Vía crucis 2026: En camino con los otros cristos
«Os pido que os fijéis en los cristos vivientes de nuestras calles; os invito a que cojamos la cruz de los demás», pidió el cardenal Cobo tras el pregón de la Semana Santa de este 2026. En este vía crucis, en este camino al Calvario, vamos a acompañar las cruces de tantas personas anónimas con las que nos cruzamos cada día en nuestras calles, en ascensores, en comidas familiares. Y vamos a «mostrar al mundo la belleza de la Resurrección».
Este vía crucis es un encargo al artista Alberto Guerrero de la parroquia de San Francisco de Sales, en Parla. La obra, compuesta por 14 tablillas de madera, «tiene la intención de involucrar al espectador en cada una de las escenas del camino de la cruz», explica el autor, para lo que Guerrero se vale de una perspectiva casi fotográfica. Nacido en Barcelona en 1975, es historiador del arte y restaurador de pintura de carrera. Tras once años como restaurador de pintura de caballete y mural para importantes colecciones e iglesias, reenfocó su carrera a la creación y es responsable de la obra artística de la capilla de la Universidad Francisco de Vitoria, de la parroquia de Las Tablas o de Santa María de Majadahonda, entre otras, en su trabajo dedicado al arte sacro. Aunque su obra abarca mucho más.
Marcos 15, 12-15
Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó: «¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?». Ellos gritaron de nuevo: «¡Crucifícalo!». Y Pilato, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
Podría haberse llamado Lucas o Santiago. O quizá, en un arranque de modernidad, Izan o Telmo. Pero ni siquiera fue nombrado. La noticia de su existencia llegó «en un mal momento». Quizá en una situación «desesperada», que las hay. Su madre podría ser en exceso joven o vivir en medio de la precariedad más absoluta. Quién sabe si sufrió presiones externas por parte del padre o su abandono más radical.
Estar sola, imponentemente sola, frente a lo que una entiende como un abismo no es fácil, claro que no. Pero sentenciar a muerte a Lucas, o Santiago, o tal vez Telmo, no es la salida. Ese niño cumplió —y tantos cumplirán— su condena sin ser culpable. No tendrá la oportunidad ni siquiera de sentir en sus carnes y en su alma la incomprensión o la angustia. Como aquel día sufrió Jesús: con esa mano apuntando a su corazón que despejaba la duda sobre lo que ocurriría a continuación. Morirá crucificado. «Que se haga tu voluntad y no la mía», le dijo al Padre. En esa libertad en la que fue engendrado, deseó durante un segundo que pasara de Él aquel cáliz. Cuando arrebatamos la posibilidad a alguien de anhelar, de desear, de amar, también de sufrir, de reír, de crecer… o nos lavamos las manos, somos Poncio Pilato.
Juan 19, 17
Y Jesús, cargando la cruz, se dirigió a un lugar llamado de la Calavera, que en hebreo se dice Gólgota.
Una noche más tras esa puerta blanca y fría que solo se abre, después de tanto tiempo, para recibir malas noticias. Ni siquiera hay ya visitas inesperadas; su enfermedad es hábito. Manuel lleva ingresado en el hospital tres meses y todo se complica por momentos. Lo que arrancó siendo un susto al corazón ha derivado en otras goteras que, como lobos amenazantes, hincan el diente en su ya resentido cuerpo. Y mente. Porque, a veces —o casi siempre— es más duro convivir con la congoja que con el dolor de cuerpo. Tiene 75 años y mucho cansancio acumulado. A veces le flaquean las fuerzas. Ve malvivir en esa silla rígida a su mujer, ya cumplidas las bodas de oro juntos. Escucha a sus hijas, dos, abogada una y periodista la otra, llamar y llorar de desesperación —«qué pasará con papá, saldrá o no de esta, qué hará mamá sin él»—. Y se le encoge el alma.
