El pincel y la cruz: dos milenios de arte cristiano en China (I)
La historia del cristianismo en China no es, como suele creerse, una importación moderna de Occidente. Es, en realidad, un relato de inculturación profunda, donde el Evangelio ha intentado hablar mandarín a través de la seda, la tinta y la piedra durante casi mil quinientos años. Desde las estelas de la dinastía Tang hasta el vanguardismo digital contemporáneo, el arte cristiano chino es un testimonio visual de un diálogo constante y dinámico entre varias cosmovisiones milenarias.
Ante de comenzar, no olvide que en China el catolicismo y el protestantismo se consideran religiones distintas. El catolicismo se denomina Tiānzhǔjiào («Religión del Señor del Cielo»), término creado por Matteo Ricci en 1583-1603 para adaptar el mensaje universal cristiano a la cultura local; este nombre fue consolidado por el Edicto de Tolerancia del emperador Kangxi (1692) y ratificado como el único válido por el papa Benedicto XIV (1742). Por su parte, los misioneros protestantes del siglo XIX adoptaron el nombre Jīdūjiào («Religión de Cristo»), lo que provoca que, actualmente, presentarse como «cristiano» en China sea interpretado automáticamente como ser protestante. Téngalo en cuenta en sus conversaciones. No obstante, en este artículo usaremos el término «cristiano» en el sentido amplio que se le da en lengua española.
Los orígenes del cristianismo en China a través del apóstol Tomás o sus seguidores forman parte de la tradición católica por vía de la Iglesia siro-malabar en la India. En torno al año 2002 comenzó a difundirse en medios de divulgación chinos una posible interpretación cristiana de los relieves de Kongwangshan (Lianyungang, provincia de Jiangsu), generalmente considerados como un testimonio temprano de la llegada a China del budismo, en el siglo II. En la prensa china, esta nueva interpretación se asociaba con el teólogo evangélico Wang Weifan (1927-2015), profesor del Nanjing Union Theological Seminary —el único seminario protestante en China—. Sin embargo, aún no existe un consenso académico al respecto, fundamentalmente por la falta de paralelos y por la ambigüedad de las escenas. Esperamos que el futuro presente resultados científicos capaces de generar consenso. En este sentido tenemos que añadir que la introducción del cristianismo en ese periodo, durante la dinastía Han, y el que los relieves sean representaciones cristianas serían hipótesis de trabajo minoritarias y controvertidas.
Por el momento, todo comienza oficialmente en el año 635, cuando el monje Alopen llegó a Chang’an (hoy Xi’an), capital de la dinastía Tang (618-907). Pertenecía a un grupo de misioneros de la Iglesia de Oriente (nestorianos) y trajo consigo una fe que los chinos llamaron Jingjiao, es decir, Religión Luminosa o Ilustre. Esta información la conocemos gracias a la Estela de Xian (781), redescubierta en el siglo XVII por misioneros jesuitas. La estela contiene una paráfrasis de los principales preceptos cristianos traducidos al lenguaje filosófico taoísta y budista. Hace asimismo una breve crónica de los 150 años de cristianismo chino hasta entonces, subrayando la protección por parte del emperador Taizong (r. 626-649) y sus sucesores. Pero lo más fascinante es su iconografía: la cruz, entre dragones auspiciosos, brota de una flor de loto y está rodeada de nubes taoístas, de modo que el símbolo cristiano se asienta sobre la pureza budista y la fluidez del Tao.
En un giro dramático, la crisis de finales de la dinastía Tang trajo consigo un periodo de persecución y silencio para el cristianismo chino. El punto de ruptura fue el Gran Edicto de Prohibición (845), una medida desesperada del Estado por recuperar el control económico y la «pureza» ideológica frente a las instituciones budistas. Sin embargo, los cristianos y los maniqueos fueron los trágicos daños colaterales de esta política xenófoba. Fue en este clima de miedo cuando la Estela de Xi’an fue enterrada apresuradamente para evitar su destrucción, quedando oculta bajo tierra durante casi ocho siglos.
El cristianismo, perseguido en el corazón del Imperio, se retrajo hacia la frontera y buscó refugio en las vastas estepas del norte. Allí, lejos del control de la corte, la fe sobrevivió gracias a la resiliencia de los comerciantes de la Ruta de la Seda, quienes siempre habían acogido estas creencias por su carácter transnacional y porque buscaban en ellas la protección divina para sus negocios. La arqueología moderna ha rescatado de este periodo de sombra pequeñas y toscas cruces metálicas halladas en tumbas de la zona; estos objetos devotos, a diferencia de los grandes monumentos imperiales, servían como amuletos de fe privada en un tiempo de exilio.
Bajo la dinastía Yuan (1271-1368), de origen mongol, la Ruta de la Seda intensificó su actividad, permitiendo que el catolicismo llegara a China y que el nestorianismo se reactivara. En este ambiente cosmopolita destacó el franciscano Juan de Montecorvino (1247-1328), contemporáneo de Marco Polo (1254-1324). Montecorvino llegó en 1294 a Cambaluc (Bejing), donde fue obispo desde 1307 y erigió dos iglesias que introdujeron el latín y el canto gregoriano en China.
A Cambaluc le siguió Zaiton (actual Quanzhou, en Fujian), sede episcopal fundada por los colaboradores de Montecorvino. Este puerto es el único lugar del mundo donde conviven, en un mismo enclave medieval, relieves cristianos (católicos y nestorianos), islámicos, hindúes, maniqueos, budistas y taoístas. Para el arte cristiano, estas lápidas muestran la fusión de la estética europea con las tradiciones chinas: ángeles con rasgos mongoles y aspecto de apsaras budistas vuelan entre nubes de estilo chino. Por su parte, el relato de Odorico da Pordenone (c. 1286-1331) describe la red de conventos franciscanos en los puertos del sur, confirmando que la misión no era un hecho aislado, sino una presencia consolidada.
También la ciudad de Yangzhou —cruce del Gran Canal con los ríos Yangtsé y Huai— ha dejado restos importantes, como las lápidas de Caterina Vilioni (1342) y de su hermano Antonio (1344). Estos hallazgos demuestran la presencia de familias cristianas enteras trabajando como expatriados en este nudo logístico de China del comercio del grano, la sal y la seda, confirmando los datos de Marco Polo. A nivel artístico, las lápidas reflejan cómo los artistas locales reinterpretaron las imágenes de la Virgen, Cristo y los martirios de los santos patronos de los difuntos —tomados del gótico internacional— fusionándolas con la cultura yuan. Fenómeno semejante experimentó la asociación de la Virgen María con el Bodhisattva Guanyin.