Un coro de mil voces para contagiar la música del Evangelio - Alfa y Omega

Ver cantar acompasado a un coro de mil voces, como el que escuchamos en el Santiago Bernabéu en el Encuentro del Papa León XIV con las iglesias de Madrid, Alcalá de Henares y Getafe, es una prueba evidente de que hacer las cosas juntos es posible, en la Iglesia y en la sociedad.

No olvidemos que «la Iglesia camina con la humanidad», como ha dicho el Papa en su histórico discurso a los miembros del Parlamento Español. Tan histórico como el aplauso al final de sus palabras. En un hemiciclo donde el insulto abunda, que todos aplaudan durante varios minutos, hasta el punto de sonrojar al Santo Padre, independiente de su signo político, nadie duda que ese momento pasará a la historia.

Espacios de encuentro

Una Iglesia que comparte, desde el respeto, esperanzas y heridas, escucha interrogantes y se deja interpelar, es decir, está preocupada por quien está al lado, que busca espacios de encuentro, una demanda proferida por la presidenta del Congreso de los Diputados, Francina Armengol. España, reconocía el Papa, vive de «una herencia que ha dado forma a un modo de vivir la libertad, practicar la justicia y ordenar la vida común», y «ha sabido mirar al ser humano como algo más que una pieza del orden social, económico o político».

El camino juntos se facilita cuando se concreta «una comunidad humana más amplia que cualquier poder particular», cuando todo ser humano es reconocido como «sujeto de derechos y deberes». También en el momento en que asumimos que «toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana» y no se impone «la cultura del descarte», cuando no se deja de «servir y proteger a cada persona» y se comparte el bien común, recordaba León XIV.

A caminar juntos se aprende en la familia, «primera escuela de humanidad», decía el Papa. También cuando se acoge, dado que esa es una cuestión moral, a quienes sufren «el trágico drama migratorio», cuando ante este drama se da «una respuesta que mire a las personas», y desde una respuesta institucional, «las fronteras dejan de ser lugares de abandono y pueden convertirse en espacios de protección responsable de la dignidad humana».

Sin paz no es posible caminar juntos, de ahí la llamada del Papa. Una paz «que respete a quien piensa distinto», haga posible «la amistad cívica y el respeto mutuo en medio de la discrepancia» y fomente la justicia y el diálogo paciente. Para caminar juntos hay que entender que «la firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación», que «el derecho debe servir al bien, que la justicia pone límites a la fuerza, que el poder necesita legitimidad, que los pobres pertenecen plenamente a la comunidad, que el extranjero debe ser acogido conforme a su dignidad y que la vida humana jamás puede ser tratada como mercancía». Todo es cuestión de «altura de miras».

Obispos que apuestan por la sinodalidad

Entre el episcopado también supone un desafío el caminar juntos. En sus palabras en la sede de la Conferencia Episcopal Española, el Santo Padre hacía ver la importancia de la escucha en profundidad y de comunicarnos con el otro, superando la desconfianza hacia lo desconocido, las rencillas e incomprensiones, como brújula para vivir la sinodalidad. Para vivir esa sinodalidad hablaba de «la necesidad de activar la corresponsabilidad de los miembros de la comunidad en nuestras acciones pastorales». También «del diálogo respetuoso y el uso de nuevos lenguajes».

Desde ahí, el pontífice llamaba a «aprender el lenguaje del otro, iniciar procesos e ir tejiendo vínculos donde poder sembrar la semilla del Reino». Para ello, «escucha, comprensión, respeto, generosidad y franqueza» y también «una comunión capaz de acoger la riqueza de los dones, de los carismas, de las sensibilidades que el Espíritu Santo suscita en el Pueblo de Dios».

En esa tesitura, desafiaba a los obispos a «ser principio visible de comunión», a «custodiar la unidad, favorecer el diálogo, sanar las fracturas y acompañar el camino del pueblo», como modo de ser Iglesia misionera. Un caminar juntos en el que es imprescindible, «aunar fuerzas, aprender a trabajar juntos». Hacerlo también en momentos de oscuridad, ser samaritanos, cuidar a los heridos por los abusos desde «la escucha, la verdad, la justicia, la reparación y un compromiso cada vez más decidido en la prevención y la cultura del cuidado».

Superar las murallas

Para poder avanzar en el camino sinodal hay que superar las «murallas que no se ven: distancias, miedos, soledades, indiferencias», como decía el arzobispo de Madrid, cardenal José Cobo en la Catedral de la Almudena. También pedía, «ser buscadores y constructores de encuentro» y «construir comunidades capaces de derribar barreras y abrir caminos de fraternidad». Una muralla, decía el Santo Padre ante la patrona de Madrid, que al caer «abre espacios, restaura posibilidades e impulsa restablecimientos» y supera las murallas «que dividen, alejan y aíslan».

Esa Iglesia sinodal, decía Cobo en el Bernabéu, se sustenta en el hecho de que «todos, por el bautismo, participamos de la misma dignidad y de una responsabilidad compartida», de una Iglesia Pueblo de Dios. Una Iglesia que «camina unida, que escucha, discierne y se deja guiar por el Espíritu, para ser signo e instrumento de comunión y de esperanza en medio del mundo», subrayaba el arzobispo.

Una Iglesia de Madrid en salida, corresponsable, con una autoridad desde el servicio y en la que la misión se teja caminando juntos. Para ello, el cardenal llamaba a cantar juntos, en armonía y comunión, para que la sinodalidad sea real y visible. Y es que, advertía, «el verdadero riesgo no es el silencio, sino la disonancia». Y es que «la Iglesia evangeliza de verdad cuando suena como un conjunto y no como una suma de solos, cuando la comunión se vuelve audible y deja entrever que es Cristo quien la sostiene». Una comunión que «no es estrategia, es fruto del amor».

Abrir un camino de esperanza

Una polifonía a la que también llamaba León XIV a las Iglesias de Madrid, Alcalá y Getafe, para «interpretar los acontecimientos y las situaciones celebrando con los demás el sentido que irradian», para mostrar «que el Evangelio puede abrir un camino a la esperanza». El Papa llamaba a la comunión en la diversidad, y así «edificar juntos, transformando la diversidad en un recurso y haciendo de la escucha y del diálogo el terreno común en el cual hacer crecer la justicia y la fraternidad».

El Santo Padre llamó a la práctica de la sinodalidad, que ve como «espacio en el que la humanidad recupere sus cimientos sólidos y su fin último». Igualmente, llamó a buscar juntos la verdad, a ser una sinfonía, a ser cordiales, a invertir en los consejos parroquiales y diocesanos como «espacios de escucha recíproca para el ejercicio del discernimiento». Para ello invitó a los presbíteros a «reconocer la práctica del discernimiento comunitario como una de las mayores oportunidades que la sinodalidad ofrece a su ministerio». No olvidemos que caminaremos juntos cuando cantemos «la música del Evangelio, con su ritmo contagioso».