70 veces siete - Alfa y Omega

70 veces siete

24º Domingo del tiempo ordinario / Mateo 18, 21-35

María Yela
'Parábola del siervo despiadado' (detalle), de Domenico Fetti (h. 1619-1621). Gemäldegalerie Alte Meister, Dresde.
Parábola del siervo despiadado (detalle), de Domenico Fetti (h. 1619-1621). Gemäldegalerie Alte Meister, Dresde.

Evangelio: Mateo 18, 21-35

En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo”. Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: “Págame lo que me debes”. El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré”. Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”. Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».

Comentario

El Evangelio de este domingo nos invita a reflexionar sobre el perdón. Somos seres en relación y ello conlleva conflicto. También concordia. Vivimos necesitados de acuerdos. Todos anhelamos sosiego, pero no es fácil conseguirlo. Escuchamos que es mejor tener paz que razón, que quien nos enfada nos domina, que quien pide perdón es inteligente, que quien perdona es fuerte y quien se perdona, sabio. Depende mucho del vínculo que tengamos con quien nos ofende, del peso del daño recibido, del tiempo transcurrido y si tenemos antiguos rencores acumulados; de la actitud del ofensor, que a veces no quiere perjudicar y otras no desea acercamiento.

Sin perdón no hay futuro, nos repetían Desmond Tutu y Roger de Taizé impulsando la reconciliación. Perdonar es una actitud, una decisión que hemos de seguir fomentando a lo largo de nuestro crecimiento, es un camino para superar desilusiones y dolor. No nos tiene que hacer más vulnerables ni conformistas y sí que tiene efectos positivos para nuestra salud mental, al no vivir cargando ese peso. Tampoco nos convierte en felpudo que pisoteen otros, porque necesitamos protegernos. Aprendemos progresivamente poniendo límites razonables para intentar que no se repitan ciertas acciones. En las relaciones familiares lo vemos con discrepancias entre hermanos, con hijos desobedientes o con diferencias en la pareja.

Esta semana preguntamos al Maestro junto a Pedro cuántas veces debemos perdonar. Se trata de un pasaje evangélico muy iluminador. Si comprendemos el amor de Dios, si sentimos su perdón, es más sencillo trasladarlo al día a día y darle vida. Cada noche, igual que tiramos la basura acumulada, intentemos desprendernos de todo lo que nos angustia, perdonándonos a nosotros y a los demás. En las prisiones intentamos revisar el daño hecho, identificar problemas y posibles soluciones, reconocer errores, solicitar perdón, reparar el dolor causado y aprender a hacer las cosas mejor. Lo mejor que podemos, porque no somos perfectos. Ahí radica también un factor importante: ¿son nuestras expectativas vitales sensatas? ¿Qué esperamos de los demás y de nosotros mismos? A veces nos enfadamos hasta con Dios porque no entendemos cómo transcurre la vida y que Él va con nosotros.

Perdonar no es exculpar, más bien es acompañar en la transformación. Muchos tenemos experiencia  de haber sido perdonados cuando más lo necesitábamos. Y de perdonar. Pero si el daño hecho llega a ser delito, no se elimina la responsabilidad penal. Nuestra sociedad no solamente vive crispada y polarizada, también da y ha dado pasos positivos en forma de normativas, asociaciones, instituciones, programas, convenios de cara a paliar ese daño. Y debe (debemos) seguir haciéndolo. Es impresionante cómo responden algunas víctimas en los diálogos restaurativos. Se trata un acto voluntario dirigido hacia el que les ha hecho daño, pero ello no significa justificar ni borrar.

Somos mucho más que acción-reacción. Pensemos qué pulsa nuestra tecla reactiva y trabajemos en ello. Es un cambio de mirada más que un cambio de circunstancias externas. Ahondemos en el abrazo del padre acogiendo al hijo pródigo y en el de nuestro Padre. Confiemos en Él. No nos agobiemos con escrúpulos, culpas, orgullos. Perdonar es un regalo, no una utopía. De nosotros dependen también los pequeños cambios que van escribiendo la historia.