar el carisma nuestro, el estilo de trabajo con los jóvenes, a una Iglesia que tiene experiencias tan ricas de fe y donde se está potenciando tanto esa pastoral con jóvenes».
Al recordar la visita del Papa, a pesar de ser al principio un poco reticente, subraya que «fue desbordante» la participación y el sentido de Iglesia que percibió en los jóvenes. En la vigilia de la plaza de Lima, «me sorprendieron el fervor, la espiritualidad», recalca. Ahora están trabajando los mensajes del Papa junto con el Plan Diocesano de Pastoral, y destaca la llamada de León XIV a los jóvenes a acercarse a la fe y a la Palabra de Dios, a «abrir el corazón al Señor, a no tener miedo».
Algo que recuerda presente en otros papas, como Juan Pablo II, que llamaba a los jóvenes a «no tener miedo a poder ser ellos mismos siendo muy humanos». En ese sentido, hace eco de la llamada del Papa a llevar «esa experiencia de fe, esa propuesta de fe que nos hace el Evangelio a la vida y ser felices». También, en un mundo a veces enfrentado y polarizado, la insistencia del Pontífice en «la dignidad de la persona, que toda persona cuenta, es valiosa. Y cómo debemos trabajar también por cada una de las personas con las que con las que vivimos», una necesidad en la sociedad del descarte que debe llevarnos a «valorar hasta a los que parecen para la sociedad más insignificantes, trabajar con ellos y poder darles dignidad».