Existir y actuar junto con otros es grande, bello, nos plenifica, nos permite participar, aportar y recibir, sacar lo mejor de nosotros mismos, construir sociedades y lograr en común imposibles posibilidades. Pero ¿es mi actuar junto con otros así? La crisis del hantavirus me ha dado que pensar y me ha hecho caer en la cuenta de con qué facilidad me deslizo, y no seré el único, hacia miradas que no tocan realidad y olvidan lo esencial y más básico: el sistema de referencia prójimo, que pone a este en el centro.
Comprendo el miedo que la palabra «virus» nos hace revivir, el temor propio y por los nuestros después de la COVID-19. Pero lo nuestro, lo humano y lo cristiano, es afrontar los miedos con racionalidad y verdad, con corazón y humanidad. Dicen que el miedo es libre, aunque en el fondo nos quita libertad cegando la mirada; y por eso no pocos lo utilizan para usar a otros. Tiene dos ingredientes: una cucharadita de realidad en un caldo de irracionalidad, y se cocina mejor en el fogón de un emotivismo polarizador. No es buen timonel.
El 10 de mayo León XIV agradeció al pueblo canario su acogida a los afectados del barco del hantavirus, entre el miedo y la polémica. Sí, al pueblo: sus empleados del puerto, sus sanitarios, sus pilotos, sus gentes, que vencieron el miedo porque tuvieron un mirar que trascendía otras miradas, y vieron al hermano, al que podía ser su esposo, su hija, su amigo. Ellos los hicieron prójimo y nos han hecho a todos humanos.
No sé mucho de virus, aunque —a poco que uno se informe— se descubre que el hantavirus —peligroso— no es comparable a la COVID-19 ni por mortalidad ni por contagios. Lo que sí sé es que este barco no iba de ideologías y de intereses de unos u otros, que siempre los hay. Va de posibles enfermos que necesitan atención y va de cómo cada uno nos definimos ante el rostro del que sufre y necesita cuidado. Se trata de la verdad de lo que hago con mi vida y con nuestra sociedad. Se trata de mis ojos y de mi corazón. Mi sistema de referencia queda al desnudo ante este barco y cada rostro.
Es hora de mirar a los ojos del otro sin que los nuestros queden empañados por el miedo o las ideologías que endurecen la mirada y llevan a la indiferencia. Es la oportunidad de escuchar la llamada de lo humano que resuena en cada uno y mantener una mirada limpia sobre la realidad, sobre el otro, sobre el prójimo. Cuando este es de verdad nuestro sistema de referencia estiraremos de los agentes sociales hacia otro nivel sin caer en su peculiar sistema de referencia. No se trata de mantener una postura equidistante entre ideologías, se trata de trascender y hacer aflorar la verdad de lo humano. Los que tenemos a Jesús deberíamos ser los primeros en realizar este servicio. Elegir vivir con el sistema de referencia prójimo es acoger en mi humanidad la de cualquier otro. Dicho con palabras de Jesús: «Amar al otro como a uno mismo». Ante la pregunta: «¿Y quién es mi prójimo?», Benedicto XVI respondía: «Cualquiera al que pueda ayudar». Y ahí están los dos únicos criterios del abrazo al otro en su dignidad: cualquiera —sin restricciones— y que esté en mi mano —que le podamos ayudar—. ¿Hace falta decir más?
Queda explorar y andar los mejores caminos. Si otros miran a otro lado, si otros pasan, si otros se aprovechan, si otros… ¿me justifica? ¿Nos justifica? ¿Desde dónde miro? Los afectados españoles evolucionan bien, los sometidos a rigurosa cuarentena permanecen asintomáticos, solo alguno en Estados Unidos y Francia ha dado positivo. Las voces alarmistas parecen desmentidas, espero que de forma definitiva. Pero aunque tuviesen razón, el miedo no justificaría la huida; pide una respuesta humana acompañada del máximo rigor y exigencia en las medidas de seguridad, de transparencia con el pueblo, que es quien cuida, quien se arriesga.
Toda comunidad y toda sociedad necesitan enraizarse en el principio prójimo. No se trata de un extra opcional, pues estamos tocando lo humano con toda su fuerza imperativa. Cuando una sociedad abandona o sustituye el prójimo como sistema de referencia, se desvirtúa por desconectarse de la fuente que da unidad a todo proyecto compartido que pretenda ser capaz de construir auténticos bienes comunes, de proponerse metas que llenan, que humanizan, que ilusionan, aunque sean arduas y a veces arriesgadas. Solo las sociedades que descubren y redescubren lo humano y lo comparten son auténticas, y en el fondo —estoy convencido— tendrán futuro, abrirán futuro. ¿Lo intentamos?
En Canarias el miedo ha sido derrotado, y con él mi mayor miedo a que perdiésemos el sistema de referencia. Me sumo al agradecimiento de León XIV, ¡gracias pueblo canario!