José Luis Segovia: «Existen experiencias ejemplares de trabajo pastoral por zonas» - Alfa y Omega

José Luis Segovia: «Existen experiencias ejemplares de trabajo pastoral por zonas»

El vicario Pastoral de la archidiócesis de Madrid ofrece las claves del proyecto pastoral para el nuevo curso, marcado por una reorganización territorial en clave misionera y la Asamblea Diocesana de Jóvenes

María Martínez López
El vicario Pastoral saluda al Papa León XIV durante su visita a Madrid.
El vicario Pastoral saluda al Papa León XIV durante su visita a Madrid. Foto cedida por José Luis Segovia.

—¿Qué ecos han llegado de las parroquias, delegaciones y fieles sobre la visita del Papa y cómo se ha trabajado con ellos para elaborar las líneas pastorales para el próximo curso?
—La verdad es que la visita del Papa León XIV ha superado todas las expectativas. Su extraordinaria acogida solo puede entenderse como un don de la gracia, unido al esfuerzo generoso y sostenido de las muchas personas que hicieron posible su preparación y desarrollo.

 Sus mensajes, firmes en el contenido y amables en la forma, han calado hondo en nuestra Iglesia diocesana. Ahora nos corresponde acogerlos, rezarlos y ponerlos en práctica tal y como propone nuestro arzobispo en una de las líneas pastorales para el próximo curso.

En esta misma perspectiva se sitúa el proyecto pastoral que presenta el cardenal. Es una propuesta que se ha contrastado en diversos órganos consultivos de la diócesis, cuyas aportaciones han contribuido a enriquecerla y perfilarla.

—El documento usa la imagen de un árbol con unas raíces y un tronco (los procesos comunes) en el que hay claves ya conocidas como la vocación que implica el Bautismo, la centralidad de la Eucaristía, la formación o la sinodalidad. De ellos salen las ramas, los desarrollos pastorales. ¿Qué nuevas ramas están brotando de ellas a raíz de los mensajes de León XIV? ¿Ha habido sorpresas o algún nuevo planteamiento?
—En realidad, la mayor sorpresa no ha estado tanto en el contenido del mensaje del Papa, como en la recepción del mismo. Todo indica que estamos viviendo un momento singular con rasgos propios, que es pronto para valorar, pero que comienzan a diferenciarlo de otras etapas anteriores.

 El Papa conocía con bastante detalle la vida de la Iglesia madrileña y los desafíos pastorales a los que se enfrenta. Como dijo en el avión, antes de aterrizar, venía a confirmarnos en la fe y a abrir un coloquio evangelizador con todos, dentro y fuera de la Iglesia.

Ya antes había mostrado con claridad que dos grandes líneas orientarían su ministerio: dar continuidad al programa trazado por su predecesor en Evangelii gaudium y seguir profundizando en la recepción del Concilio Vaticano II, haciendo de la sinodalidad un modo de ser y de vivir la Iglesia.

Por ello, sus intervenciones no contienen grandísimas novedades. Más bien constituyen un empujón feliz para seguir trabajando en el camino ya iniciado. correcta. No es ninguna casualidad que nuestro arzobispo haya montado en buena medida el proyecto pastoral del 2026-2027 sobre los grandes desarrollos formulados por el Papa León XIV.

—Las comunidades están llamadas no a contar actividades, sino a «tomar el pulso» a su vida comunitaria. ¿Cuáles serían los indicadores?
—Algunos indicadores son muy evidentes. Uno de ellos se refiere a comprobar si la parroquia cuenta o no con un consejo pastoral efectivo, que se reúna todos los meses y en el que se compartan, disciernan y orienten los principales aspectos de la vida parroquial.

Otros indicadores son de carácter más cualitativo. Alguno podría formularse mediante una pregunta muy sencilla: cuando un matrimonio joven desea cultivar y hacer crecer su vida cristiana ¿encuentra en mi parroquia un espacio cálido, acogedor, habitable y verdaderamente comunitario? O, por el contrario, ¿percibe que su presencia es un problema porque no sabemos cómo acompañarlo e integrarlo?

 —Las parroquias deberán celebrar una asamblea pastoral y elaborar un proyecto pastoral cada año. 
—No se trata tanto de hacer más cosas cuanto de asumir un estilo. Programar y evaluar forman parte de las exigencias más elementales de toda acción pastoral —y, en realidad de toda acción humana— que aspire a ser responsable y fecunda. No debería vivirse como una sobrecarga, sino como la consecuencia natural de una lectura creyente sobre la realidad y de los desafíos evangelizadores que esta presenta, buscando responder en comunión con el conjunto de las comunidades cristianas de la diócesis.

