Si pudiera borrar lo que he hecho - Alfa y Omega

Espero con impaciencia, tumbado en el catre de mi celda, las ocho, las diez de la noche, la hora en que a diario se abren las puertas. Puede que hoy sea lunes, o tal vez sábado. Ni lo sé ni me importa. Lo único cierto es que desde hace más de tres años y medio ya no tengo días ni designios, ni meses de calendario. Tampoco celebro cumpleaños ni recibo navidades, ni celebro, en definitiva, otra cosa que no sea un nuevo momento vital… ni siquiera autocompasión. Y persisto, a la par que declino, en una profunda existencia.

Encuentro en mi encierro lo que no me permite ser un poco más libre: una ignorancia pasajera de la ingrata indiferencia de quienes antes me importaban, de la vida que he dejado atrás, de ese odio que aparece en mi mente contra mí mismo… de esa peligrosa gestación del delito pensando en algo distinto que me evitara un dolor alcanzado y permanente. ¿Ahora qué me protege del mundo… y de mí?

Te pido perdón. A ti, que sé que te das por aludido. El arrepentimiento que me embarga es directamente proporcional al daño que os he causado y, ojalá, os pueda servir de algún modo. Aunque soy consciente de que haga lo que haga nunca será suficiente, ni para vosotros ni para mí, ahora que vuelvo a ser yo. «Varón de 46 años que presenta diagnóstico de Trastorno Bipolar Tipo II con rasgos de personalidad histriónica. Dicho trastorno ha tenido un control médico continuo durante los años 2016-2022, cuando se produjeron los hechos, presentando alteración de las capacidades intelectivas y alteración de las capacidades volitivas que pueden condicionar una atenuación de su imputabilidad». Estas son las conclusiones de dos informes sobre imputabilidad elaborados por médicos forenses adscritos al Instituto de Medicina Legal de Madrid.  

Normalizar el vivir en un trastero con tu perro y salir cuando el conserje está en su hora de comida para que nadie sepa que existes; el asiento en el baño de un bar y el desecho de los minutos en aquel coche antiguo, caminando más de tres kilómetros porque cuentas únicamente con monedas de dos euros en el bolsillo; perder todo el patrimonio acumulado durante más de diez años de ejercicio profesional como abogado. Y, aun así, firmar un contrato de arras con una inmobiliaria para alquilar un local en Chueca para montar un restaurante de comida vegana. Conocer todos los recovecos de la capital porque has de pasar a disposición judicial a causa de un nuevo procedimiento provocado por otra querella. Que alguien te diga: «Eres tonto», mientras te habla en voz baja: «A la próxima tómate la pastillita para que no la vuelvas a liar». Ser ingresado en un par de ocasiones en la UCI por la ingesta de cientos de pastillas con intención autolítica. Salir en televisión engrandeciendo tu ego aunque no tengas ni para comer. Denunciar a un presidente del Gobierno asumiendo la licencia en ese momento para poder ejercer, aun estando temporalmente inhabilitado por el Ilustre Colegio de la Abogacía de Madrid. No recibir ninguna ayuda de este organismo, a pesar de ser conocedor del problema. Que quienes decían ser tus amigos se olviden de ti.

El desvarío. El abandono. Sobrevivir malvendiendo lo poco que te queda en tiendas de segunda mano.La mentira a parejas, familiares y clientes. El engaño, la estafa y la falsificación. El disfrute de una vida fuera de lo normal. Una ingente actividad sexual. La ausente autoindulgencia. La injusticia de no poner en conocimiento de quien asume tu defensa el problema de salud mental que te asola, porque ni siquiera eres consciente de él.Tener pesadillas recordando momentos sombríos…

Ahora que me encuentro centrado, al estar médica y correctamente tratado, resulta curioso que la prisión haya sido mi salvavidas. En muchas ocasiones me he parado a pensar si soy el único que está en esta situación, pero no es así. Las cárceles están repletas de personas como yo. Invisibles para la hipócrita sensibilización social respecto a la salud mental, mercantilizada, en no pocos casos. Ni el legislador —que podría, entre otros aspectos, y en relación con una población especialmente vulnerable como es la penitenciaria, tal y como la calificó Belén González, comisionada de Salud Mental en el Ministerio de Sanidad— elimina el agravio comparativo existente entre los drogodependientes o alcohólicos sometidos a tratamiento de deshabituación y quienes sufrimos alguna alteración psíquica también sometidos a tratamiento, en este caso psiquiátrico.

Bastaría con modificar el artículo 80.5 del Código Penal, que contempla la suspensión extraordinaria de la ejecución de la pena privativa de libertad —no superior a cinco años— únicamente en favor de los primeros. Ni tampoco los jueces y magistrados, que podrían aplicar de una manera más generalizada, dependiendo del caso concreto y para penas de prisión no superiores a cinco años, la medida de seguridad de libertad vigilada de control médico externo prevista en el artículo 106.1.k del mismo cuerpo legal. Nadie parece estar por la labor de hacer más fácil la vida de un enfermo mental que ha cometido un delito a causa de su trastorno. De todos modos, debería dejar de soñar despierto. Somos la inmundicia y la escoria del sistema. Y estamos donde tenemos que estar.