Está cansado de ver programas de televisión insulsos, de escuchar la cadencia del suero. Cada tarde se levanta de la cama con dificultad para traspasar esa línea entre la espera y la vida, dar su paseo diario y contemplar otros rostros. Otras historias de dolor. Quizá la pena compartida sea media pena. Y arrastra el gotero tras de sí, con dificultad. Como aquel día cargó Jesús: lleno ya de latigazos, cogió el peso muerto de la muerte sobre sus hombros. Agarró la cruz. Manuel también. Sus cables.
Isaías 53, 4-6
Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino; y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes.
Pasan los días, las horas y los minutos lentos, pesados, asfixiantes. No es como si el tiempo no existiera, existe; pero ocurre demasiado despacio. Carlos está tumbado en su camastro y lee ávidamente. Antes de entrar en prisión soñaba con estudiar una carrera. Tardía, sí. Pero, al fin y al cabo, una profesión «seria» como decía su madre. Ahora puede hacerlo desde dentro de la cárcel: está entusiasmado con el aprendizaje del Derecho. Quién sabe si algún día podrá ayudar a reconducir a tiempo las vidas de otros como él. Si podrá darles un consejo. Una palabra.
Hijo de un padre violento y una madre doliente, aprendió en casa que todo se podía conseguir por la fuerza. O por un ingenio brillante, pero mal utilizado. El dinero rápido obnubiló su criterio, aún en proceso de construcción. Y, con él, las amenazas, extorsiones e ilegalidades. El día que escuchó aquellas palabras sin retorno en las que su vida se detenía tras las rejas, el peso de sus decisiones cayó sobre él. Como aquel día el peso de nuestras culpas desplomó Jesús por primera vez. El camino al Gólgota era empinado; descalzo y magullado, con el hombro a punto de dislocarse, el peso se hizo momentáneamente insostenible. Así sucede con el pecado. Al inicio puede parecer una carga ligera. Pero cada día caminamos menos rectos. Jesús se levantó y Carlos, gracias a Él, busca enderezarse.
Lucas 2, 34-35,51
Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción, y a ti misma una espada te traspasará el alma, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones». Su madre conservaba cuidadosamente todo esto en su corazón.
A Consuelo una espada le traspasó el alma aquel día tórrido de verano en el que una radiografía por un dolor habitual en un adolescente descubrió un cáncer galopante. Cómo se continúa respirando tras una noticia así. Cómo María fue, desesperada, callejuela por callejuela de la Vieja Jerusalén buscando entre la multitud una rendija por la que encontrarse con la mirada doliente de su único hijo. En qué momento aquel «sí» al ángel iba a convertirse en el mayor dolor que un ser humano puede soportar. Cuántas veces se preguntaría la Virgen por qué no ella; cuántas le pediría en silencio al Señor cambiarse por Él. «No, mi niño no», repite Consuelo durante estos dos años en el infierno. «Dame a mí su dolor. Dame a mí sus noches sin dormir. Sus temblores. Dame a mí su anhelo de acurrucarse, como cuando era un bebé, en los brazos de mamá. Dame a mí su enfermedad. Dame a mí su muerte», pide desesperada a Dios. Como aquella Madre aquel día, esta madre se arrastra sin descanso por el camino pedregoso, ignorando sus propias heridas, para evitar un segundo de tormento de la sangre de su sangre. «No temas, María», le dijo el ángel. A esas palabras se aferra Consuelo cada jornada en el hospital, cada llamada de la oncóloga con peores noticias, cada vez que su hijo sueña con vivir, cada noche sin pegar ojo para velar su sueño y su fiebre. No temas, madre, Él hace nuevas todas las cosas.
Lucas 23, 26
Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús.