Evaluar es igualmente una práctica imprescindible. Solo si nos detenemos a revisar lo que hacemos podremos discernir si está dando fruto, por qué lo hace o por qué no, y qué cambios conviene introducir. La escasa cultura de la evaluación que todavía existe en muchos ámbitos de nuestra vida eclesial constituye una seria debilidad que conviene afrontar.

Por su parte, la asamblea parroquial anual surge de manera casi espontánea cuando existe un consejo pastoral vivo, representativo y verdaderamente participativo. Entonces nace el deseo de reunir a toda la comunidad, de contar también con quienes solo pueden participar de forma ocasional, de rezar juntos, dar gracias a Dios y reconocer con alegría los pasos que se van dando para responder a la misión evangelizadora.

Y todo ello es posible también en parroquias pequeñas o con recursos limitados. Lo decisivo no es el número, sino el estilo. Una comunidad que vive y trabaja de manera corresponsable posee una extraordinaria capacidad de convocar.

Como ha recordado el Papa León XIV, «Dios no nos salva solos». Y Benedicto XVI enseñaba que también la esperanza tiene una dimensión esencialmente comunitaria. Esa convicción es la que sostiene y da sentido a este modo de hacer Iglesia.

 —Se seguirá reforzando los arciprestazgos y las vicarías como «espacios de misión compartida y corresponsabilidad». ¿Hay casos que puedan servir como ejemplo?
—Existen ya experiencias de trabajo pastoral por zonas que resultan verdaderamente ejemplares. Suelen compartir algunos rasgos comunes: sacerdotes que se aprecian y colaboran, aun siendo diferentes; capacidad para confiar responsabilidades al laicado; y una clara prioridad por la vida comunitaria y el acompañamiento personal en la fe.

Como dato significativo, fueron precisamente estas características las que, durante la pandemia, hicieron que muchas parroquias se convirtieran en una referencia para sus barrios, sin necesidad de desarrollar iniciativas espectaculares. La fortaleza no residía tanto en la cantidad de actividades cuanto en la calidad de los vínculos y en la cercanía con las personas.

Necesitamos consolidar una auténtica cultura del trabajo en equipo, también entre los sacerdotes, y comenzar a cultivarla desde la formación en el seminario. Afortunadamente, ya se están dando pasos importantes en esa dirección.

En este contexto adquiere especial relevancia la propuesta del cardenal Cobo de que, en cada una de las seis nuevas vicarías que comenzarán a funcionar el próximo curso, exista al menos una experiencia de trabajo pastoral compartido entre tres parroquias, atendidas por un único equipo pastoral integrado por el párroco, el vicario parroquial y el sacerdote adscrito. Todo ello, por supuesto, en estrecha colaboración con la vida consagrada y con un laicado corresponsable y comprometido.

Todos los cambios tienen como horizonte la evangelización. La finalidad es impulsar una organización pastoral más misionera y comunional. En ella, los arciprestes están llamados a asumir un mayor protagonismo, junto con las delegaciones diocesanas, en la animación y coordinación pastoral del territorio. Por su parte, los vicarios episcopales reforzarán su misión de acompañar a los sacerdotes y a las comunidades cristianas, manteniendo una relación cercana y permanente con el obispo. De este modo, la organización diocesana busca estar cada vez más al servicio de la comunión, de la misión y del cuidado de las personas.

 —¿Terminará entonces de cristalizar este curso la reorganización territorial?
—Después de muchos años de reflexión y diálogo, y gracias al excelente trabajo realizado por la Comisión para la Reordenación Territorial —que ha incluido rigurosos estudios sociodemográficos y un amplio proceso de consulta a las personas e instituciones afectadas—, el próximo curso comenzará la implantación de la nueva organización territorial de la diócesis. La propuesta ha recibido, además, el parecer favorable de todos los órganos consultivos, con el respaldo unánime del Consejo Presbiteral.

La reorganización supone, en líneas generales, pasar de ocho a seis vicarías territoriales y de sesenta a cuarenta y siete arciprestazgos. También incorpora algunos ajustes en los límites territoriales y tiene en cuenta las zonas que experimentarán un importante crecimiento urbanístico en los próximos años, con el fin de responder mejor a la realidad pastoral emergente.

Su aplicación será progresiva y permanecerá abierta a los reajustes que la experiencia aconseje. Uno de los hitos más significativos de este proceso tendrá lugar durante el primer trimestre de 2027, cuando se proceda a la elección de los nuevos arciprestes.

Más que un cambio administrativo, esta reorganización pretende ofrecer un marco que favorezca una mayor cercanía pastoral, fortalezca el trabajo en común y facilite una respuesta más ágil y coordinada a los desafíos evangelizadores de nuestra diócesis.

