La mañana del sábado, mi mujer y yo nos vestimos con esmero, que uno no va a ver los Goya en vaqueros. Ella se puso guapa —más guapa, quiero decir— y yo me acicalé con intención, como si la ocasión exigiera presentarse con la dignidad de quien sabe lo que va a contemplar. Porque los Goya son una de esas citas que no admiten desgana. Cada vez que volvemos salimos distintos, con la sensación de haber descubierto un matiz nuevo, un rostro, una nueva figura donde antes había falta de conocimiento.
Mi mujer llevaba semanas esperándolo. «Este sábado, los Goya», me recordaba desde el lunes con esa ilusión serena de quien sabe que el plan no tiene vuelta de hoja. Hay matrimonios que comparten series; nosotros disfrutamos de los Goya y en vivo. Créanme que sale a cuenta.
Salimos temprano. La jornada amanecía con ese frescor limpio que invita a caminar deprisa e ingresar en un lugar con alma y calefacción. Fuimos consumiendo el día entre paseos y vermús, y mi mujer me apretó el brazo como hace cuando está contenta de verdad. «¿Tú crees que habrá mucha gente?», me preguntó. «Seguro», le dije, «los Goya siempre atraen multitudes, aunque la mitad no sepa muy bien a qué ha ido».
Llegamos con tiempo, hicimos la cola, pasamos los tornos y nos despojamos de nuestros abrigos. Y entonces, como cada vez, ocurrió el milagro: aparecieron los Goya y el mundo se detuvo.
Porque nosotros, naturalmente, fuimos al Museo del Prado.
¿Adónde si no?
No pensarían que íbamos a asistir a la gala de unos galardones que llevan décadas convertidos en una pasarela ideológica de actores y directores. A un homenaje que se da a sí misma una industria tan deficitaria como monocorde y que ni como espectáculo funciona; un acto previsible hasta en sus sorpresas y rebosante de alegatos políticos provenientes siempre de la misma orilla.
Mi esposa y yo nos pusimos galanos para rendir pleitesía al genio aragonés que en lugar de atril y teleprónter era más amigo del lienzo y la pincelada suelta con textura. Con Francisco de Goya cada visita al Prado es una nueva lección sobre la luz, el horror, el claroscuro, la locura y la España eterna que él pintó sin filtros. Ante La familia de Carlos IV uno aprende más sobre el poder que en toda una legislatura. Ante las Pinturas negras uno comprende más sobre el alma humana que ante un patio de butacas que jalea a los protagonistas de 100 películas que apuntan (casi) siempre en el mismo sentido.
Una vez más, nos encantaron los Goya y nos volvimos a casa con un par de detalles descubiertos. Viva don Francisco.