Un respiro. Una mano que se extiende, primero obligada, después entregada, a compartir un tramo del camino hasta la muerte. Simón de Cirene renegó de su suerte hasta que esos ojos le salvaron. De su egoísmo, de sí mismo. Así fue salvada Miriam, aunque su hermana necesitara más tiempo para lograrlo. La dependencia ya total de María, con una enfermedad degenerativa, no dejaba lugar a dudas: necesitaba atención 24 horas, ya no podía valerse por sí misma. Eso suponía, de forma más superficial y logística, dinero para costear el tratamiento más puramente médico y asistencial, pero también, y sobre todo, tiempo para acompañar a la que durante toda su infancia fue cómplice de juegos y secretos; durante la adolescencia competencia de logros y amores; durante la adultez, confidente en los desvelos. Hasta que enfermó y la vida se paró para sus padres, ya fallecidos. Ahora solo la tenía a ella. Pero «con la de cosas que debo hacer; mi trabajo, mi familia, mi tiempo personal, cómo voy a dedicar lo poco libre que tengo a cuidar a mi hermana. Sabiendo, además, que el final es inevitable». Pero como Simón de Cirene aquel día, Miriam extendió su mano. Y caminaron juntas, como cuando eran niñas.
Salmo 27, 8-9
Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro». Tu rostro buscaré, Señor. No me escondas tu rostro. No rechaces con ira a tu siervo, que tú eres mi auxilio; no me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación.
Llevaba casi diez días aterido de frío y humedad en una barcaza de madera. Llegó con lo puesto a Senegal tras una compleja ruta migratoria desde su Burkina-Faso natal. Las mafias lo desvalijaron en varias ocasiones, porque la necesidad es mala compañera de viaje. Cuando por fin alcanzó la costa y emprendió su camino hasta las islas Canarias, iba con lo puesto. Pero aquel cayuco no era un transatlántico de lujo y el mar embravecido salpicaba una y otra vez el interior. En medio de la noche del mar, el frío mojado desestabiliza las entrañas. Lo que contrastaba con los más de 40 ºC de fiebre que tambaleaban su fortalecido cuerpo. Ousmane no llegaba a la veintena, hábil jugador de fútbol, hijo querido y hermano mayor admirado. «No os preocupéis, no volveréis a pasar hambre y miedo», dijo a sus seres amados al despedirse en el campamento de refugiados del norte del país, tras huir de los yihadistas que comían terreno y vidas en el sur. Durante las convulsiones en esa suerte de lancha se arrepintió. Lloró. Se culpó. Pero resistió. Nada más llegar a tierra firme ella esperaba. Chaleco rojo y una manta seca y medicinas. Como aquel día Verónica enjugó la sangre del rostro de Jesús, ella calmó los temblores de Ousmane.
Salmo 22, 8. 12
Al verme se burlan de mí, hacen muecas, menean la cabeza. Pero tú, Señor, no te quedes lejos, que el peligro está cerca y nadie me socorre.
Era algo superior a Juan. «No era padre, no era marido, no era hijo, no era nada… era únicamente un adicto al juego incapaz de controlarme, de parar». Todo comenzó hace muchos años, cuando la juventud y la adrenalina de las timbas de póquer terminaban en una suma cuantiosa que desaparecía en cuestión de una buena fiesta o la ropa de las mejores marcas. Y tener ese dinero fácil enganchaba. Luego llegaron las vacas flacas, porque después de las timbas llegaron los casinos, las temibles apuestas online, y, con ellas, la necesidad constante de tener dinero disponible cerca. Así, se sucedían las mentiras a su mujer; los números rojos para hacer frente a los gastos de los hijos; las peticiones de pequeñas sumas de dinero a los amigos que nunca se devolvían —o se hacían cuando había buena suerte y se ganaba algo—. La desesperación se ancló a su alrededor. Fue un tránsito arduo poner nombre a lo que le sucedía, pero fue capaz. Empezó una terapia. Su familia comenzó a ver la luz al final del túnel… hasta que un día, sin ser especialmente significativo, sin que sucediese nada especial, un anuncio en el teléfono móvil. Y cayó, por segunda vez. Jesús, desde ese segundo golpe contra la vía, cada vez más hastiado y con una multitud esperando su final, se levantó para que Juan, para que tantos Juanes, no desfallezcan en su camino al Calvario y el final no termine en unas manos atravesadas por clavos.
