Rafael Luciani: «La comunión no anula las diferencias, las integra»
El teólogo venezolano habla en la Universidad San Dámaso sobre la relación entre la misión y la comunión en la Iglesia
La Universidad San Dámaso ha acogido este miércoles dos intervenciones del teólogo venezolano Rafael Luciani, director del Centro de Formación Teológica del CELAM. En la primera reflexiona sobre la dimensión comunitaria de la fe cristiana, y en la segunda sobre la misión en la comunión de la Iglesia.
—Acude a San Dámaso a hablar sobre comunión y misión. ¿Es la búsqueda de la comunión en la Iglesia una misión específica? ¿En qué punto nos encontramos?
—En la iglesia hay dos dimensiones constitutivas que son fundamentales para poder comprender su esencia. Una de ellas la ofreció el Concilio Vaticano II en el decreto Ad gentes, al decir que la Iglesia es misionera. No es que haga misiones, sino que es toda ella y en todo lo que haga es misionera. Por eso el Papa Francisco se refería tanto a la conversión pastoral y misionera de toda la iglesia.
La segunda dimensión la ofrece el Sínodo de la sinodalidad, una ulterior maduración del Concilio Vaticano II. La sinodalidad define el ser de la iglesia. Es una dimensión constitutiva, un modo de ser y de proceder que debe permear todas las estructuras, los modos relacionales, las maneras como nos comunicamos en todas las instancias y niveles de la Iglesia. Por ello es tan importante recordar entonces estas dos dimensiones —la misionera y la sinodal— en todo el discernimiento eclesial que podamos hacer y en la figura de Iglesia que queramos construir.
Comunión y diferencias
—En términos de evangelización, ¿puede haber misión sin comunión? Es decir, ¿estamos condenados a entendernos?
—Una de las experiencias más importantes e enriquecedoras que ha dejado el camino sinodal emprendido ha sido la de la catolicidad. La Iglesia está aprendiendo a reconocerse en la diversidad de las muchas iglesias locales que la conforman. Esto significa que cada cultura, cada región, cada realidad con todas sus particularidades debe dar pie a formas diversas, teológicas, espirituales, litúrgicas, como lo recordaba ya el decreto Ad gentes del Concilio Vaticano II.
Por ello, cuando hablamos de la unidad estamos implicando en ella a la diversidad. Igualmente, cuando hablamos de diversidad nos estamos siempre refiriendo a la unidad. En la Iglesia la comunión no anula las diferencias sino que las integra y ayuda a que crezcan. Por ello es tan importante redescubrir el camino que ha hecho la Iglesia a lo largo de estos años en el proceso sinodal, que nos ha enseñado cómo la Iglesia debe ser cada vez más una Iglesia que se descubre en la polifonía de las muchas voces y rostros que la conforman.

Laicos y sacerdotes
—¿Cuál es el papel de clérigos y laicos en este panorama sinodal? ¿Dónde acaba la labor de los primeros y dónde comienza la responsabilidad de los segundos?
—Los padres conciliares, cuando estaban redactando la constitución dogmática sobre la iglesia, Lumen gentium, situaron el capítulo segundo sobre el pueblo de Dios como el capítulo central que ofrecía la hermenéutica, es decir, la interpretación de lo que la Iglesia es, y por tanto cómo debe hacerse y construirse la Iglesia. Para ello partieron del fundamento bautismal: todos somos fieles; el Papa es un fiel, el obispo es un fiel, el presbítero, el diácono, el religioso, la religiosa, el laico, la laica, todos somos fieles. Por ello la relación entre el laicado y el ministerio ordenado no es otra que no sea complementaria. Cada uno aporta lo propio, lo suyo, para que el otro pueda realizar su propia vocación.
Hay un dato muy interesante que a lo largo del proceso sinodal salió y que tiene su fuente en Apostolicam actuositatem, el decreto sobre el laicado del Concilio. En el número 6 dice que laicado y pastores nos completamos mutuamente. No se trata solo de colaborar, no se trata sólo de ayudarnos, sino de completar las propias vocaciones en cuanto la otra es necesaria para la propia realización.
De ahí que no hay en la Iglesia alguien que sea superior o alguien subordinado a otro. El Sínodo ha insistido a lo largo de todos sus documentos, especialmente en el documento final, en que existe una relación en la que cada uno se nutre del otro. Por tanto, se necesita lo que se ha llamado la conversión relacional. Creo que el rescate de la identidad bautismal que nos concede esa dignidad por igual de derechos y de deberes a todos en la Iglesia es fundamental hoy en día si queremos avanzar como Iglesia pueblo de Dios.
«La misión cristiana solo se comprende adecuadamente desde la categoría de comunión, clave central de la eclesiología del Concilio Vaticano II», que enseña que «la Iglesia está verdaderamente presente en todas las comunidades locales», dijo Juan Carlos Carvajal, coordinador de la Cátedra de Misionología y Vicerrector de San Dámaso, durante la jornada organizada por la cátedra del Instituto de Ciencias Religiosas sobre La misión en la comunión de la Iglesia: Iglesia particular, Iglesia universal.
«Ser y hacer Iglesia hoy implica partir desde lo local y las bases, rearticulando identidades y relaciones entre los sujetos eclesiales, construyendo un nosotros eclesial que encarne la Iglesia entera con estilos y formas interculturales e intercontinentales», subrayó Rafael Luciani, informa Archimadrid. Así, la experiencia sinodal «ha consolidado un sentido más palpable de pertenencia a un poliedro eclesial extenso y complejo, desconocido hasta ahora para muchos fieles», añadió.