León XIV fortalece su voz en África - Alfa y Omega

«No rehuiré anunciar el mensaje del Evangelio», dijo el Papa León XIV a unos 10.000 metros sobre el mar Mediterráneo, en el primer vuelo de su histórico viaje a África. Con reputación de discreto, y para sorpresa de los periodistas estadounidenses, aludía así a las palabras del presidente Donald Trump contra él. Fue precisamente eso, anunciar el Evangelio, lo que hizo durante once días en el continente africano, el primer viaje largo decidido por él de su pontificado. Allí desplegó un lenguaje más firme del que había mostrado en Roma para denunciar políticas que marginan a la población y animar a los fieles, sobre todo los jóvenes, a construir un futuro más esperanzador.

En Argelia, primera etapa, habló a dos públicos distintos. Ante el Gobierno, criticó las «tentaciones neocoloniales» en un país que aún busca reconciliarse con las heridas del colonialismo francés. Ante la Iglesia, en cambio, propuso una visión inspirada en san Agustín, su padre espiritual, a quien honró en su tierra natal. «Sobre todo ante la indigencia y la opresión, los cristianos tienen como código fundamental la caridad», dijo en Annaba (Hipona). 

Aunque Argelia tenía un profundo significado espiritual para León XIV, fue en su segunda etapa, Camerún, donde se hizo más evidente la fuerza de sus palabras y gestos para impulsar la doctrina social. Este país, una de las naciones con la población más joven del mundo, está gobernado por el presidente Paul Biya, quien con 93 años es el jefe de Estado más anciano. En un país además marcado por altos niveles de corrupción, llamó por ejemplo a «romper las cadenas de la corrupción, que desfiguran a los dirigentes, quitándoles autoridad». 

Sus palabras resonaron en una nación que también se enfrenta a un conflicto activo entre el Gobierno francófono y separatistas anglófonos en el noroeste. «¡Paz! ¡Paz! ¡Paz!», gritaba la multitud reunida fuera de la catedral de San José, en Bamenda. A pesar de su alegre acogida, la gente hablaba de cómo el conflicto había hecho sufrir a sus familias. Una mujer me contaba cómo quemaron la casa de su hija y ella y sus seis hijos tuvieron que huir a pie a Nigeria. 

Al concluir cada etapa, el Papa se acercaba a la parte trasera del avión para conversar con los periodistas sobre lo vivido; una práctica impulsada por él que no era habitual durante el pontificado de Francisco. Cuando rumbo a Angola el Pontífice aclaró que su mensaje en Bamenda sobre cómo «el mundo está siendo destruido por unos pocos tiranos» no estaba dirigido a Trump, mostró su voluntad de intervenir directamente en la narrativa mediática sobre su figura; algo poco frecuente en un Papa considerado más distante de la prensa.

En Angola, un país rico en petróleo, minerales y diamantes pero donde aún un tercio de la población vive en la pobreza y con uno de los niveles de desigualdad económica más pronunciados del mundo, el Santo Padre denunció la «lógica extractiva». Y, ya en el interior del país, advirtió contra el riesgo de que «la fe auténtica se sustituye por un comercio supersticioso». Aludía a la brujería. Las prácticas ocultistas para lograr éxito y protección, curarse o dañar a los enemigos son comunes en las aldeas remotas de todo el África subsahariano rural. Al hablar con católicos locales, misioneros y miembros de la jerarquía sobre los mayores desafíos para la Iglesia, mencionaban este repetidamente. Sus historias y los estudios académicos muestran que es más probable que crean en estas cosas los cristianos que aquellos sin afiliación religiosa. 

La última parada de León XIV fue Guinea Ecuatorial, el único país de lengua hispana en el continente africano. Su presidente, Teodoro Obiang, es uno de los líderes con mayor tiempo en el poder en el mundo y ha sido acusado de ejercer una fuerte represión política. Con Obiang sentado en primera fila durante la Misa en la basílica de la Inmaculada Concepción en Mongomo, la iglesia más grande de África central, el Santo Padre dedicó unas palabras a los reclusos, «a menudo obligados a vivir en condiciones preocupantes de higiene y de sanidad». Más tarde visitó la prisión de Bata y, en uno de los encuentros más impactantes, recordó a los reclusos bajo un diluvio que «no están solos».

A pesar de las dificultades del país, la recepción al Papa en Guinea Ecuatorial fue entusiasta. En un encuentro con jóvenes y familias en el estadio de Bata, las masas no dejaron de bailar y cantar bajo la lluvia durante media hora mientras esperaban su llegada y, durante su recorrido en el papamóvil, estallaron de emoción. Al concluir su última Misa en el continente africano, León XIV afirmó que «África está llamada a contribuir significativamente a la santidad y al carácter misionero del pueblo cristiano». 

Ya de regreso, en el avión rumbo a Roma, con marcadas ojeras en el undécimo día de viaje, el Pontífice dijo a los periodistas que su presencia no debía interpretarse como un aval moral a los regímenes autoritarios con los que se reunió, sino como «una expresión de la voluntad de anunciar el Evangelio, de proclamar el mensaje de Jesucristo». Aún con el cansancio marcado en el rostro, el Papa, de 70 años, retomó en Roma, al día siguiente, una agenda llena, en un ritmo de trabajo que recuerda al de su predecesor, Francisco.