Lucas 23, 27-31
Lo seguía un gran gentío del pueblo y de mujeres que se golpeaban el pecho y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos. Llegan días en los que se dirá: “Dichosas las estériles, los vientres que no han parido y los pechos que no han criado” …; porque si con el leño verde hacen esto, con el seco, ¿qué sucederá?».
Con el leño seco qué se hará. Aún le quedaban fuerzas a Jesús para contemplar a aquellas mujeres que, compungidas por el dolor, no podían contener las lágrimas. Que el sufrimiento no sea estéril, pidió. Como el de Alicia, abandonada por su pareja de una década y aderezado el ya de por sí desgarro de la pérdida de un proyecto de vida con una humillación diaria durante los últimos años. «No lo entiendo», musitaba los primeros meses. Es difícil de comprender cómo un hombre puede pasar de cuidar a despreciar de un modo manifiesto a su mujer, a sus hijos. Incluso a utilizarlos, a los niños, a manosear su bienestar, por dinero y por hacer sufrir a su expareja. «No estoy loca», repite Alicia, a quien el sistema ha abandonado también, ofreciendo una salida mucho más honrosa a quien se ha dejado vencer por el mal. Pero la ley no es moral, es norma. Y la brocha gorda que se ejerce en los juzgados en numerosas ocasiones deja a la intemperie a quien —hombre o mujer— prioriza el bienestar de los pequeños. Ella parió, su pecho crio. Y las palabras de Jesús, tan difíciles de pronunciar tras dos caídas y unos hombros ya, a estas alturas, casi descoyuntados, son memoria viva de lo que hacen con tantas Alicias, con tantos leños verdes.
Mateo 11, 28-30
Acercaos a mí todos los que estáis cansados y abrumados, que yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; encontraréis descanso, pues mi yugo es llevadero y mi carga ligera.
«Era la tercera vez que me llamaba a su despacho. No me gustaba lo que me hacía; me tocaba, me besaba en el cuello, metía su mano por mi camisa y me decía que no me asustara, que así era como Dios quería que sucediera, que era la voluntad de Dios. No me gustaba lo que me hacía, pero me paralizaba. Me sentía sucia y, a la vez, estaba convencida de que, si no hacía lo que me decía, fallaba a la obediencia y, por tanto, fallaba al Señor». Ella no era una niña; no hacía falta serlo para tener totalmente anulada la libertad y la voluntad. Una relación de poder, asimétrica, en la que la Palabra de Dios no solo se usaba en vano, sino que se utilizaba para pervertir lo más profundo e íntimo de un ser humano. Ella, como tantas otras, como tantos niños y adultos insertos en dinámicas abusivas —no exclusivamente sexuales y no únicamente eclesiales—, ha necesitado y sigue necesitando horas de terapia, de acompañamiento, de reparación, de nombrar lo sucedido, de que no miremos hacia otro lado. Como Jesús aquel día, que no pudo sostener por tercera vez el peso de la madera maciza que ahogaba ya, sin remedio, su maltrecho cuerpo. Aquel golpe, de nuevo, contra el camino, es el golpe de todas las víctimas.
Salmo 22, 19
Se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica.
