Ante los crucificados nunca retires la mirada - Alfa y Omega

Retirar la mirada de la cruz, del Crucificado, de los crucificados de hoy, siempre es una tentación. Inclusive para quienes nos decimos gente de fe, para quienes celebramos el Triduo Pascual o acompañamos el paso de las imágenes en nuestras calles. Y es que nos cuesta reconocer y estar en camino con los otros cristos, aquellos a quienes pone nombre la directora de Alfa y Omega, Cristina Sánchez Aguilar, en el número de esta semana.

Cristos concretos

Cristos concretos, condenados casi siempre injustamente, parte de «un mundo violento y en guerra», como recordaba en el vía crucis diocesano de este miércoles el arzobispo de Madrid, cardenal José Cobo. Lo peor de todo es que esa guerra la tenemos dentro de nosotros y provoca víctimas, que son o un día fueron próximas, a quienes nosotros también hemos condenado a la cruz.

Les hemos condenado y después retiramos la mirada, nos olvidamos de esos crucificados, a quienes vamos deshumanizando, en quienes vamos dejando de ver a seres humanos, inclusive dejando de ver, pues los hacemos desaparecer de nuestro foco. El mundo siempre ha necesitado de Cireneos, aunque hoy se llamen Miriam, de Verónicas, que limpian el rostro de muchos Ousmanes, cuando ponen pie en tierra después de una larga travesía en cayuco.

La gran tentación es retirar la mirada y el desafío es contemplar la cruz y a los crucificados, que están allí donde cada uno de nosotros vive su día a día. Se trata en definitiva de ser humanos y serlo al modo de Jesús, como Él nos enseña, sin miedo al sufrimiento, sin miedo a ese lugar donde Dios está. Un Dios que nunca desvía la mirada de quien necesita su compasión, su misericordia.

Cada cruz esconde una luz

Nunca olvidemos que «cada cruz esconde una luz», como nos decía el cardenal Cobo. Una luz que descubrimos cuando no apartamos la mirada de cada cruz, de cada crucificado. La descubrimos porque allí está Dios, Él nunca está al margen, Él es esa luz de amor que atraviesa el mal, Él está con los que cargan la cruz. El desafío es ponerse al pie de la cruz para contemplar y reconocer su presencia que se esconde en cada oscuridad.

El problema es que hay lugares que no queremos ver, hay otros cristos, sentados «en medio de la acera, en plena plaza mayor de una gran ciudad, la capital donde todo sucede y nadie lo ve, porque nadie te mira». Es ahí donde se encarna el Dios débil y silencioso, al que solo le reconoce quien es capaz de ajustar la mirada.

No retirar la mirada de la cruz suscita en nosotros un sentimiento de compasión para con todos, destierra de nosotros el corazón de piedra que no nos deja ver en el otro, en los crucificados, en los otros cristos, a nuestro prójimo. Es a esa gente que la necesita que somos llamados a llevar la luz. Pero para eso es necesario descubrirla anteriormente, algo que solo es posible si no retiras la mirada.