Alicia Pérez Yagüe: «No creo que la cárcel tenga que ser un hospital social» - Alfa y Omega

Alicia Pérez Yagüe: «No creo que la cárcel tenga que ser un hospital social»

Jurista experta en salud mental en el entorno penitenciario, asegura que, aunque es una situación recurrente en prisión, es parte de un problema social y que el delito no tiene una correspondencia directa con la enfermedad

Cristina Sánchez Aguilar
Foto de recurso en blanco y negro de un preso tras las rejas de una cárcel
Foto: Freepik.

—¿Cómo se detectan los problemas de salud mental cuando una persona ingresa en prisión?
—Se estudia todo su historial penal en el que figuran los posibles atenuantes o las eximentes por alteración psíquica establecidos en sentencia. Muchas veces no figuran a pesar de ser evidente la alteración, o hay sentencias en las que sí se aprecian, mientras que en otras ni se mencionan. Asimismo, al ingreso son entrevistados por profesionales del centro que pueden detectar, en esa primera entrevista, la existencia de un problema de salud mental. En ese caso, ante la sospecha, se toman medidas desde el principio y son derivados al psiquiatra del centro penitenciario con la inclusión en un programa específico.

—¿Existe un protocolo de evaluación psicológica o psiquiátrica inicial para todos los internos?
—A su ingreso, son entrevistados por el médico, el educador y el trabajador social. Luego el psicólogo realiza un programa individualizado de tratamiento. En esas primeras entrevistas se pueden detectar síntomas que aconsejen que sean vistos por el psiquiatra del centro.

—¿Qué porcentaje aproximado de la población penitenciaria presenta trastornos mentales diagnosticados?
—La prevalencia de la enfermedad mental en prisión es mucho más alta que la de la población general, si bien en muchas ocasiones esos trastornos son diagnosticados a su ingreso en prisión.

—¿Cuáles son los trastornos más frecuentes que se encuentran?
—La población reclusa es una población con mayores deficiencias en todos los ámbitos que la de la población general; esas carencias también están relacionadas con la presencia de trastornos mentales por heridas en la infancia, carencias sociales y económicas y el consumo de tóxicos con un inicio muy temprano en la mayoría de los casos. En este sentido, la prevalencia es mayor en el medio penitenciario: trastornos psicóticos, de personalidad y los relacionados con las sustancias (la llamada patología dual). Todo ello sin contar con los trastornos de ansiedad y los del estado de ánimo, en parte relacionados con una situación de internamiento.

—¿Hay suficientes psiquiatras y psicólogos para atender a la población penitenciaria?
—Creo que en la sociedad en general existe una gran necesidad de contar en el sistema de salud con un mayor número de profesionales para abordar un problema tan complejo. Las prisiones no están exentas de todo esto.

—¿Cómo se organiza el tratamiento de los internos con trastornos mentales dentro de la prisión?
—Cuando un interno es diagnosticado de un trastorno mental que reviste cierta gravedad, es introducido en un programa específico en prisión; ese programa lo conduce un equipo especializado en estrecha relación con el psiquiatra del centro.

Alicia Pérez Yagüe
La jurista también trabaja en justicia restaurativa. Foto: L.U.V.Y.

—¿Se combina el tratamiento farmacológico con terapia psicológica?
—En los casos en los que se requiere, sí. Es una combinación de ambos.

—¿Se tienen en cuenta los informes médicos o forenses sobre salud mental en la clasificación penitenciaria?
—Se tienen en cuenta cuando los hay, si bien en muchas de las ocasiones la persona es juzgada sin que existan informes psiquiátricos y no se toma esto en cuenta a la hora de aplicar atenuantes o eximentes de la pena. A esto hay que añadir, en muchos casos, la falta de medios económicos por parte de los internos, que provoca que cada causa la lleve un abogado de oficio distinto, por lo que en unos casos se aplica,y en otros no se hace.

—¿Cree que el sistema penal está preparado para tratar adecuadamente a personas que delinquen durante episodios de enfermedad mental?
—Creo que nuestro sistema penal necesitaría más medios y un cambio de paradigma para afrontar esto. Hay un grupo de personas con enfermedad mental grave que son especialmente vulnerables a la judicialización; sería conveniente que desde el sistema de atención primaria se pudiera realizar un mayor control y seguimiento de estas personas, generando alternativas a la reclusión. Son pacientes sin conciencia clara de enfermedad, con un proceso cronificado, muchas veces múltiple, que sufre etapas de agravación, quizá por entrar en contacto con drogas, con una escasa red social y familiar y que ha precisado de ingresos previos en hospital sin que se encuentren supervisados de forma ambulatoria por los servicios socio asistenciales.