Está sentado en medio de la acera, en plena plaza mayor de una gran ciudad, la capital donde todo sucede y nadie lo ve, porque nadie te mira. Tiene el pantalón, o lo que queda de él, a medio subir, pero ni siquiera es consciente de ello. Apenas unos jirones le tapan el cuerpo, pero no es verano. Musita algo ininteligible… quizá ni siquiera sepa nuestro idioma. Su mirada se ha perdido; puede que haga tiempo que esté vagando por algún lugar recóndito. Quizá esté viendo la casa de su abuela, que olía a guiso de carne recién hecho y leche hirviendo —«qué rica la nata que quedaba en la superficie, sobre el pan y bien colmada de azúcar»—. O tal vez haya regresado a aquel momento en el que tomó la peor decisión de su vida, la que le llevó a vivir sin vivir. Mientras todo eso sucede tras sus ojos cansados, decenas de transeúntes marchan con paso apresurado a su alrededor. Teléfono móvil en mano. O cascos en orejas. Ajenos a la realidad que se mastica en la calle por la que transitan a diario. Hay quien apenas le pisa las escasas pertenencias que le acompañan en una bolsa raída. Como a Jesús aquel día, que le arrancaron su dignidad en forma de túnica, pero, en este caso, a base de indiferencia ante su desnudez. De alma y cuerpo.
Cuántos hombres y mujeres que un día fueron hijos e hijas deambulan a escasos metros de nuestras bulliciosas y ocupadas vidas.
Mateo 27, 38-41
Al mismo tiempo, crucificaron a dos ladrones, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban por allí le insultaban meneando la cabeza y diciendo: tú que destruías el santuario y en tres días lo levantabas, ¡sálvate a ti mismo!; ¡si eres Hijo de Dios, baja de la cruz! Igualmente, los sumos sacerdotes junto con los escribas y los ancianos se burlaban de él.
No solo duelen los golpes. A veces, incluso, son peores las burlas. O eso es lo que no deja de pensar Marina mientras se esconde de sus compañeras de clase en los pasillos, a la hora del recreo. A la salida. A veces desearía que el móvil fuese un puño; el moratón del ojo se pasaría, pero el vídeo criticando su pelo, sus piernas, su forma de caminar, el olor de su colonia, su manera de reír… permanece. No hay forma de hacerlo desaparecer no solo de la red, sino de todos los teléfonos móviles de un sinfín de coetáneos cuya máxima diversión es reírse de los dramas o las realidades ajenas. Levantarse cada mañana es, para Marina, como estar condenada a muerte. No se imagina un camino al patíbulo peor que las calles que separan su hogar del instituto. Mamá y papá no saben lo que sucede; reconocerlo es vergonzante y vergonzoso.
Como aquel día en el que Jesús, ya en el momento culmen de su vía crucis, recibió no solo el maltrato de su cuerpo desechado, sino el menosprecio de todo su ser como persona, como enviado, como Hijo del Altísimo. Marina acude a su compromiso diario como cordero llevado al matadero. Y como ella, tantísimos miles de niños y niñas cada día son blanco fácil de generaciones sin empatía, fruto en muchas ocasiones de padres ausentes o incapaces de reconocer el error en sus criaturas. Como ella y Él, muchos son crucificados con los clavos del desprecio y la humillación.
Mateo 27, 45-46. 50
Desde el mediodía hasta la media tarde, toda aquella tierra permaneció en tinieblas. A media tarde, Jesús gritó diciendo: «Elí, Elí, lamá sabaktani» (que quiere decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»). Y Jesús, dando otro fuerte grito, exhaló el espíritu.
Emmanuel tenía 9 años. Eran las cinco de la mañana cuando una vecina tocó con fuerza la puerta de su casa gritando: «¡Se acercan!». Un grupo yihadista estaba atacando su ciudad, Jos. Vivían en Nigeria. Salieron de casa sin saber realmente a dónde iban. En aquel ataque, muchos no tuvieron tanta suerte. Cientos de personas murieron. Otros miles de cristianos, como su familia y él, fueron desplazados. «Empezamos a vivir una realidad constante de miedo. Mis padres vigilaban muy de cerca nuestros movimientos. Cada iglesia organizaba un grupo de seguridad local por los atentados constantes de Boko Haram, un grupo terrorista islámico que secuestraba y mataba a los cristianos, incluso poniendo explosivos en las iglesias durante el culto». Seis años más tarde, cuando Emmanuel tenía 15 años, «perdí a mi madre. La asesinaron». A sangre fría. Durante un ataque y con sus hijos delante. Mirando. Es el precio a pagar en el país africano por no renegar de Dios. Su madre, como Jesús aquel día en el Calvario, fue clavada sin miramientos en la cruz. Aquella buena mujer, que durante años había vivido en alerta, comprando silbatos a sus hijos por si veían movimientos raros, mirando hacia atrás cada vez que iba al pozo a por agua, quizá también gritase al Señor por qué la había abandonado. Pero seguro que duró poco. Ella alcanzó rauda el paraíso.
