Vagón número 7 - Alfa y Omega

Días antes de que el tren descarrile yo viajo en otro tren leyendo a Murakami y paso por el mismo tramo del accidente. El botellín de agua siempre tiembla sobre la bandeja cuando viajo desde Granada y tengo que sujetarla para que no vuelque, pero entonces no se me ocurre pensar que eso no es lo normal. Que eso es señal del mal estado de las vías. Que eso puede tener un desenlace macabro.

Pocos días antes.

Días después del accidente, scrolleando, veo un reportaje de El País. Un vídeo en el que una chica con gafas de sol relata su vivencia en el vagón número 7 del Iryo. Al parecer, los cristales acribillaron su mirada y por eso lleva puestas las gafas, porque ha perdido parte de la visión. Mirándola, entonces, mi corazón se pone a temblar igual que el botellín en la bandeja del tren. 

Pilar, Dios mío, es Pilar.

Pilar habla en el vídeo con otros supervivientes. Uno de estos le dice que la recuerda porque tenía la cara embadurnada de sangre. Así que imagino esa noche espeluznante y a Pilar desorientada, abriéndose camino a través de la negrura, entre los gritos, con la cara ensangrentada y el futuro encogiendo los hombros. Y escuchándola, viéndola en el vídeo del reportaje, aflora en mí un instinto parecido a la ternura y siento unas ganas increíbles de acunarla como se hace con un bebé, mientras me enjugo una lágrima. Pilar, me digo, Pilar.

Enseguida la busco en la lista de contactos con mis dedos más urgentes. Cuando la encuentro, le mando un audio y a los pocos minutos compruebo gozoso que Pilar es alguien que puede todavía contestar, que Pilar es alguien que respira.

«Está siendo todo un viaje —me escribe—, nunca mejor dicho».

Tras despedirnos, veo otra vez el vídeo. En este, Pilar dice algo bonito que saca de la tragedia: «Todos nos preocupamos por todos». Y eso me hace pensar. O más bien me esperanza y confirma algo que siempre he pensado, a pesar de los telediarios. Imagino entonces ese vagón momentos antes del accidente. Las diferencias políticas entre sus pasajeros. Las diferencias culturales e ideológicas. Todas se caen en el momento funesto. Luego, tras el accidente, el votante del PSOE socorre al votante de Vox, la atea llora al lado de la creyente, el joven pide ayuda con el anciano, un perro ladra asustado buscando a su dueña. A la hora de la verdad aquello que parecía separarnos se revela irrisorio y somos todos lo mismo: un corazón que late y una respiración más o menos agitada. Bajo las Torres Gemelas, tras la explosión en Atocha, en un terremoto. Cuando se inunda el pueblo, en la pandemia o el apagón. 

Hablando de trenes. Dijo Oliver Laxe —soy de los que defienden su intensidad— que todos vamos directos a la muerte en un vagón de tren, como los de Sirat. Pero que podemos elegir si morimos en primera o tercera clase. Es lo mismo que mi maestra zen dijo el otro día: que la muerte dependerá de la actitud que cultivamos cada día, momento tras momento. 

Todos viajamos en el vagón número 7.

Quiero fregar los platos amando cada gota, me digo mientras veo la nueva foto de perfil de Pilar en el WhatsApp, con sus gafas de sol, guapísima, y con un vestido negro. Quiero acariciar la coronilla de Sofía con una mano nueva. Quiero amarme torpe. No ser perfecto. Quiero ponerme a buenas con mis enemigos. Hacer la compra contento, conducir siendo consciente de cada nube, mirar cada cosa sin la costumbre empañando mis ojos. Quiero morir agradecido y anónimo. Igual que esa mariposa que cae como un avión derribado en mitad del bosque, inadvertida, sin que nadie vea cómo detiene su acrobacia y sus alas luminosas se cierran sobre la hierba que mece el viento antiguo. 

Quiero que en el momento en que el vagón descarrile, porque pasará tarde o temprano, el amor que he dado y sobre todo el amor que he recibido estén conmigo dando sentido a todo.