Juan Daniel Alcorlo: «Ser cura es el lugar donde poder dar la vida»
Este sacerdote, que formó parte del equipo que preparó CONVIVIUM, está convencido de que «el Señor te da la mejor parroquia, la mejor gente, la que necesitas para crecer»
Juan Daniel Alcorlo es párroco de San Camilo de Lelis y San Mateo, en la Ciudad de los Ángeles. Para él, ser sacerdote es, «sobre todo, ser», sabiendo que «tu vida le pertenece a Otro que te llama de una manera sorprendente», que «eres presencia de Otro más grande que tú». A ello se juntan la historia personal y familiar, el lugar en el que se ejerce el ministerio, los estudios. Desde ahí concluye que «ser cura en Madrid es el lugar donde poder dar la vida».
Dar la vida de mil formas
La asamblea presbiteral CONVIVIUM permitió ver la pluralidad del clero de Madrid, «el amplio mosaico de sacerdotes que podrían contestar a esta pregunta de manera diferente e igualmente inclusiva». Están en Madrid «dando la vida a Jesucristo de mil formas, en medio del pueblo y de la gente a la que estamos destinados, no de una manera casual, sino providencial».
Está convencido de que «el Señor te da la mejor parroquia, la mejor gente, la que tú necesitas en ese momento de tu vida para crecer, para seguir dando la vida». Y de que «tan necesarios somos nosotros para nuestras comunidades» como viceversa. Llama a evitar la sensación de que lo sabemos todo, de ver la parroquia como vender un producto.
El desafío es amar lo que uno ve, a las personas concretas. No ser neutros: «No da igual dónde nos coloquen ni las comunidades son simplemente circunstancias». Esas circunstancias «son esenciales para la vocación». Y, así, el sitio donde se está es «el lugar donde tú tienes que aprender a decir “sí” de nuevo a Jesucristo». A ello se unen los compañeros. En ese sentido, acompañar a seminaristas es un regalo, ves «a una persona que dice “sí” a Cristo».
Diversidad de matices
Su actual destino pastoral, en el que lleva seis meses, tras 15 años en Galapagar, le lleva a decir que «cada parroquia tiene sus matices». Destaca la sed de celebración, de sentido de la vida, de acogida; un deseo de vivir la fe con otros. A la gente mayor del barrio se ha unido un alto porcentaje de personas hispanoamericanas, que «configuran ahora nuestras comunidades». En ellas destaca la sed de lo divino, de la fe en los niños. Del mismo modo, en las personas mayores ve el anhelo «de poder vivir hasta el final la fe que recibieron de sus padres», lo que demanda cuidar los últimos pasos de esas personas en esta vida.
Igualmente, es necesario que «seamos serios en lo que significan la Palabra de Dios, la predicación, la celebración, las reuniones, los encuentros personales en el despacho parroquial»; un lugar en el que «cuando estás, siempre fluye la gente», subraya. Hay «un deseo grande de Dios», de que no les den «gato por liebre, de tratar adultamente a los que vienen con sus preguntas, que a veces son confusas, pero que esconden un deseo de eternidad y de sentido».
Deseo de vivir juntos
Habiendo formado parte del equipo que preparó CONVIVIUM —al principio una provocación del obispo—, la ha vivido como «una manera de decirle “sí” al obispo y decir sí, en el fondo, a Jesucristo. Ponerme en juego ante cosas que son especialmente urgentes e interesantes». Desde la oración y la preparación, «ha supuesto una mirada, un rezar por mis compañeros, por la diócesis; ponerme en el lugar de ellos y desear un bien para todos nosotros».
En esa perspectiva, resalta la necesidad de tomar «conciencia de que hace falta una propuesta que pueda alcanzar a todos los sacerdotes, al menos como propuesta; la diócesis de otras formas lo ha hecho anteriormente». Alcorlo reconoce que CONVIVIUM nació en la incerteza y cierto escepticismo. Sin embargo, ha llegado a un entusiasmo que no es simplemente fuegos artificiales o humo, sino «un deseo de vivir juntos, de tomar conciencia de nuestro ser como presbiterio, de un cuidado profundo y potente; no solo de cada uno, sino también como presbiterio».
Ha sido una oportunidad para rezar por los sacerdotes, con «un trabajo en común que se ha podido realizar con personas y aspectos tan diversos, y responder a esta llamada del obispo que nos invitaba a hacer esta asamblea. Se podría decir que se le ha ido de las manos, se ha desbordado y ha salido algo todavía mucho más grande y desproporcionado de lo que en el inicio podíamos tener en la mente y en el corazón».