Mateo 27, 55. 57-58
Estaban allí mirando desde lejos muchas mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea para asistirlo. Al caer la tarde llegó un hombre rico de Arimatea, de nombre José, que era también discípulo de Jesús. Fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo y Pilato mandó que se lo entregaran.
Sola a solo. Madre e hijo. Qué corazón, que no sea el de una madre que ha parido de sus entrañas a la carne de su carne, puede entender lo que significa agarrar el cuerpo muerto de su criatura. Contemplarlo pausadamente en ese último adiós. Cuán fuerte fue aquel «hágase», que la llevó, inquebrantable, al pie de la cruz. Qué soledad tan grande vivió María en aquel instante de desgarro. Como la de Irina cuando recibió una caja de madera con el cadáver de su hijo tras meses de espera y pruebas de ADN, porque la brutalidad de los combates desfiguraba sus rostros. Hacía demasiado tiempo que su hijo, su robusto y antaño feliz hijo, había dejado de comunicarse con ella desde el frente. «Dónde estás, hijo mío», se repetía día y noche. «Dónde descansan tus huesos», asumía. Movió cielo y tierra, Ucrania y Rusia, para aceptar que ya no volvería jamás a casa silbando, atravesando la verja del jardín con un sonoro saludo cada vez que regresaba de clase. Era un niño. Cumplida la mayoría de edad, sí. Pero un niño que no merecía ese final. Agarrada de su mano, témpano de hielo, por fin, Irina descansará de su inquietud. Que no de su tristeza. Sola a solo. Al pie de la cruz y de una fría caja de madera.
Mateo 27, 59-61
José de Arimatea se llevó el cuerpo de Jesús y lo envolvió en una sábana limpia; después lo puso en un sepulcro nuevo excavado en la roca, rodó la piedra sobre la entrada y se marchó. Quedaron allí María Magdalena y la otra María, sentadas frente al sepulcro.
Es humanamente imposible despojarse de la culpa. Pedro está sentado en uno de los bancos centrales del cementerio; hace sol y las lápidas lucen llenas de flores frescas. Contempla fijamente aquella en la que un nombre, Rosario María Puente, está bellamente acompañado de varios ramos llenos de llamativos colores. 2025, dice la fecha. Una muerte reciente. Un duelo inicial. Una incredulidad ante lo sucedido. Pedro no supo calibrar el dolor tan definitivo que procesionaba en el interior de su esposa. Quizá no la vio. Tal vez no la escuchó. Podría ser que no la comprendiera. O, sencillamente, no pudo evitar lo inevitable. Pasan tantas cosas por su cabeza durante las dos horas al día que alcanza dicho banco y se sienta, desorientado, sin saber cómo continuar viviendo.
Hace poco más de una semana que Pedro colocó en el sepulcro a su mujer y vio cómo dos operarios, en pleno fomento del pragmatismo fruto de la repetición, sellaban sin pena ni gloria el nicho donde el olor, la risa, las lágrimas de toda una vida quedarían sepultadas. Cada día mira fijamente aquellos restos de silicona. No tiene otro objetivo que estar. Como aquel día estaban María Magdalena y la otra María, sin perder el ánimo. A la espera del milagro que haría que aquel profeta no fuese solo un gran hombre que hizo milagros. Pedro cree en la resurrección de la carne. Reza por el alma de su esposa. Pide que se escuche su llanto.