 —Se formará en liderazgo compartido a los responsables de la pastoral. ¿A qué retos nos enfrentamos para vivirlo?
—El reto es muy simple: aprender a trabajar juntos. El individualismo es una lacra de nuestro tiempo que hace mella en la cultura organizacional de la Iglesia. Liderar no es mandar. Tampoco inhibirse. Un liderazgo eficaz y colaborativo capaz de sacar lo mejor de todos es imprescindible para revitalizar y entusiasmar a nuestras comunidades cristianas.

 —Ante el desafío de seguir promoviendo la comunión en la diversidad, ¿ha sido la visita de León XIV ocasión de dar pasos concretos? ¿Podría poner algún ejemplo?
—Además del hecho inédito, en los últimos lustros, de que pudiesen mantener un discurso bastante compartido el representante de la patronal y de los dos principales sindicatos, al finalizar el acto de Madrid Arena, dos mujeres representando al Grupo de Líderes y Políticos Cristianos de la diócesis (abarcando una amplia gama de militancias) y a la Red Fratelli Tutti (jóvenes que participan en la rama joven de diferentes partidos políticos) entregaron al Papa León XIV sendos manifiestos en los que ponían de relieve su empeño en despolarizar la vida pública y fomentar el diálogo y la amistad social como claves de la política y de su vocación al servicio del bien común. Ver sesiones de trabajo de unos y otros, con debates amigables, fraternos y respetuosos ¡resulta increíble!

Creo además que los siete minutos de prolongado aplauso al Papa León XIV en el Congreso no fueron provocados porque los miembros de las dos Cámaras compartieran la totalidad de su discurso, sino por algo posiblemente más relevante: por devolver al Parlamento la dignidad de ser la casa de la palabra, el templo del diálogo y de la búsqueda del bien común, la paz y la justicia social.

 —El proyecto pastoral anuncia dos grandes citas para la diócesis: la beatificación de los seminaristas mártires el 28 de noviembre y la Asamblea Diocesana de Jóvenes, del 19 al 21 de febrero. ¿Cómo marcarán el ritmo del curso y, especialmente la cita de jóvenes, la preparación de la Asamblea diocesana del último trimestre de 2027?
A veces da la impresión de que vivimos instalados en lo extraordinario. La realidad de Madrid, tan compleja y plural, hace inevitable que cada curso esté marcado por acontecimientos de especial relevancia. Sin embargo, el verdadero desafío consiste en saber integrarlos en el camino ordinario de la vida pastoral y convertirlos en oportunidades de evangelización.

La próxima beatificación de los seminaristas mártires será, además de un acto de memoria agradecida hacia quienes entregaron su vida por fidelidad a la fe, una ocasión privilegiada para suscitar una renovada llamada vocacional. Las iniciativas que se están preparando en torno a este acontecimiento quieren precisamente poner el acento en esa dimensión.

Del mismo modo, la Asamblea Diocesana de Jóvenes, que la Delegación de Jóvenes está impulsando con entusiasmo, ofrece una magnífica oportunidad para que las parroquias se pregunten cómo acoger y acompañar a tantos jóvenes buscadores. Se trata de una realidad que crece de forma significativa y que constituye una oportunidad providencial para una Iglesia que quiere vivir en clave misionera y dialogar con el mundo de hoy.

Como ya ocurrió con CONVIVIUM, el verdadero valor de esta Asamblea no reside únicamente en el acto final. Su mayor riqueza está en el camino recorrido para hacerla posible: el trabajo compartido, los vínculos que se crean, la colaboración entre las comunidades y el fortalecimiento de la red pastoral en el territorio. Es precisamente en ese proceso donde suelen madurar los frutos más fecundos y duraderos. Todo ello nos sitúa en un horizonte más amplio: el trabajo de este curso y esta Asamblea son etapas de un mismo camino que desembocará en la Asamblea Diocesana del 27 de noviembre de 2027.

—Atender las nuevas periferias y tejer redes en el diálogo con la cultura y la sociedad son iniciativas que beben muy directamente de la visita. ¿Qué forma tomarán?
—Una de las cosas que más gratamente ha sorprendido al Papa, además del número tan elevado de personas implicadas en la realización de los diferentes eventos, fue la capacidad de vincular realidades muy diferentes, de buscar puntos de encuentro entre la fe y la cultura, la fe y los distintos estamentos de la sociedad civil.

Ahora mismo estamos en fase de gestación de ideas, pero para el inicio del curso próximo se conocerán varias iniciativas que darán continuidad a esta prometedora dirección de seguir tejiendo redes y generando vínculos. No se nos puede olvidar que el Espíritu Santo es el garante de la unidad y también de la diversidad; asiste a la Iglesia, pero no deja de sobrevolar con cariño al mundo fuera de ella.