—¿En qué casos se aplican medidas alternativas a la prisión para personas con trastornos mentales?
—Esto no es algo habitual, si bien existen jueces que por analogía aplican el artículo 80.5 Código Penal (suspensión de la pena con la condición de acudir a tratamiento psiquiátrico ambulatorio y a no abandonar el tratamiento), que es un artículo pensado para el caso de las toxicomanías. Sería precisa una reforma del Código Penal en este sentido, y dejar la reclusión (pena o medida de seguridad privativa) para los delitos más graves.

—¿Se usa la libertad vigilada con control médico prevista en el Código Penal?
—La libertad vigilada es una medida posterior al cumplimiento de pena o medida de seguridad privativa de libertad. En este sentido, el control médico externo es una de las medidas que se aplican en muchos de los casos.

—¿Deberían ampliarse las opciones de tratamiento fuera de prisión?
—Las opciones de tratamiento en el exterior, si están bien ejecutadas, serían, en mi opinión, una alternativa muy útil al internamiento en prisión de las personas con enfermedades mentales.

—¿Cómo se prepara la salida de un interno con enfermedad mental?
—Se prepara con antelación desde el centro de la mano de asociaciones o fundaciones que se dedican a la salud mental. Así, durante el ingreso van generando vínculos y les ayudan en las citas de psiquiatría en el exterior, o en la organización de su vida fuera. Tristemente, es bastante habitual que muchos de los enfermos carezcan absolutamente de vínculos en el exterior. Antes de salir muchas veces me cuentan el miedo que sienten… se les hace un mundo.

Foto de recurso del pasillo de una cárcel
Foto: ARCHDC.

—¿Existe coordinación con el sistema público de salud mental para continuar el tratamiento tras la excarcelación? ¿Qué dificultades encuentran estas personas al reinsertarse?
—Son personas muy vulnerables en todos los sentidos. Veo mucho sufrimiento. Desgraciadamente, muchos acaban viviendo en la calle por falta de vínculos significativos.

—El interno de la carta que acompaña esta entrevista, que firma con sus iniciales, V. V., afirma que la prisión ha sido, paradójicamente, su «salvavidas» porque allí ha recibido tratamiento. ¿Ven esto con frecuencia?
—Es muy habitual que, antes de la entrada en prisión, tanto la familia como los amigos no sean conscientes de la situación o no sepan manejarla; ven que la persona está teniendo un comportamiento problemático y cada vez más disfuncional, pero no siempre consiguen focalizar el problema de fondo o cómo ayudarles. La estancia en prisión en muchos casos, paradójicamente, al sacarles de su ambiente, hacerles parar y darles un orden y un tiempo de reflexión, si lo usan bien, puede ayudar a revertir la situación. Si bien los internamientos muy prolongados son contraproducentes.

—¿Considera que la cárcel está supliendo carencias del sistema de salud mental fuera de prisión?
—En bastantes ocasiones, sin quererlo, funciona así. Por eso habría que proponer alternativas creativas a un hecho muy habitual. No creo que la cárcel tenga que ser un hospital social.

—Desde su experiencia, ¿qué es lo que la sociedad suele ignorar sobre la salud mental dentro de las cárceles?
—Hay un desconocimiento generalizado de la situación de las personas con enfermedad mental en prisión, porque socialmente no interesan los malos ni los locos, pero creo que si la sociedad tuviera más conocimiento de la realidad y no de la imagen de loco o malo, lo vería de otra manera. Estos enfermos no cometen delitos más graves que el resto de las personas. Lo desconocido nos provoca miedo y urge concienciar. De hecho, hace poco he leído un libro escrito por un capellán sobre su experiencia en el corredor de la muerte de Florida (También los últimos tienen nombre, Ediciones Encuentro), en el que cuenta que gran parte de las personas que son condenadas a muerte tienen enfermedades mentales. Me llamó mucho la atención la historia de un obrero que, al caerse de un andamio, había quedado muy afectado en su comportamiento y no se tuvo en cuenta este hecho a la hora de paralizar su ejecución.