Cuando Bolonia fue «el paraíso de las mujeres» - Alfa y Omega

Era el 17 de abril de 1732. Una joven de 20 años paseaba en carruaje por las calles de Bolonia entre sonoros aplausos. Poco antes había defendido públicamente 49 tesis en latín, dejando asombrados a los asistentes. Tras su éxito le habían entregado un libro, una corona de laureles de plata, un anillo y un manto de armiño. También se había pronunciado una oración en latín pidiendo a Dios la gracia de desplegar aquel talento. Aquella joven era Laura Bassi, que el 12 de mayo recibiría formalmente el doctorado en Filosofía.

Entre las numerosas personalidades que acudieron al evento se hallaba el cardenal Próspero Lambertini, a la postre el Papa Benedicto XIV, uno de los principales valedores de Laura. Aquel mismo año logró la que podría considerarse la primera cátedra universitaria moderna concedida a una mujer, la de Filosofía Natural, y en 1776 obtuvo la cátedra de Física Experimental, disciplina en la que constató que la ley de Boyle-Mariotte podía presentar desviaciones en determinadas condiciones. Además, tuvo gran influencia sobre científicos como Luigi Galvani y Lazzaro Spallanzani, y creó con su marido un laboratorio doméstico de física al que acudían estudiantes de lugares lejanos.

¿Casualidad? No lo parece. Según el historiador Massimo Mazzotti, Bolonia llegó a considerarse entonces como «el paraíso de las mujeres». Benedicto XIV también apoyó a Maria Gaetana Agnesi, la primera mujer en recibir una cátedra de Matemáticas, aunque no llegó a ejercerla y terminó dedicándose a obras de caridad, y a Anna Morandi Manzolini, anatomista y profesora en Bolonia, célebre por sus disecciones y sus precisos modelos anatómicos de cera. Así, Mazzotti llega a hablar de una Ilustración católica en la que las mujeres ocuparon un lugar singular. 

El camino venía de antes. En el siglo XVII Elena Cornaro Piscopia, una oblata benedictina de profunda fe, se había convertido en la primera doctora universitaria de la historia. A ella se añadirían en el siglo XVIII otras doctoras en Italia y dos en España: María Pascuala Caro Sureda y María Isidra de Guzmán. El panorama se completa con dos alemanas, ambas luteranas, lo que muestra cómo el cristianismo ha desempeñado un papel muy importante en la promoción intelectual de la mujer.

Pero incluso podemos movernos más atrás en el tiempo. En el siglo XII hallamos a santa Hildegarda de Bingen, doctora de la Iglesia, que además fue abadesa, fundadora de monasterios, supervisora de su construcción, compositora y hasta creadora de una nueva lengua. Para colmo, escribió dos obras sobre ciencias naturales, Causae et curae y Physica, que, pese a las limitaciones de la medicina de su tiempo, tienen un enorme mérito. Aunque su caso no surgió de la nada: muchas mujeres gestionaban salud, alimentación y educación en el ámbito doméstico, y existían manuales de medicina y cuidado familiar dirigidos específicamente a ellas.

Con todo, la modernidad también puede depararnos sorpresas. En el siglo XIX destaca Agnes Mary Clerke, autora de A popular history of astronomy, un libro que contó con cuatro ediciones revisadas y actualizadas y en el que logró sintetizar la astronomía de su tiempo. Apareció cuando más hacía falta, en pleno nacimiento de la astrofísica. Así, ayudó a los científicos a comprender el nuevo universo y anticipó lo que hoy llamaríamos un artículo de revisión científica, como reconoce la astrónoma Mary Brück. Agnes Mary Clerke fue también un ejemplo de humanidad y casi una madre para la red de astrónomos de la época, mientras que su patrimonio acabó en misiones y obras de caridad, en consonancia con la ayuda que había prestado en vida a gente desfavorecida en Londres. 

Más adelante, en el siglo XX, encontramos a Dorothy Garrod, conversa del anglicanismo al catolicismo y primera mujer en ocupar una cátedra en Cambridge, cuyos trabajos en el monte Carmelo contribuyeron a establecer la cronología prehistórica del Levante. Por su parte, la religiosa dominica Miriam M. Stimson, cuyo lema era La investigación como adoración, popularizó los discos de KBr para espectroscopia infrarroja, una técnica que contribuyó a confirmar ciertos aspectos de la estructura del ADN. Ya en España, llama la atención la beata Guadalupe Ortiz de Landázuri, doctora en Química y catedrática, cuya investigación se alineó con lo que hoy conocemos como el cuidado de la casa común, pues desarrolló materiales refractarios aislantes a partir de residuos industriales para reducir las pérdidas de calor y moléculas para mejorar la limpieza textil con menor consumo de agua y detergentes, cuando apenas había interés por esta cuestión.

Son mujeres de épocas diferentes y ámbitos científicos diversos, pero, al conocer sus biografías, se descubre cómo abrieron camino hacia una mayor presencia de la mujer en la sociedad de una forma humilde y a la vez audaz, siempre en actitud de servicio. Ciencia y fe, lejos de contradecirse, se complementaban en sus vidas, porque, como decía santa Edith Stein, «quien busca la verdad, consciente o inconscientemente, busca a Dios».

El autor ha escrito el libro Mujeres de ciencia y fe y hablará sobre este tema en el V Congreso de la Sociedad de Científicos Católicos de España, que se celebra del 17 al 19 de septiembre de 2026 en la Universidad Pontificia Comillas, en Madrid.