Un viaje de ida y vuelta - Alfa y Omega

En la pasada gala de los Premios Goya 2026, la artista barcelonesa Bad Gyal (nombre artístico de Alba Farelo, 1997) sorprendió a todo el mundo cuando salió al escenario a interpretar la Rumba de Barcelona, canción de Gato Pérez (Xavier Patricio Pérez Álvarez, 1951-1990). Sorpresa, porque el universo musical (el reguetón y el trap) y el público (joven, urbano y mestizo) de Bad Gyal parecen a primera vista muy lejanos de los de Gato Pérez, figura mítica de la cultura popular catalana, española y latinoamericana en general, hoy caída prácticamente en el olvido. Así, mientras que a día de hoy Bad Gyal tiene una media de 12,5 millones de oyentes mensuales en Spotify, el pobre Gato tiene que conformarse con unos humildes 17.000.

Sin embargo, si se hace un pequeño ejercicio de memoria, el homenaje de Bad Gyal a Gato Pérez no puede ser más coherente y tener más sentido. A través de la obra de ambos, partiendo de distintas coordenadas artísticas, se puede seguir el rastro de innumerables caminos de ida y vuelta entre Latinoamérica y España: tropicalismo, trap, reguetón, flamenco, rumba, bolero, psicodelia… una tupida y compleja malla de intersecciones de lugares y de tiempos (modernidad-vanguardia-tradición) cuyo epicentro se encuentra precisamente en Cataluña.

Cuando en 1978 Gato Pérez publicó Carabruta, álbum que incluía la Rumba de Barcelona, la rumba catalana era un género musical casi circunscrito a los gitanos de Gracia, Barceloneta o Can Tunis, y en clara decadencia frente a las sucesivas olas que desde el extranjero habían entrado como un torrente durante los últimos años del franquismo y la Transición (rock, punk, glam), que reflejaban mejor la expresividad y preocupaciones de los más jóvenes. Gato Pérez, argentino hijo de españoles que, en su adolescencia, se había establecido en Barcelona, un chaval desarraigado, desclasado, bohemio e inquieto, intuyó enseguida el tremendo potencial de la rumba catalana: «La rumba catalana es la música propia, característica y original de la Barcelona urbana. Ha nacido de una comunidad marginada pero netamente barcelonesa y muy arraigada y posee un sello atractivísimo, entre gitano, flamenco y centroamericano, que no se puede comparar con nada conocido».

En efecto, el chute energético que Gato Pérez imprimió en la rumba catalana a través de insuflarle ritmos latinoamericanos (salsa, merengue o milonga), hizo aflorar toda la rabia reprimida y la fuerza desbocada de los barrios de la periferia barcelonesa marginados y abandonados a su suerte por las instituciones y la dominante y autosatisfecha cultura burguesa de la gauche divine: «Si los yanquis tienen el rock y los negros el blues, si los andaluces tienen el flamenco y los jamaicanos el reggae, si los cubanos tienen el son y los colombianos la cumbia, el ritmo por excelencia de Barcelona es la rumba». 20 años después de que los gitanos El Pescaílla, Los Amaya o Peret pusieran a toda España a bailar con las primeras rumbas catalanas, Gato Pérez volvió a hacerlo con el ya citado Carabruta y, un año después, con el magnífico Romesco (1979). 

Aunque Gato Pérez desgraciadamente tuvo una cortísima carrera, su obra volvió a colocar en el centro de la escena cultural la inagotable capacidad catalana de generar nuevas síntesis artísticas y musicales desde las diversas tradiciones que están presentes en la vida de los barrios. De una forma u otra, El Último de la Fila, Muchachito Bombo Infierno, Joe Crepúsculo, Estopa, Pau Donés, Ladilla Rusa, Rosalía, Silvia Pérez Cruz, Albert Plá, La Cabra Mecánica, Los Manolos, La Troba Kung-Fú, El Guincho u Orquesta Platería, por poner unos pocos nombres, son hijos o deudores del gran legado que dejó Gato Pérez al revitalizar y reactualizar, siendo radicalmente fiel al espíritu de sus creadores originales, la marginal —y en peligro de extinción— rumba catalana.

El trap y el reguetón de Bad Gyal son fruto del aterrizaje mediterráneo de la cultura urbana latinoamericana tras su maridaje con el rap y el hiphop estadounidenses y, en ese sentido, son muy cercanos al método irreverentemente mestizo y la fina sensibilidad social de Gato Pérez por las periferias y los marginados. Por eso, en su actuación en la gala de los Goya, Bad Gyal se acompañó de la banda de rumba catalana Arrels de Gracia y de un grupo de bailarines de música urbana de distintas procedencias étnicas (gitanas, payas, magrebíes, latinas y subsaharianas), reproduciendo en el escenario el ambiente de una verbena en una plaza cualquiera de Gracia o del Chino de Barcelona. 

Bad Gyal y Gato Pérez son una muestra de cómo la identidad catalana, más que un estereotipo identitario o una folclórica foto fija, es ser encrucijada y crisol de culturas; y es tanto más viva, creativa y dinámica cuanto más fiel permanece a su ser. Así, Cataluña ha sido siempre un fértil lugar de acogida de Latinoamérica en España, donde la herencia hispanoamericana se destila, se irradia y se devuelve multiplicada al origen. Como cantaba el Gato en la rumba versionada por Bad Gyal: «La nostra Rumba de Barcelona / està marejada de voltar el món». Un viaje de ida y vuelta que, ojalá, no tenga nunca fin.