Maite Mompó: «Destruir la casa común es un ecocidio»
Este mes de septiembre, la Santa Sede ha puesto sobre la mesa el pecado que constituye «infringir daño a la naturaleza». Lo ha hecho a través de un documento, donde también nombra el ecocidio, un término sobre el que esta albaceteña lleva trabajando casi diez años. Actualmente es directora del movimiento Stop Ecocidio en lengua hispana y el 23 de septiembre estará en la Fundación Pablo VI hablando sobre inteligencia artificial (IA) y ecología integral.
—Su trabajo se vertebra en torno al término ecocidio. ¿Qué es exactamente?
—El ecocidio se resume en causar un grave daño extenso y / o duradero a la naturaleza. Aquí en España tenemos el ejemplo del Prestige, cuyo vertido no solo alcanzó a las costas de Galicia y al Cantábrico español, sino también a otros países como Portugal y Francia.
—¿Qué hace el movimiento Stop Ecocidio?
—Nuestro objetivo es que se reconozca el ecocidio como el quinto crimen contra la paz bajo la jurisdicción de la Corte Penal Internacional (CPI) y que también se incluya como delito en las legislaciones nacionales y regionales. La CPI, que juzga los crímenes más terribles, recoge cuatro: genocidio, crímenes de guerra y de lesa humanidad, y crimen de agresión. Queremos que el ecocidio sea el quinto crimen mundial.
—¿Por qué?
—Porque asistimos a una destrucción a gran escala de las bases de la vida planetaria y no tiene consecuencias penales. La impunidad es total y nosotros queremos responsabilidades penales individuales para los que toman decisiones.
—¿En qué punto se encuentran esas negociaciones?
—En 2024 se ingresó la propuesta en la CPI para modificar el Estatuto de Roma e incluir el ecocidio. También en la directiva europea sobre delitos ambientales se ha incorporado como un delito cualificado y el nuevo convenio de protección del medio ambiente del Consejo de Europa ha incluido delitos comparables. En muchos países se están desarrollando leyes nacionales; el último ha sido Mauricio, y Croacia está a punto de hacerlo. Bélgica, Francia y Chile ya lo tienen. Los avances han sido enormes en muy poco tiempo.
—En Magnifica humanitas, el Papa advierte del impacto ambiental oculto de la IA y extiende el concepto de casa común al entorno digital. ¿Estamos subestimando esta nueva forma de impacto?
—Al comienzo de una actividad, los seres humanos deberíamos poner la protección de la naturaleza en primer lugar y minimizar a casi cero el impacto en ella, y esto no se está haciendo con la IA. La estamos desarrollando y nos hemos volcado en ella sin ver su efecto en el consumo de agua, energía o minerales raros. Y también sobre la propia dignidad humana. La mayoría de las empresas que pueden causar daños ambientales incluyen ya en sus presupuestos la posible multa que van a pagar.
—En el reciente documento publicado por la Comisión Teológica Internacional habla del término ecocidio y propone el «pecado ecológico».
—Es muy interesante, porque se ha acotado en una terminología adecuada a la Iglesia la destrucción ambiental, que se especifica como un pecado contra la creación y el Creador. Al parecer, el ecocidio está ya incluido dentro de ese «pecado ecológico», que va más allá, porque también lo define como una desobediencia a Dios. Cuando en vez de cuidar la casa común la destruimos, eso es un ecocidio y estamos pecando, según respalda ese documento pastoral.
—¿Qué tendría que cambiar en la manera en que desarrollamos y utilizamos la IA para que sea compatible con la ecología integral?
—Tendría que desarrollarse de forma que acompañe a la naturaleza, no contra ella, y que los humanos siempre tengan control de los sistemas. Además, hay que aprovechar la parte buena que nos puede dar, porque puede ayudar a conservar mejor lo que tenemos y a regenerar la Tierra. Cuidar la casa común es una obligación de todos los católicos y la IA puede ayudar en esta tarea.